"Si se toca algo, que se toque todo"
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Juan Carlos Rodríguez Ibarra

En Nombre de la Rosa

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"Si se toca algo, que se toque todo"

Los Reyes de Holanda y Bélgica abdicaron recientemente sus respectivas coronas y, que se sepa, ambos países continuaron funcionando como si nada hubiera ocurrido después de

Los Reyes de Holanda y Bélgica abdicaron recientemente sus respectivas coronas y, que se sepa, ambos países continuaron funcionando como si nada hubiera ocurrido después de los factos reales y la entronización de los herederos. En España, el lunes pasado, el Rey Juan Carlos I anunció su abdicación y no había dado tiempo a que terminara su intervención televisiva y ya, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, se amenazó con poner patas arriba todo el entramado surgido con la Constitución de 1978. “Si se toca la Monarquía, que se toque todo”, parece ser el deseo infantil de algunos.

No se debe olvidar que la Constitución que tenemos es la consecuencia del pacto institucional que llevaron adelante las fuerzas políticas de entonces -las de la dictadura y las perseguidas por ella- para salir de la situación creada como consecuencia de la muerte del dictador. Su sucesor a título de Rey, Don Juan Carlos de Borbón, heredó todos los poderes que encarnaba Franco y, contra todo pronóstico, el nuevo Jefe del Estado los entregó al pueblo español para que, recuperando la condición de ciudadanos y abandonando la de siervos, construyera una democracia de mujeres y hombres libres.

Ese pacto, por simplificar, significó que la derecha dictatorial aceptaba someterse al juego democrático abandonando su tendencia patriótica autoritaria y anticonstitucional; que la izquierda clandestina aceptaba participar en una reforma del régimen para hacer de la dictadura una democracia de corte occidental, renunciando al radicalismo revolucionario que había ido fraguando en su seno durante los cuarenta años de clandestinidad y persecución; y que los nacionalistas vascos y catalanes aceptaban participar en el juego de una España democrática y descentralizada, que reconocería los hechos diferenciales de algunos territorios españoles, incluidas sus lenguas vernáculas, renunciando a sus proclamas independentistas.

Y todo ello bajo la denominación de una monarquía parlamentaria que respetaba la Corona que encarnaba Don Juan Carlos y que pasaría a sus herederos en la forma constitucionalmente establecida.

Ese fue el pacto que nos ha permitido llegar hasta aquí. Se puede entender que quienes no formaban parte del mismo, reclamen o renieguen de ese acuerdo y traten de enmendarlo total o parcialmente. Ya es menos comprensible que quienes son herederos de formaciones que participaron en el mismo, como lo fue el Partido Comunista de España, intenten desvincularse parcialmente en un acto de enorme irresponsabilidad.

Si los españoles nos abatimos más que otros países, o bien, desesperados, queremos empezar todo de nuevo, es porque tenemos una experiencia corta de convivencia democrática, donde situaciones como las que estamos viviendo se resuelven buscando el acuerdo entre las partes afectadas, evitando la victoria de una sobre la otra. Eso se llama buscar el acuerdo para reformar lo que ya nos sirve o ha quedado desfasado.

La coronación del Príncipe heredero, Don Felipe de Borbón, ofrece la oportunidad de volver a intentar consensuar un nuevo acuerdo, donde las fuerzas políticas deberían sentarse, bajo el liderazgo del nuevo Jefe de Estado, para volver a saber qué tipo de exigencias y de renuncias están dispuestas a realizar para conseguir otro acuerdo institucional que nos permita volver a emprender el futuro juntos y con un importante grado de confianza y fiabilidad.

Si del resultado de ese acuerdo se considerara necesario que las nuevas propuestas deberían modificar la Constitución de 1978, entonces habría llegado el momento de volver a dar la palabra a los ciudadanos para que se pronunciasen sobre el contenido de las mismas.

Como recordatorio diré que el Rey Don Juan Carlos se valió de un grupo de personas que supieron allanar el camino para que quienes tenían la tarea de materializar el acuerdo pudieran concluirlo con éxito. Hoy, el futuro Rey, tiene una amplia nómina de personas que, por su trayectoria, podrían asesorar con conocimiento de causa a los nuevos protagonistas sobre el método y las herramientas necesarias para alcanzar un nuevo acuerdo.

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