Sedición y seducción

El Gobierno admite las dificultades para encontrar un mensaje positivo frente a la épica de la pasión de los independentistas

Foto: Concentración ante el Palacio de Justicia. (EFE)
Concentración ante el Palacio de Justicia. (EFE)

“Es difícil lograr que alguien se coma un plato no por su apariencia, sino por las contraindicaciones y efectos negativos de otros alimentos. Es complicado no optar por la comida apetecible y bien emplatada, aunque se nos insista en que engorda, sube el colesterol o no es saludable”.

Un ministro explicaba así esta semana en el Congreso las dificultades que está teniendo el Gobierno para transmitir un mensaje político que cale y que neutralice el del independentismo catalán. No por la veracidad de los contenidos, sino por el envoltorio y la forma en la que se presenta y llega a los ciudadanos, especialmente, los de Cataluña

Según ese análisis, a un lado se sitúan el mensaje y la estética de las banderas, las frases coreadas y hasta las bromas intencionadas que ridiculizan al adversario. Al otro lado, está el que procede del Gobierno y que se materializa en las fuerzas de seguridad del Estado, los uniformes y la descripción de todos los males que caerían con la independencia de Cataluña, que pueden ser ciertos, pero no dejan de ser negros y tenebrosos.

Es una especie de publicidad comparativa en la que no se vende un producto, sino que se usa el mensaje para describir las carencias de lo que vende la competencia.

El ministro de Economía, Luis de Guindos, lo hizo esta semana con una descripción de los males económicos de la independencia, en forma de aumento del paro, problemas para el pago de deuda y crisis económica.

La luz y el color de unos frente a lo tenebroso de los otros. La fiesta seductora de la pasión contra los malos augurios de la razón.

Los independentistas, según admite el Gobierno, han sabido establecer el marco de referencia del debate: ellos defienden la democracia y el derecho a votar y el Ejecutivo español se ve obligado a mantener la ley y el orden. Y eso ocurre precisamente cuando, además, muchos de los que estaban situados antes en el lado del orden en Cataluña han pasado ahora la línea de la ley, es decir, el orden deja de ser un valor respetable en favor de otros como la democracia o la urna.

Esa batalla de los marcos ha tenido dos momentos determinantes: el de la tramitación en el Parlament de la leyes de referéndum y de desconexión y el de las detenciones y despliegue policial en Cataluña de este miércoles.

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, saluda a la presidenta del Parlament Carme Forcadell. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, saluda a la presidenta del Parlament Carme Forcadell. (EFE)

En el primero los independentistas quebraron la imagen casi festiva de su actuación y les cayó la impresión de rodillo que aplasta a la oposición de manera antidemocrática.

Y en el segundo esa tendencia cambió radicalmente a favor de los independentistas y la Guardia Civil acudió a su rescate. El mensaje que quedó entonces es casi el de la invasión de Cataluña y la anulación del preciado autogobierno. No importaba que las detenciones fueran orden de jueces y, con la única excepción de los destrozos en vehículos policiales, de nuevo el mensaje fue la batalla entre la fiesta y los uniformes. Entre la épica y la acusación de sedición.

Centenares de personas convocadas por ANC y Òmnium en la puerta del TSJC. (EFE)
Centenares de personas convocadas por ANC y Òmnium en la puerta del TSJC. (EFE)

Por eso Joan Tardà (ERC) repite a cada momento lo de que no se quema ni una sola papelera, aunque omita lo de los coches de la Guardia Civil.

Y es la razón por la que el Gobierno anda buscando desesperadamente un mensaje positivo de seducción. Y que no sea con el barco de Piolín de infausta memoria.

El patio del Congreso
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
48 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios