Los peligros de la extraña campaña de los candidatos presos

Las insólitas circunstancias de las elecciones catalanas anteponen los sentimientos y emociones y hacen imprevisibles los resultados y las consecuencias

Foto: Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, en el Parlament. (EFE)
Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, en el Parlament. (EFE)

Es la extraña e imprevisible campaña electoral de las emociones y los candidatos presos (y fugados) en la que se juega un Govern, se disputa el encaje de Cataluña, se juzga la decisión de Rajoy sobre el 155, se decide el futuro de Podemos, se examina la posición del PSOE y se mide la utilidad de Ciudadanos.

Todas las campañas electorales, como la publicidad comercial, apelan a los sentimientos y las emociones. En todas se busca la manera de conmover, antes que convencer. “Las emociones dan más votos que los argumentos”, sostenía Iolanda Mármol en el libro 'Secretos de campaña (Editorial Laertes), que analizaba las elecciones generales de 2008.

Ahora todo eso queda en nada en comparación con la campaña que arranca para las catalanas del 21 de diciembre. Como nunca antes, la bandera estará por encima de la cartera, aunque esta dependa del resultado. No hay más argumentos programáticos que el sentimiento de una parte que considera que hay presos políticos, que otro Estado les ha invadido y que deben ondear una bandera para defender su identidad y su autogobierno. Y en el otro lado han sido despertados los que dicen defenderse de un nacionalismo excluyente y que en respuesta al proceso soberanista han salido por primera vez a la calle con una bandera que no estaba bien vista en Cataluña. ¿Qué más da lo que propongan en política social o fiscal?

Tan imprevisible es todo en estas elecciones como que donde iba a crearse una república independiente puede terminar ganando Ciudadanos, el partido con una visión más centrípeta de España, al menos según los datos del CIS. O puede haber un futuro 'molt honorable president' que duerma en la cárcel. O puede haber un Parlament ingobernable y unas segundas elecciones en primavera.

Se juega con la ilusión de los que aún creen en la independencia, la desilusión de quienes emocionados veían cerca la república catalana y la necesidad de movilizarse de quienes la rechazan. Y se celebra la campaña con candidatos en la cárcel y la imprevisible reacción de los catalanes que consideran que esas prisiones provisionales son una agresión ' Madrid'. ¿Cómo influirá todo ese sentimiento? ¿Qué efecto tendrán los encarcelados y los huidos? ¿Cómo de víctimas se sentirán unos y cómo de emocionados ante la última oportunidad de derrotar a los independentistas se verán los otros?

En teoría, los independentistas desilusionados y que se sienten engañados podrían cambiar por opciones como los comunes o el PSC. En teoría, los que se sientan agredidos y reprimidos se irán hacia ERC y la lista de Puigdemont y abandonarán otras como el PSC y los comunes. Pero, aunque hayan comprobado que la independencia no es viable, es posible que se dejen llevar por ese sentimiento antes que por la razón de haber testado la fortaleza del Estado. Eso podría explicar la remontada aparente de Carles Puigdemont, desde Bruselas, como solidaridad con la víctima de una supuesta agresión del Estado. El "sentimiento de persecución" puede más que el castigo a posibles errores.

Y, aparentemente, los que tienen el sentimiento de España se inclinarán por el voto útil de Ciudadanos y dejarán otras opciones como la del PP que, teóricamente, es quien gobierna ahora en Cataluña gracias al 155 y, sin embargo, puede ser la última fuerza política del Parlament.

Esas ilusiones, esos sentimientos y esas emociones de los catalanes, en parte incomprensibles desde el resto de España, pueden explicar los resultados y sirven para entender la encuesta del CIS, aunque sea precisa cierta prevención ante el vuelco que pronostica.

Como en la física cuántica, la sola medición modifica el resultado. Sobre todo porque, planteadas como elecciones de emociones, saber que los independentistas pueden no tener mayoría puede movilizar a los soberanistas, y conocer que Ciudadanos está en condiciones de ser el más votado puede llevar a los más españolistas a las urnas. La salvedad es que a los portadores de las estelada se les supone ya movilizados hace tiempo.

Se presupone cifra récord de participación, aunque la de 2015 ya lo fue y pese a que se desconozca cómo opera exactamente que se celebren en un día laborable.

Puede haber otros factores, como el voto oculto o del miedo de los constitucionalistas que son preguntados por los encuestadores. Solo así se explica que la 'cocina' del CIS beneficie tanto a Ciudadanos, partido casi siempre sobrevalorado en las encuestas. Pero hay que recordar precedentes como el de aquellas elecciones vascas de 2001 en las que Jaime Mayor Oreja y Nicolás Redondo se veían ganadores y auguraban que el voto oculto era suyo porque los constitucionalistas no se atrevían a responder a los encuestadores y, finalmente, les llegó la desilusión al comprobar que los que no respondían eran los votantes nacionalistas.

Con los resultados de la encuesta oficial, Pablo Iglesias baja de las musas al teatro y verá con pavor cómo Colau y Domènech resuelven el dilema de dar el Govern a los independentistas o a los constitucionalistas.

Para Pedro Sánchez, el revés será que el PSC no supere a Ciudadanos, pero el respiro será el de no tener que atravesar otra encrucijada si la lista de Iceta no es decisiva para formar Govern.

Y Rajoy, a lo suyo, seguirá dedicado a mantener viva la lánguida investidura.

El patio del Congreso

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