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La mejor oficina de lujo en el corazón de Madrid es gratuita
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La mejor oficina de lujo en el corazón de Madrid es gratuita

Empieza a ser una constante. Cada vez falta menos para que de la picaresca inicial se pase al abuso más descarado. A diario se repiten escenas

Empieza a ser una constante. Cada vez falta menos para que de la picaresca inicial se pase al abuso más descarado. A diario se repiten escenas similares. El lujoso hall del Hotel Villamagna, uno de los cinco estrellas que jalonan el madrileño Paseo de la Castellana, acoge a ociosos hombres trajeados en sesiones de mañana y tarde para que despachen plácidamente, haciendo de los sofás y butacones del remozado establecimiento su oficina particular.

Las cafeterías de los cinco estrellas madrileños han sido siempre lugares de cita informal para engrasar operaciones, medrar políticamente o intercambiar información sensible. Es un patrón internacional, pero que en los salones del Villamagna rezuma los aires del madrileñeo más puro. Y de un tiempo a esta parte, para más sorna, es más habitual encontrar a los mismos personajes, en los mismos sillones, a la misma hora, como si fuera su propio despacho.

Antes de que la crisis llamara a la puerta, este uso del espacio costaba el equivalente a una botella de agua con gas o a un café. Entonces no importaba pagar por dos refrescos con 20 euros y dejar lavuelta. Ahora, sin embargo, llama la atención comprobar cómo ilustres de estas costumbres despachan durante horas, apurando incluso los soleados patios, sin hacer ninguna consumición, para pasmo de los azorados camareros que allí trabajan.

Para desesperación del Villamagna, sólo los extranjeros que hacen noche tienen a bien hacer gasto en el salón. Para los locales, la cortesía de pedir algo ha pasado a mayor gloria, a pesar de que algunas mesas podrían tener ya su nombre grabado en una plaquita, junto a una lámpara de mesilla. Como bien saben en el lujoso hotel, los peores de todos son los prejubilados, viejas glorias de la política o la empresa que siguen figurando a la espera del último pelotazo.

Empieza a ser una constante. Cada vez falta menos para que de la picaresca inicial se pase al abuso más descarado. A diario se repiten escenas similares. El lujoso hall del Hotel Villamagna, uno de los cinco estrellas que jalonan el madrileño Paseo de la Castellana, acoge a ociosos hombres trajeados en sesiones de mañana y tarde para que despachen plácidamente, haciendo de los sofás y butacones del remozado establecimiento su oficina particular.

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