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Cobardes y asesinos
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Juan Carlos Rodríguez Ibarra

En Nombre de la Rosa

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Cobardes y asesinos

A raíz del asesinato de la Presidenta de la Diputación Provincial de León, el Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, ha anunciado que la Policía investigará

A raíz del asesinato de la Presidenta de la Diputación Provincial de León, el Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, ha anunciado que la Policía investigará el origen de los comentarios difamatorios contra Carrasco porque, ha justificado, “hay que limpiar las redes sociales de indeseables”.

¿Y cómo piensa hacerlo el ministro? Cuando no existían las redes sociales, existían las televisiones, los teléfonos, los buzones y el correo. Y antes que todo eso, existía el ser humano y, consecuentemente, la cobardía; es decir que siempre han existido, existen y existirán cobardes, miedosos, medrosos, tímidos, temerosos, pusilánimes, atemorizados, apocados, acoquinados, achantados, encogidos, irresolutos, amilanados, gallinas, cagones y caguetas.

No resulta difícil identificarlos porque “el cobarde sólo amenaza o insulta cuando cree estar a salvo” (Michel de Montaigne). Y esa es una de las razones por las que el cobarde siempre se esconde detrás del anonimato. Como ha dicho el Presidente de la Asociación de Usuarios de Internet (AUI), Miguel Pérez Subías, el problema “no es de las redes sociales, sino de la propia gente”. Internet es un espacio abierto y virtual, que incita a expresar tras la pantalla cosas que cara a cara uno no se atrevería a decir.

El problema no es de las redes sociales, sino de la propia gente. Internet es un espacio abierto y virtual, que incita a expresar tras la pantalla cosas que cara a cara uno no se atrevería a decir

Esa realidad ha existido siempre. Siempre hubo, hay y habrá gente que no tenga el coraje de decir lo que dice sin máscaras, antifaces, disfraces o anonimato. Cuando no existía internet, existía la cobardía de los que decían cosas de los demás a sus espaldas, o mandando anónimos, o llamando por teléfono desfigurando la voz.

Siempre se dijo, también, que a quienes insultan o amenazan anónimamente hay que tenerles tanto miedo como a  los perros ladradores. Con la llegada de Internet, el número de anónimos se ha incrementado exponencialmente, es decir, que cada día existen más perros ladradores; y esa es la razón por la que la mayoría de ellos no son perseguidos por quienes reciben sus insultos o amenazas.

Tal vez ahora sea la época donde descubrir al perro ladrador resulte más fácil, porque según Anonymous España, “todo correo electrónico (incluido el que se envía por webmail: gmail, hotmail, etcétera) lleva consigo la IP de quien envió el correo electrónico y esta IP puede relacionarse fácilmente con la localización y el nombre de la persona que contrata la línea (aunque para saber el nombre de la persona hace falta una orden judicial)”.

Siempre hubo, hay y habrá gente que no tenga el coraje de decir lo que dice sin máscaras, antifaces, disfraces o anonimato

Pero, reconozcan conmigo que ese trámite ocuparía buena parte del tiempo de quienes tienen cosas más importantes que hacer que perseguir a todos aquellos que, ocultos detrás de su anonimato y de su pantalla, disfrutan de lo que ellos creen que es su gran minuto de gloria. ¿Quién no puede sentir piedad y algo de simpatía por esa pobre gente que, por ejemplo, dedican una mañana de un sábado o de un domingo a insultar a todo aquel que ose tener una opinión o una vida no acorde con la opinión o la vida del anónimo cobarde? Piedad, simpatía y lástima por ellos. Mientras unos disfrutan de una buena madrugada de fin de semana, ellos, los pobres, dedican ese tiempo a insultar o a escribir talentosas teorías sobre lo divino o lo humano.

No, definitivamente, no debería ser la policía la que se dedique a limpiar las redes sociales de indeseables. Es un tema de psiquiatras y psicólogos. Siempre hubo gente que creía ser Napoleón o Julio César. ¿Qué tiene de raro que hoy, además, existan personas que crean ser Carlos Marx o José Antonio Primo de Rivera?

Quienes han insultado a la Presidenta de la Diputación de León después de su muerte no son los que la mataron ni a quienes tenía que temer la difunta Isabel Carrasco. El peligro vino de quien no la insultaba desde Internet, sino de quien la esperaba en la calle para pegarle cuatro tiros. Los primeros son sólo cobardes anónimos, potenciales clientes de instituciones psiquiátricas. Los segundos, asesinos, clientes seguros de instituciones penitenciarias.

A raíz del asesinato de la Presidenta de la Diputación Provincial de León, el Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, ha anunciado que la Policía investigará el origen de los comentarios difamatorios contra Carrasco porque, ha justificado, “hay que limpiar las redes sociales de indeseables”.

Isabel Carrasco León