España no puede estar en funciones

El mandado de los ciudadanos a sus dirigentes ha sido claro: pónganse de acuerdo entre todos. Han pasado dos meses y los españoles solo ven exigencias inmaduras e inacción continua

Foto: Sesión constitutiva de la Cámara Baja, el pasado 13 de enero. (EFE)
Sesión constitutiva de la Cámara Baja, el pasado 13 de enero. (EFE)

Veamos la secuencia de los hechos. El órdago de Iglesias a Sánchez tras hablar con Felipe VI fue una estrategia de manual político perfectamente calculada y escenificada. Una rueda de prensa en el Congreso, una vez soltados los nervios y la impostura que mostró en Zarzuela, en esa conversación de ascensor en la que hablas del tiempo y los toros (esta vez ciervos), para, con cortesía e impostura, referirle al jefe de Estado sus planes para 'okupar' Moncloa, con la fuerza de los votos y la verborrea de las botas, con la idea del asalto a toda costa, aunque la aritmética suspenda toda intención de laboratorio 'ex ante'.

En esa comparecencia de hace unos días, medida, comedida, con un lenguaje gestual controlado, un ritmo y sonido trabajado, con su equipo respaldándole, observamos sin embargo, en esa metafísica de las costumbres que el politólogo admirador de Laclau impone en cada intervención, una retahíla de falacias y retóricas consumadas que convienen aclarar, por su importancia y porque mediante ella sigue imponiendo un marco conceptual que amenaza con desequilibrar un tablero político inmerso en esa modernidad líquida de la que hablaba Zygmunt Bauman: acuerdos pasajeros, débiles, de futilidad evidente, bajo el paroxismo del pacto partidista, en algunos casos eximios paraguas de personalismos en construcción.

Pablo Iglesias durante la rueda de prensa tras su encuentro con el Rey, el pasado 22 de enero. (EFE)
Pablo Iglesias durante la rueda de prensa tras su encuentro con el Rey, el pasado 22 de enero. (EFE)

El líder de Podemos no busca el "compromiso mutuo" al que hacía referencia el filósofo polaco, sino hacer ver su individualismo de salón, camuflado en las ya inexistentes proclamas de plaza que en su tiempo le confirieron pátina de verdad revolucionaria. Cuidado con la trampa en la que durante dos años todos los partidos y medios (afines o no) han caído una y otra vez, asumiendo la comodidad de replicar conceptos resonantes y onomatopéyicos sin reparar en la capacidad de penetración colectiva que estos tenían. Dice y repite Iglesias que estamos ante la dualidad cambio o inmovilismo. Falso. La dicotomía real está, en estos momentos de urgencia nacional, entre estabilidad o rupturismo. Pues se puede cambiar sin alterar el normal desarrollo institucional que fundamenta el sistema democrático o se puede romper con una deriva sin que ello implique una modificación del 'statu quo' político tradicional. Es importante determinar esto para evitar caer en axiomas erróneos que impiden un debate correcto.

El tablero ha cambiado porque las piezas ya no son las mismas. El jaque de Iglesias a Sánchez del otro día estuvo bien ejecutado, pero mal calculado si lo que buscaba era el plácet de un líder al que en su entorno (dentro y fuera del partido) le susurran la huida al moderantismo. Recordemos el comunicado que desde Ferraz se lanzó justo después del consumado 'sorpasso' de Iglesias:

"El PSOE no va a emprender negociaciones con otras fuerzas políticas para intentar fraguar una alternativa de Gobierno estable y, mucho menos, cuando se plantean desde el chantaje y anteponiendo los intereses de partido a los intereses de los ciudadanos...... Sin embargo, el PSOE sí mantiene y mantendrá contactos y diálogo con todas las fuerzas políticas, con el fin de evaluar la situación y acercar posiciones en torno a cómo afrontamos los graves desafíos que España tiene (...)"

Pedro Sánchez en el Congreso tras su reunión con el Rey, el 22 de enero. (EFE)
Pedro Sánchez en el Congreso tras su reunión con el Rey, el 22 de enero. (EFE)

El parchís parlamentario deviene en cómica representación del esperpento nacional (Podemos sin comerse ninguna ya se cuenta veinte), donde unos sonrojarían a Maquiavelo por sus nefandas pretensiones del poder por el poder y otros inquietan por su calculada equidistancia cuando la decisión en favor del acuerdo con formaciones más centradas es procedente por urgente.

Podemos, que aún debe hacer una transición desde la comunicación política a la política de comunicación, hace del discurso de plató su única estrategia de visibilidad manifiesta. Desde las palabras confluyen estrategias de acción hegemónica que buscan imponer (mensajes) antes que persuadir (con ideas), que pretenden obligar (por la consumación del victimismo diferenciador) antes que negociar (clave que explica y define todo marco democrático y parlamentario). La incongruencia, cuando se tira de hemeroteca, retrata y delata un comportamiento inmaduro que excluye pretensiones como la de gobernar un país. Incoherencias como la de presumir del gobierno de la gente y levantar la mano para pedir, perdón, exigir, el ministerio que controla la Policía (Interior), el ministerio que Controla el Ejército (Defensa) o el ministerio que controla la TV. Paradojas latinoamericanas.

Ahora mismo tenemos sobre el papel tres perfiles políticos (y dos bicefalias) en los dos partidos que han gobernado España desde 1982. Los tres perfiles definen tres sentidos: sentido de Estado, sentido de partido, sentido personal (personalismo). El primero lo encabezan voces del pasado como Felipe González o Aznar, que de jarrones chinos pasan a ser el centro de decoración de la mesa principal, y figuras del presente como Susana Díaz o Albert Rivera, quien entiende que toda nación ha evolucionado y prosperado en momentos críticos desde el moderantismo y no desde la radicalidad permanente.

La incongruencia, cuando se tira de hemeroteca, retrata y delata un comportamiento inmaduro que excluye pretensiones como la de gobernar un país

El sentido de partido lo capitanea la propia Susana Díaz junto a otros barones socialistas que no desean un PSOE fagocitado, que en su indefinición socialdemócrata, acabe por volver a pretéritos orígenes de marxismo caduco. Junto a ellos, miembros del PP que consideran que el tiempo de Rajoy ha tocado a su fin. Paso atrás, Mariano y a otra cosa. Por último, quienes hacen del personalismo su desesperada y férrea táctica de asidero al poder. Rajoy y Sánchez, demuestran cada día que el problema de uno es el otro y viceversa. Y eso perjudica cualquier intento de coalición estable que facilite un gobierno de emergencia nacional, atado en corto por pactos puntuales con otras formaciones y con el acuerdo de legislatura corta

Lo peor de todo este escenario político es la imagen que como país estamos ofreciendo. El mandado de los ciudadanos a sus dirigentes ha sido claro: siéntense, hablen, discutan, escuchen, pero sobre todo, pónganse de acuerdo entre todos. Han pasado dos meses. Y los españoles solo ven exigencias inmaduras, trincheras desafortunadas e inacción continua. Si llegamos al despropósito de una nuevas elecciones, el veredicto será definitivo: habremos fracasado como país, habremos defraudado como sociedad democrática. Aún quedan días para saber hacia dónde se mueve el tablero político. Porque el gobierno puede estar en funciones. España, no.

En la cocina de la campaña
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