El centro como virtud

En 1978, el centro gobernó España. Las próximas elecciones generales se revelan como una nueva ocasión para que la Historia se dé el capricho de volver a repetir menú

Foto: Rajoy (PP), Sánchez (PSOE), Iglesias (Podemos) y Rivera (Ciudadanos), principales candidatos a las elecciones del 20-D. (Reuters)
Rajoy (PP), Sánchez (PSOE), Iglesias (Podemos) y Rivera (Ciudadanos), principales candidatos a las elecciones del 20-D. (Reuters)

La victoria de Trudeau en Canadá debe enmarcarse en un proceso de redefinición de la política, en que los viejos vectores sobre los que se asentaba el voto parecen oxidarse en beneficio de nuevos elementos, ideas que parecen frescas pero que en realidad vienen a imponer la Historia como espejo de una realidad cambiante. Los políticos de ahora quieren matar al padre para pasar al Olimpo de las tribunas periodísticas como salvadores de patrias enfangadas, próceres de proyectos míticos sin más base que una buena propaganda subvencionada y una educación concertada... a su manera.

España en 2015 vive un proceso similar al de hace 40 años, cuando tras la marabunta franquista que amenazaba con cosificar el búnker del inmovilismo, y frente a la bilis revanchista de los que se sienten cómodos en la trinchera del odio, se abrió un camino que permitió a este país penetrar en la idiosincrasia de la 'entente cordiale'. Más acuerdos que desacordes, con el sonido del pacto como antesala de toda negociación. Entonces, el centro fue la solución democrática. Ahora que la gente exige un nuevo replanteamiento político, con más democracia representativa, participativa, escuchada y dialogada, sentida y compartida, el centro vuelve al escenario político.

El centro opera en países como Francia o Canadá, un entorno democrático que sirve de espejo al que mirarse cuando los extremos quieren ponerse guapos

Al PP, paralizado por el análisis constante de su caída y recaída, le conviene expresar que el centro ya está ocupado por ellos, siguiendo el axioma de Aznar de situar el reformismo como núcleo de todas las cosas. Al PSOE, envuelto en indecisiones y discursos incoherentes, tampoco le viene bien un partido de centro que ocupe el espacio que siempre ha necesitado para conseguir mayorías absolutas. De ahí que ambos renieguen de una realidad que supera encuestas y tendencias. Por eso ninguno quiere reconocer que un nuevo invitado se ha sumado a la feria de sensibilidades que es la democracia precampaña. Ahora lo importante es explicar que existe un espacio definido y habitable, cómodo y confortable, habido y por haber, que es el centro político, un marasmo del bipartidismo que pretende asentar un nuevo contexto impulsivo en la política. Lo importante ya no es dónde te sitúes, sino qué haces con las piezas que te ha tocado mover en el tablero de las emociones.

Es preciso definir, para crédulos y apóstatas, portavoces y descreídos, que el centro es la suma perfecta de libertad y justicia e igualdad. Pocos españoles dirían que no a defender las libertades de la persona, sus derechos fundamentales a la propiedad privada, a la libertad de elección educativa, a la libertad de expresión e información, de culto y reunión, de asociación y manifestación. Libertades que el centro recoge y defiende. Como acoge y proyecta de igual forma la mejora, reforzamiento y protección del Estado del bienestar, centrado en la defensa de una educación y sanidad públicas, de carácter gratuito y universal. Se trata, para los convencidos de la deriva centrista que ataca España, de replicar una estrategia comunicativa resumida en el siguiente principio: los mensajes, si no impactan, no influyen. Si no influyen, no movilizan. Si no movilizan, no ganas. 

Aplicando al próximo #20-D el Teorema de Thomas, que reza: "Si las personas definen las situaciones como reales, estas son reales en sus consecuencias", la estrategia de posicionar al centro como caballo ganador de la carrera provoca que la posibilidad de arrastrar al votante indeciso o al abstencionista estructural aumente a medida que se acerca la jornada electoral. La voluble y cambiante opinión pública refleja lo que ve, y ve aquello con lo que quiere identificarse. De lo viable a lo factible, de lo probable a lo posible.  

El centro opera a plenas revoluciones en países como Dinamarca, Francia, Reino Unido o el mencionado Canadá, un entorno democrático que sirve de espejo al que mirarse cuando los extremos quieren ponerse guapos ante él. Bajo la máscara de la impostura, maquillaje de naturalidad. Este modelo, sin embargo, ha tenido dueños y caciques durante décadas, los mismos que ahora no dejan que otros lo usen y disfruten, aquellos que consideran que los conceptos tienen amo y señor, y que esclavizan las palabras bajo eufemismos sonoros como federalismo asimétrico, patriotismo constitucional o nación de naciones. Al final todo se reduce al paradigma 'Democracy are laws. Politics are feelings'.

España vive un proceso similar al de hace 40 años, cuando se abrió un camino que permitió a este país penetrar en la idiosincrasia de la 'entente cordiale'

Porque toda sociedad contemporánea navega con precisión en el equilibro entre Estado y mercado, procurando atender necesidades básicas ciudadanas en ámbitos troncales como la sanidad, la educación o las prestaciones sociales, combinado con el fomento de una regulada y sana competencia entre empresas y emprendedores. Un sistema de libertades exige una política de convicciones. Estos mensajes, en la política de las sensaciones, de sentidos excitados y pulsiones encontradas, actúan cada vez más decisivamente. Los ciudadanos saben de su exigencia y cada vez menos previsibilidad. Ahora, de cualquier movimiento del tablero surgirá un nuevo contexto con nuevos y variados intereses. El posicionamiento del presente condiciona los mensajes del futuro. Y en esa tesitura andan ahora todos. El centro como amante sociológico. Una especie de 'True Progressivism' (como lo definía 'The Economist' en su portada de 2012) que defienda crecer sin abandonar la equidad. El centro como virtud, como marca, como deseo codiciado, el centro como epicentro del nuevo juego político. 

La España que debe ser regenerada recuerda mucho a aquella España restaurada de 1885 bajo la combinación liberal-conservadora. Un binomio que asentó la monarquía alfonsina y la posterior regencia de María Cristina y permitió que este país se alejara de cavernas atávicas, que desde el equilibrio y la moderación se superaran esos antagonismos de nación cainita, binaria, etiquetada en su denominación de origen. 

En 1978, el centro gobernó España. En 2015, tal vez la Historia se dé el capricho de volver a repetir ('mutatis mutandis') menú. Pero que no se rompa el espejo o no habrá forma de mirarnos con decisión en un futuro en el que no nos sentiremos reflejados. 

En la cocina de la campaña
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