A LA ESPERA DE UNA ELECCIONES ANTICIPADAS

La última oportunidad

A dos días del pleno del Senado se ha llegado al punto de equilibrio en el que cualquier paso que dé alguna de las partes empeoraría su posición

Foto: Carles Puigdemont, en el Palau de la Generalitat. (EFE)
Carles Puigdemont, en el Palau de la Generalitat. (EFE)

El veterano diputado del PDeCAT Carles Campuzano cuenta que estos días lee el libro '1914. De la paz a la guerra', de Margaret MacMillan, y su contenido le sirve para explicar algunas de las cosas que ocurren en Cataluña. No porque piense, obviamente, que estamos en un ambiente prebélico, sino porque, según Campuzano, se aprecia que nadie era entonces consciente de ir hacia la guerra, pero todos hacían algo que llevaba hacia la guerra.

Ahora, sobre Cataluña, nadie parece ser consciente de las consecuencias, pero todos hacen algo que lleva hacia el conflicto, sin ser capaces de ver otra salida.

“Si quisiéramos señalar culpas desde nuestra perspectiva del siglo XXI, podríamos acusar de dos cosas a quienes llevaron a Europa a la guerra. Primero, de falta de imaginación para ver cuán destructivo sería un conflicto semejante; y segundo, de falta de valor para enfrentarse a quienes decían que no quedaba otra opción que ir a la guerra. Siempre hay otras opciones", escribe MacMillan.

Ahora, sobre Cataluña, también hay otras opciones, pero solo falta que alguien lo reconozca. O que acepte que puede hacer algo en favor del acuerdo y en beneficio de los demás, aunque suponga dañar sus intereses particulares a corto plazo y no derrotar al adversario, evitando contraindicaciones.

A dos días de que el Senado apruebe la aplicación del 155, es muy probable que se haya llegado al punto de las negociaciones en el que cualquier paso que dé cualquiera de las partes perjudique su posición. Es decir, el equilibrio perfecto en el que nadie puede ganar nada más de lo que tiene.

Por un lado, Carles Puigdemont ha comprobado la fortaleza del Estado y la negativa del poder económico y financiero a seguirle, y debe saber que no puede avanzar más en su carrera. Unas elecciones con el argumento de salvar el autogobierno y las instituciones catalanas frente a la cerrazón del Gobierno central le podrían servir ahora como salida airosa, con el último acto de su cara a cara con Rajoy en el pleno del Senado del viernes.

Dirigentes del PDeCAT se mueven en este sentido, aunque aseguran que Puigdemont está cercado y aislado por un entorno muy duro, del que citan algunos nombres como Josep Rius y Elsa Artadi, entre otros.

La parte negativa para Puigdemont es su horizonte penal, que en gran parte es inevitable, haga lo que haga, aunque solo puede empeorar si fuera acusado de rebelión. Artur Mas logró evitar la cárcel por el 9-N cuando la Fiscalía eludió acusarle de malversación.

Por supuesto, para el PSOE sería un alivio frenar ya el conflicto y no aparecer con Rajoy aprobando el 155 en el Senado. Miquel Iceta habría logrado el propósito que trasladó a Rajoy y Puigdemont, cuando habló con ambos el viernes en busca del acuerdo.

Para el Gobierno, una vez llegados a este punto, le supondría evitarse la complicada aplicación del controvertido artículo. Calmaría la inquietud de ministros preocupados por la aplicación concreta.

No tendría que ser la cabeza de un Gobierno de ocupación en Cataluña. No desarticularía el independentismo, pero se habría comprobado la fortaleza del Estado y hasta dónde está dispuesto a llegar si hay otro embate más en el futuro. Una especie de aviso a navegantes. Se evitaría el riesgo de una Cataluña paralela movilizada en la calle, boicoteando el 155 y con victimismo prolongado.

Y salvaría los Presupuestos pactados con el PNV y gran parte de la legislatura, con una imagen de fortaleza entre sus votantes que le favorece.

Tendría el Ejecutivo que admitir que una convocatoria electoral desde la Generalitat es una rectificación de Puigdemont y dejar en una mera estrategia de negociación la instrucción que la vicepresidenta Soraya Saénz de Santamaría dio el lunes por la noche a sus ministros para que exigieran públicamente algo más que la disolución del Parlament.

Y tendría Rajoy que dar respuesta a los mensajes desesperados que le llegan desde Cataluña para frenar el conflicto. Algunos de ellos desde el entorno del soberanismo.

Se trata de superar la "falta de imaginación para ver cuán destructivo sería un conflicto semejante" y tener "valor para enfrentarse a quienes decían que no quedaba otra opción", como escribía Margaret MacMillan.

El patio del Congreso

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