Juego de hampones

Es preciso desmontar la forma en la que los independentistas catalanes disfrazan de conceptos fastuosos y vacíos su estrategia filofascista

Foto: El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, junto al vicepresidente, Oriol Junqueras. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, junto al vicepresidente, Oriol Junqueras. (EFE)

En 1973 se estrenó en cartelera la gloriosa película 'El Golpe', dirigida por George Roy Hill y protagonizada por Paul Newman y Robert Redford, con el siempre intenso Robert Shaw haciendo de malote. Se retrata la figura de dos truhanes en ese Estados Unidos de la Gran Depresión que olía a tabaco y alcohol oculto, cortina de capos y maleantes que fotografiaban callejones de oscuro deterioro. La trama se articula en derredor a dos pillos que pergeñan un plan para timar a un conocido mafioso, célebre por sus artimañas personales y su opacidad de trato y proceder. Un hampón de mucha monta y baja estofa que disfrutaba de partidas clandestinas de póquer en sus viajes de tren entre Chicago y Nueva York. Para ello se rodean de otros estafadores con la intención de vengar la muerte de un amigo común. Aquellamúsica de piano de Scott Joplin siempre será mi favorita.

Visionando de nuevo el otro día la película parecía estar asistiendo a un 'remake' político de lo que se rueda cada semana en el cortijo político de Pujol y Asociados. Porque en esa Cataluña nacionalista y separatista, muchos de sus representantes, subordinados del Estado, protagonizan hoy un golpe constante a la democracia. Un plan ideado bajo la desquiciada tramontana intelectual, social y política que el sucesor de Tarradellas ideó tras el 'Ja sóc aqu´'. Con González y Aznar de cómplices (in)voluntarios y coyunturales. Con la ley de espectadora permanente bajo Zapatero y Rajoy.

El 'expresident' de la Generalitat Jordi Pujol a su salida de la Audiencia Nacional tras declarar. (EFE)
El 'expresident' de la Generalitat Jordi Pujol a su salida de la Audiencia Nacional tras declarar. (EFE)

Se ha probado de todo en estas cuatro décadas para apaciguar a la garrapata nacionalista, succionadora de la sangre estatal. Casi nada ha funcionado. Ni apelaciones al diálogo, ni cesiones o transferencias competenciales, ni la transfusión de dinero a espuertas cada ejercicio. A este respecto, ni siquiera desmontarle uno de sus recurrentes mantras como el 'Espanya ens roba', con la publicación reciente de las balanzas fiscales que demuestran que Cataluña aporta al Estado la mitad de dinero que Madrid, les apacigua. La mentira del siglo se instala desde el odio, el resentimiento y la ignorancia. Granja y propaganda al servicio de la Rebelión en la Galia catalana. Münzenberg y Goebbels fusionados en Pisarellos y Tardás, en Puigdemonts y Forcadells.

La élite nacionalista y la soldadesca previamente anestesiada de valiums emocionales, seguirán pidiendo 'ad aeternum', aunque sus reclamaciones se vean satisfechas, pues la razón de ser de un nacionalista es la disconformidad, con lo que hay, con lo que sea. Protestar y gritar, chantajear y manifestarse, amenazar y saltarse la ley. Si no, no sería nacionalista. O se mueve o muere. Han sido ya tres generaciones de catalanes las que han pasado por el laboratorio educativo convergente. Son ya irrecuperables. El trabajo actual del Estado y del Gobierno central debe consistir en no perder a las siguientes, difícil tarea cuando las competencias en dicha materia siguen en manos de los hampones que dictaron las reglas del juego. La primera batalla hay que darla en el lenguaje, frente al mito y la ignorancia que los concejales y diputados del 'procés' alimentan a cada declaración, real o digital, en pantalla televisiva o en 140 caracteres de risible desvergüenza.

Para ello es preciso desmontar la forma en la que disfrazan de conceptos fastuosos y vacíos su estrategia filofascista: rodeos lingüísticos como "unilateralidad democrática" (dijo hace unos días Anna Gabriel, dirigente de la CUP, incapaz de evaluar tamaño oxímoron en su exigua pose intelectual, para justificar la impostura vivida en el pleno del Parlament), o "desconexión programada" desdibujan en la morralla del eufemismo lo que es un golpe institucional consumado, sólo alimentado por la desidia de la contraparte, quien abdicó de sus competencias educativas en la Transición y dimitió de hacer cumplir la ley, sobre todo desde que hace diez años, al mediador Zapatero se le ocurriera decir aquello de "aprobaré todo lo que salga del Parlament de Cataluña". Carta blanca al delito político continuado.

La primera batalla hay que darla en el lenguaje, frente al mito y la ignorancia que los concejales y diputados del 'procés' alimentan a cada declaración

Es complejo explicarle a los portadores de mitos y mentiras que ningún proceder unilateral es democrático. Pues el poder del 'kratos' (pueblo) se acaba reduciendo al criterio de una minoría dirigente, que impone sus planes y delirios al bienestar general. Como hizo Lenin contra los mencheviques o Hitler contra los nacionalistas o el 'Zentrum' alemán. Y cuando en un país la ley no se aplica, toda apelación al sentimiento es inexplicable para la razón. Por eso siempre ganan las vísceras.

Porque la política hace la ley, pero también las trampas. En este juego de hampones, ladrón frente a ladrón, el golpismo simbólico hasta es bien visto por la enfervorecida masa intoxicada. Lo legal siempre estará por debajo de la política. Cuando las leyes las escriben, dictan, votan y medio ejecutan los políticos, no se pone en solfa la separación de poderes del Estado. Lo que está en peligro es el verdadero Estado y la democracia de la cual emana. Lo saben en Barcelona y lo saben en Moncloa.

En ningún país serio del entorno de las democracias libres (una mínima parte del total existente en el mundo, seamos realistas) se hubiera permitido llegar a la metástasis catalana. Aquí, cuando una comunidad (no nación jurídica y mitológica) incumple con las obligaciones impuestas por la Constitución y atenta por ello gravemente al "interés general de España", se expone a ser sancionada mediante la aplicación del artículo 155 que la Carta Magna recoge para casos excepcionales. Dicho artículo, como correctamente han apuntado en los últimos tiempos varios constitucionalistas reconocidos, se inspira en el de la Ley Fundamental de Bonn, en cuyo artículo 37 admite la figura de la coerción federal. Como el intento de secesión ya ha sido expuesto y explicitado, con insistencia alevosa, nihil obstat para que su ejecución sea defendible.

En este juego de hampones el golpismo simbólico es bien visto por la enfervorecida masa intoxicada. Lo legal siempre estará por debajo de la política

Es preciso recordar a los perpetradores de alevosías históricas que también los nazis se ofendían cuando el resto del Reichstag les calificaba de fascistas. Ganaron en 1933 las elecciones con 288 diputados (de 647 que tenía la Cámara), minoría parlamentaria pero sobre todo minoría social, que fueron incrementando con base en el miedo paulatino que insertaban en la población. Sus redes sociales fueron el vis a vis con comerciantes, tenderos, funcionarios, maestros, a los que amedrentaban física y verbalmente hasta que conseguían su rendido plácet, paso abierto a sus totalitarios propósitos.

Y no estuve en la Alemania de los años 30 para conocer su historia. Ni estuve en la represión que los soviets ejercieron a todo disidente para saber que se produjo. De pequeños nos decían que había que cumplir las reglas. En casa, en el colegio, en la Universidad, en cualquier recinto público te advierten de las normas de comportamiento y cortesía. La Generalitat, y los nacionalistas catalanes, hijos de Pujol y nietos de rufianes, generación de intoxicadores e intoxicados, incumplen, escupen y se ríen cada día de esas normas que los demás tenemos obligación de cumplir. Por respeto al decoro y supervivencia de esa casa común que es España.

Hoy hay un golpe en marcha, patrocinado por la Generalitat de Catalunya y acólitos, un golpe traidor de la memoria de muchos catalanes que nunca lo quisieron y de una historia que jamás lo avaló. Un golpe que necesita de un contragolpe inminente. Hacen falta muchos pasos que dar para que la ley ordene y mande, pero ningún camino se recorre si no se da (o no se quiere dar) el primero de ellos. Mientras, suena el piano que Joplin hace sonar en honor a los hampones y su juego. Me gustaba más la mirada engañosa de Newman y la sonrisa cínica de Redford.

En la cocina de la campaña
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
7 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios