El lenguaje golpista: de Companys a Puigdemont

Más de 80 años después, se replica la impostura de una democracia renombrada y gastada de uso, pero no de ejercicio, ni respetada por quienes desempeñan un cargo público gracias a ella

Foto: El nuevo presidente electo catalán, Carles Puigdemont. (EFE)
El nuevo presidente electo catalán, Carles Puigdemont. (EFE)

"La revolución de octubre, lo he dicho y lo he escrito muchas veces, acabó con la República". Claudio Sánchez Albornoz.

El discurso este domingo del investido Carles Puigdemont en la sede de todos los catalanes nos ha trasladado a uno de los episodios más siniestros de la Historia Contemporánea de España. El que protagonizó el líder de Esquerra Republicana Lluís Companys en 1934 cuando proclamó de manera unilateral el Estat Catalá. Más de 80 años después, se replica la impostura de una democracia renombrada y gastada de uso, pero no de ejercicio ni respetada por quienes desempeñan un cargo público gracias a ella.

Entonces, el nacionalismo catalán (Companys y el consejero de Gobernación, José Dencás Puigdollers, como cabezas visibles), protegido por la impunidad de un entorno violento y unas autoridades contemplativas, se alzó contras las autoridades centrales y emitió un comunicado en el que se leían sentencias como las siguientes:

"Todas las fuerzas auténticamente republicanas de España y los sectores socialistas avanzados, sin distinción ni excepción, se han alzado en armas contra la audaz tentativa fascista (...) La Cataluña liberal, democrática, republicana, no puede estar ausente de la protesta que triunfa por todo el país, ni puede silenciar su voz de solidaridad con sus hermanos que en tierra hispana luchan hasta morir por la libertad y el derecho. Cataluña enarbola su bandera, llama a todos al cumplimiento del deber y a la obediencia debida al Gobierno de la Generalidad, que desde este momento rompe toda relación con las instituciones falseadas".

La comparativa con lo defendido el domingo por Puigdemont en su investidura es pertinente. Porque el nacionalismo es transfronterizo pero también atemporal. Repite esquemas de maquiavelismo persuasivo contrario a las leyes de la lógica pero efectivos para el control de las mentes. Busca en el agravio su vitamina de desprecio a quienes osan anteponer la ley a su proyecto totalitario de emociones sin control. Por eso, décadas después, tras tres meses de muy baja política, jugada en el alcantarillado de la decencia, el 'nou president' dijo:

“Tenemos que empezar a caminar a la luz de la declaración del 9-N para iniciar el proceso de constitución de un Estado independiente (...). Este no es un proyecto de los políticos ni de las instituciones, es un proyecto coral y colectivo”.

De nuevo la falacia de la mayoría para justificar una ilegalidad, prototipo de un lenguaje forjado en los fuegos del golpismo ideológico. Así ha sido siempre. Así será. Porque ni siquiera la salida del referéndum es viable, como sostienen Podemos y otras voces políticas. Ya lo dijo en su momento Junqueras, el mesías beato del 'procés'. Si sale el 'no', volveremos a hacer otro. Y otro. Y así 'ad nauseam'.

El argumentario es de sobra conocido: arrogarse la representación de todos aunque no alcancen a ser la mitad

La falta de un conocimiento exhaustivo y no malversado de la Historia provoca la ausencia constante de respuesta a una afirmación como la que sigue: “No somos un invento de la Constitución ni de la Transición”, repetida el domingo por Puigdemont, pero convertida en uno de los mantras que desde Pujol viene repitiendo todo nacionalista de carné. El argumentario es de sobra conocido: arrogarse la representación de todos aunque no alcancen a ser la mitad. Nadie se sorprendió al escuchar a Jordi Sánchez, presidente de la Asamblea Nacional de Cataluña, defender que "en toda democracia, lo importante son los diputados, no los votos".

Cuando oí ese aquelarre antidemocrático, regresé a 1934. Regresé a estas palabras:

"En esta hora solemne, en nombre del pueblo y del Parlamento, el Gobierno que presido asume todas las facultades del Poder en Cataluña, proclama el Estado Catalán en la República Federal Española, y al establecer y fortificar la relación con los dirigentes de la protesta general contra el fascismo, les invita a establecer en Cataluña el Gobierno provisional de la República, que hallará en nuestro pueblo catalán el más generoso impulso de fraternidad en el común anhelo de edificar una República Federal libre y magnífica.

El Gobierno de Cataluña estará en todo momento en contacto con el pueblo. Aspiramos a establecer en Cataluña el reducto indestructible de las esencias de la República. Invito a todos los catalanes a la obediencia al Gobierno y a que nadie desacate sus órdenes, con el entusiasmo y la disciplina del pueblo.

Nos sentimos fuertes e invencibles. Mantendremos a raya a quien sea, pero es preciso que cada uno se contenga sujetándose a la disciplina y a la consigna de los dirigentes. El Gobierno, desde este momento, obrará con energía inexorable para que nadie trate de perturbar ni pueda comprometer los patrióticos objetivos de su actitud. ¡Catalanes!: la hora es grave y gloriosa. El espíritu del presidente Macià, restaurador de la Generalidad, nos acompaña. ¡Cada uno a su lugar y Cataluña y la República, en el corazón de todos!

¡Viva la República! ¡Viva la libertad!".


Minutos después de la política de hechos consumados, apareció Rajoy para asegurar que no le faltará "firmeza y determinación para defender la unidad de España y el proyecto común". Porque "el discurso soberanista carece de legitimidad democrática". Se le olvida al presidente que en todo caso carece de legalidad, porque legitimado sí está por cientos de miles de catalanes imbuidos en esa espiral histriónica de desafectos y agravios. Ha calado lo que en 30 años con tino y precisión se ha cultivado y construido: señas de identidad a prueba de corrupciones y deserciones. En este momento toca luchar, ya no solo con la ley, sino también con el lenguaje del que durante décadas los partidos nacionales han huido. Porque toda nación, culturalmente sostenible y políticamente mitificada, necesita del lenguaje, que no de la lengua, para hacer posible su utópica cosmovisión de aldeanismo imperial.

Ahora, a PP, PSOE y Ciudadanos le corresponden no solo unirse en la unidad y defensa de la Constitución y la legalidad vigentes, sino también trabajar para desmontar, con bisturí y hoja de afeitar, ese lenguaje nacionalista. Para hacer bueno el juramento o promesa que hicieron al honrar sus cargos y para que manifestaciones como la de Companys o Puigdemont no sean sino caprichosos capítulos de la historia de un país empeñado en no aprender de sus errores.

En la cocina de la campaña
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