La leyenda de Rajoy

El presidente renunció a abordar la relación con Cataluña y la reforma de la Constitución cuando estaba en mejor situación en el Congreso y el independentismo tenía menos apoyo

Foto: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (Reuters)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (Reuters)

Solal es el protagonista de la novela 'Bella del Señor', de Albert Cohen. Un alto funcionario de la Sociedad de Naciones que hace una brillante carrera sin tomar decisiones y sólo clasificando los asuntos pendientes que llegan a su mesa en dos montones, el de los relevantes y el de los poco importantes. Cuando van quedando sepultados, los pasa a los diferentes cajones de su mesa. Los poco importantes van al cajón de "trabajos relegados al olvido indefinidamente", otros al que llama "la leprosería" porque no se pueden tocar, y los escasos que considera relevantes pasan por "el purgatorio" y terminan siendo solicitados por superiores que los gestionarán y así no hay riesgo en la carrera de Solal, que asciende sin tacha alguna.

Cuenta la leyenda que Mariano Rajoy sabe medir los tiempos, que su principal virtud política es la de dar la patada al balón y esperar a que, en su momento, vuelva a aparecer la pelota en su camino. O no.

El 3 de febrero de 2013, él mismo reforzó esta leyenda cuando dijo satisfecho: “A veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión, y eso es también una decisión”.

Cuenta la leyenda que Mariano Rajoy sabe medir los tiempos, que su principal virtud es dar la patada al balón y esperar a que aparezca en su camino

Así ha vivido y mal no le ha ido, porque empezó con un cargo político en 1981 y 36 años después ha ido pasando por casi todas las responsabilidades posibles hasta llegar a la más alta a la que un español puede aspirar sin llamarse Borbón.

Sus partidarios han alabado siempre esa manera de ser como si fuera una virtud, aunque muchas veces confiesen en privado que les saca de quicio esa especie de ataraxia en la que parece vivir.

Sin embargo, al cabo de los años, muchos de los balones a los que daba patadas al frente le han salido al camino. Carpetas de asuntos pendientes que acumulaba le vuelven a la mesa, con mucho más papel y complicación, víctima de su propia leyenda.

Muchos de los balones a los que daba patadas al frente le han salido al camino. Carpetas de asuntos pendientes que acumulaba le vuelven a la mesa

Dio una patada a la corrupción y ahora los escándalos le han salido en el camino porque no estaban cerrados ni muertos, sino mal enterrados.

Lo hizo también con la reforma de la Constitución, sobre cuya necesidad tanto se ha debatido y coincidido. La metió en el cajón de "la leprosería" y no la abordó cuando tenía mayoría amplia para pilotarla y ahora puede verse obligado a discutirla con una aritmética parlamentaria más precaria y con grave tensión territorial. Lo hizo también en la gestión de las investiduras fallidas de 2016, hasta que el PSOE se suicidó con la abstención. También la financiación autonómica fue al cajón intocable.

Y, sobre todo, dio una patada a la carpeta de Cataluña, que, según se comprueba ahora, solo le sirvió para ganar tiempo. O más bien para perderlo.

El 16 de octubre de 2013, el entonces diputado de CiU Josep Antoni Duran Lleida le dijo a Rajoy en el pleno del Congreso: “Lidere una respuesta de Estado, porque, si no lo hace, si no responde a las aspiraciones de Cataluña, entonces se va a encontrar con una declaración unilateral de independencia que algunos van a hacer en el Parlament". Premonitorio de lo que se vive justo cuatro años después.

Entonces Rajoy tenía mayoría absoluta, pero dio la patada al balón y el apoyo al independentismo se ha multiplicado desde entonces. Ahora, desbordado, está obligado a actuar cuando la única ley sobre la que hay consenso en Cataluña es la de la gravedad y con la presión de la calle, de los independentistas que se han saltado todas las normas y hasta de la alarmada Unión Europea. Tiene que actuar débil y sin apoyos, porque también ha ido aplazando durante años lo de tejer acuerdos con otros. Pero que nadie le pida soluciones arriesgadas ni rápidas por su legendario control de los tiempos y por su falta de premura para gestionar cada asunto que se encuentra. El domingo por la noche dijo solemne que convocaría a todos los partidos con representación parlamentaria, lo que incluye a Podemos, ERC, PDeCAT y Bildu, y el martes por la tarde aún no lo había hecho. Que nadie le meta prisa para buscar una salida sensata.

Así estamos, atrapados entre quienes se saltan todas las leyes y quien nunca tiene prisa para buscar soluciones a nada.

El patio del Congreso
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