El riesgo y la aventura están en el procedimiento, no en los candidatos

Las favoritas están vinculadas a la etapa de Rajoy, no presentan diferencias ideológicas y tienen difícil vender a los afiliados un cambo radical

Foto: La candidata a presidir el PP y exvicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, durante la presentación de avales. (EFE)
La candidata a presidir el PP y exvicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, durante la presentación de avales. (EFE)

El 22 de julio de 2000 se cerraba el congreso del PSOE que eligió por sorpresa a José Luis Rodríguez Zapatero, por muy pocos votos frente al candidato del aparato, José Bono, y frente a Rosa Díez y Matilde Fernández. En el pasillo, una delegada era preguntada por este periodista por su voto, y ella explicaba: "He votado a Zapatero porque es el único candidato al que no conozco y necesitamos alguien que no conozcamos". Esa socialista es hoy, 18 años justos después, ministra del Gobierno de Pedro Sánchez, y después de aquella votación el PSOE salió de su abatimiento y el desconocido gobernó durante dos legislaturas, entre 2004 y 2011. A veces, la aventura y el riesgo funcionan para salir del desastre y encontrar la renovación. Por eso, en la inmensa mayoría de primarias, suele ganar el candidato que se enfrenta al aparato.

Salvando todas las abundantes distancias entre ambos partidos, ahora en el PP hay quien llora por no tener un candidato desconocido y disruptivo. La tesis de la delegada socialista y hoy ministra les valdría perfectamente para sus primeras primarias con voto directo de los afiliados, pero no tienen candidatos desconocidos con opciones. Es verdad que está por ver que a los afiliados del PP les guste el riesgo, más allá del que supone este proceso incierto de primarias, porque la aventura en este caso está en el procedimiento, pero no en los candidatos.

El riesgo y la aventura están en el procedimiento, no en los candidatos

Encabezan las apuestas Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría. Es posible que si una de las dos ganara y fuera elegida líder del PP, buscaría romper con el pasado e imprimir su sello al partido. Así lo hicieron Mariano Rajoy, aunque tardó una legislatura en hacerlo, y antes el propio José María Aznar. Se aplicaría la tesis de Carlos Fuentes en 'La silla del águila': "Si escoge al que más le debe a usted, puede tener la seguridad de que lo traicionará para demostrar que no depende de usted. Es decir: el que más le deba será el que más obligado se sienta a demostrar su independencia. En otras palabras, su deslealtad".

Sin embargo, a día de hoy, ninguna de las dos puede pretender no ser identificada como una parte muy sustancial de la etapa de Rajoy, y ninguna de las dos transmite imagen de novedad. La exvicepresidenta, como ejecutora de las decisiones del Gobierno que han acabado en la primera moción de censura exitosa, y la número dos del PP, como la respuesta a la acción judicial frente a los casos de corrupción que llevaron a esa moción de censura.

La fortaleza de Sáenz de Santamaría es la capacidad de gestión y, al tiempo, esa es su debilidad. Y su mensaje en la presentación de su candidatura ha sido precisamente ese, el de la gestión, aunque haya afiliados que, quizá, quieran romper con eso. También ha sido el de apelar a los afiliados, a pesar de que en Génova se dice que en estos años se ha atrincherado en Moncloa y solo se la ha visto en actos oficiales y no del partido. Es decir, la queja de dirigentes regionales que aseguran que el Gobierno no ha dejado que se haga política desde el partido.

Cospedal tiene la fortaleza en su valor para hacer frente a todo y no esconderse, y tiene su debilidad en ser la imagen de esos escándalos, en los ordenadores destruidos y otros errores de gestión de la corrupción. "Me he partido la cara", dijo el martes en la presentación de su candidatura, para explotar ese lado de sacrificio personal y el martirio por patriotismo de partido. Pero su nombre se asocia con la rueda de prensa que ella querría borrar de su vida, la famosa del 'finiquito en diferido', que le perseguirá por siempre.

No es casual que una presentara su candidatura ante una institución, el Congreso, y la otra lo hiciera ante la junta directiva del partido en Castilla-La Mancha. Es decir, poder y Gobierno frente a aparato y partido. Una presenta los avales rodeada de exministros y la otra, de miembros del partido.

Ninguna de las dos responde al patrón de candidato desconocido rompedor. Sí pueden suponer un cambio por el hecho de ser mujeres, porque lograrían dar la vuelta al discurso de la izquierda con esta idea: el feminismo es bandera progresista, pero el PP es el que puede llevar a una mujer a La Moncloa.

Es prácticamente imposible recordar una discrepancia sobre una medida concreta de Rajoy y menos encontrar diferencias ideológicas entre las dos. Y, sobre todo, es preciso intentar entender qué pueden pensar y sentir los afiliados del PP. De la misma forma que los militantes del PSOE están siempre más a la izquierda que sus dirigentes, y eso se percibe, por ejemplo, en ponencias y enmiendas sobre la república en congresos del partido, podría pensarse que los del PP están más a la derecha que sus líderes, pero en este caso no hay constancia, porque nunca han debatido abiertamemte. Si fuera así, habría que tener en cuenta, por poner un ejemplo, que la crítica interna a Sáenz de Santamaría no es por exceso de dureza policial en Cataluña, sino por debilidad.

El riesgo y la aventura están en el procedimiento, no en los candidatos

El tercer candidato es Pablo Casado. Un dirigente regional asegura que Casado vive desde hace años con el chip en la cabeza de futuro líder que le implantó Aznar. Ha trabajado para ello, intentó pasar antes por la presidencia autonómica de Castilla y León, ha cuidado su imagen pública y ha esperado a su momento aprovechando el cartel de portavoz del PP que le puso Rajoy. Así era hasta que le ha surgido un problema, precisamante donde no esperaba y en lo que tanto cuidó: su formación. Tanto acumular currículo para que, finalmente, le atropellen y arrollen los cursos y los másteres.

Se mantiene en la carrera, tiene apoyo de dirigentes jóvenes y algunos procedentes de FAES, pero algunos en el grupo parlamentario del Congreso temen que una imputación antes o después de las primarias les caiga otra vez en la cabeza y los destroce definitivamente.

Por este lado, tampoco hay desconocidos que den un giro arriesgado al PP. Su triunfo sí sería la sorpresa que hay en algunas primarias y, por ejemplo, si lograra pasar el corte de la primera vuelta con Cospedal, tendría opciones de aglutinar el voto de los que apoyen en primera instancia a Sáenz de Santamaría. Quién sabe, en este mes loco todo es posible y, de hecho, hay un presidente del Gobierno que no ha parado de vencer adversidades y romper pronósticos y que es un ejemplo de que lo que no mata a veces fortalece. Por el momento, en la entrega de avales ha demostrado que está en condiciones de ser la sorpresa.

Los otros cuatro candidatos, con el respeto que provoca quien se esfuerza en animar un proceso democrático, tienen muy pocas opciones, porque no despiertan ni siquiera curiosidad entre los suyos.

Alberto Núñez Feijóo era lo más parecido que había a un desconocido, y por eso suscitaba apoyos, y por eso su renuncia ha sumido a muchos en el desánimo. No es un radical enfrentado a Rajoy ni con posiciones extremas, pero no viene de Moncloa ni de Génova, y fuera de Galicia se le puede considerar nuevo. Algún día se sabrá por qué renuncia.

El patio del Congreso

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