El techo político de cristal
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Miriam González

En versión liberal

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El techo político de cristal

La escasez de mujeres en los puestos más relevantes de la política a nivel mundial es un hecho: únicamente hay 11 jefas de Estado, seis primeras ministras y cinco gobernadoras generales

placeholder Foto: La ex candidata presidencial demócrata Hillary Clinton. (Reuters)
La ex candidata presidencial demócrata Hillary Clinton. (Reuters)

Un año después de que Hillary Clinton perdiese las elecciones a la presidencia estadounidense, el número de mujeres candidatas a las elecciones estatales y locales en Estados Unidos ha batido récords. En los dos estados en los que se celebraron elecciones legislativas, el aumento ha sido espectacular: en Nueva Jersey, el doble de candidatas que en elecciones anteriores; y en Virginia, un 60% de los candidatos fueron mujeres. Además, un número récord de esas candidatas ganaron las elecciones a las que se presentaban.

Este aumento de candidatas demuestra la importancia de los ‘role models’ o ‘ejemplos a seguir’. Una mujer con hijos pequeños que quiera dedicarse a la política normalmente considerará si otras madres con niños pequeños lo han hecho antes. Y desde luego es mucho más fácil para una niña soñar con ser presidenta de los Estados Unidos si logra ver a una mujer que llega a la presidencia, o al menos que lo intenta.

No obstante, en el caso de Hillary, el efecto es sorprendente. Primero porque perdió las elecciones. Y también porque su posición social privilegiada, al estar casada con un expresidente de los Estados Unidos, hace que muchas mujeres la vean distante. Aunque también es cierto que los vínculos familiares solo parecen ser un problema para las mujeres casadas, pues nadie cuestionó que George W. Bush fuese presidente después de su padre. O que John Ellis 'Jeb' Bush quisiese ser presidente después de su padre y hermano.

España, gracias en parte al empuje social en la época Zapatero, es el cuarto país europeo con más parlamentarias, pero no ha habido una presidenta

La escasez de mujeres en los puestos más relevantes de la política a nivel mundial es un hecho: únicamente hay 11 jefas de Estado, seis primeras ministras y cinco gobernadoras generales. En España, gracias en parte al empuje social en la época de Zapatero, somos el cuarto país europeo con más mujeres parlamentarias, pero nunca ha habido una presidenta de Gobierno español.

En Europa hay mujeres en puestos de primer orden: Angela Merkel en Alemania, seguramente la mujer más poderosa del mundo; Theresa May en el Reino Unido, un caso interesante, pues por fin vemos a mujeres que no están a la altura en puestos de alta responsabilidad, como muchos hombres que tampoco estaban a la altura pero que a lo largo de la historia han llegado a los puestos políticos más altos; Mogherini en Bruselas, una mujer relativamente joven, o incluso, a un rango político más bajo, Sáenz de Santamaría en España.

Una de las grandes diferencias entre Hillary Clinton y esas políticas de alto nivel europeas es que Hillary, como muchas otras políticas americanas, milita abiertamente como mujer. Hace ya 20 años, en Pekín, como primera dama, dio unos de los mejores discursos sobre derechos de género de la historia, defendiendo que "los derechos humanos son derechos de las mujeres, y que los derechos de las mujeres son derechos humanos". Fue un discurso tan magnífico que, a diferencia de lo que ocurre con la mayoría de esposas de primeros ministros o jefes de Estado, que casi siempre dicen poco y casi nunca de interés, nadie se fijó en el vestido que llevaba.

Cuando sacó toda su pasión fue al hablar de la revolución de género y de su decepción por no haber roto ese techo de cristal de la presidencia

Hace unas semanas, tuve la ocasión de ver a Hillary Clinton en Londres presentando su libro ‘What Happened’ (‘Qué ocurrió’). Se le nota que todavía no ha interiorizado su estrepitoso fracaso personal. Habló con vehemencia de Trump, de su peligrosa desreglamentación y bajadas drásticas de impuestos corporativos, de la injerencia rusa en los procesos electorales… Pero cuando sacó toda su pasión fue al hablar de la revolución de género (una revolución inacabada) y de su decepción por no haber podido romper ese techo de cristal de la presidencia americana que todavía se les resiste a las mujeres.

La mayoría de las políticas de alto nivel europeas (algunas de las cuales son mejores haciendo política que Hillary) no suelen hablar en términos tan contundentes sobre su compromiso con la revolución de género. No porque no crean en ella tanto como las americanas o Hillary, sino porque —como muchas empresarias de alto nivel— piensan que en el contexto social en el que viven hablar abiertamente de ello les puede hacer perder valor profesional.

La igualdad entre hombres y mujeres no es un derecho de las mujeres, sino, como bien recordó Hillary, es un derecho humano más

En Estados Unidos, militar abiertamente por la igualdad de género no es opcional, porque en la presidencia hay un hombre que está fomentando una vuelta atrás en derechos de género y que piensa que las mujeres somos de segunda clase. En Europa y en España no tenemos, por suerte, un presidente como él. Pero el sexismo en nuestra política sigue vigente: si no que se lo pregunten a las primeras ministras del Reino Unido y de Escocia cuyas piernas salieron en portada de un periódico que hablaba de sus ‘jarretes’ como si fuesen reses. O a la presentadora de un programa en España que tuvo que soportar recientemente que un alcalde la mandase a casa a limpiar la ropa y hacer la comida.

Para las mujeres con poder de cualquier parte del mundo, incluidas las europeas, luchar abiertamente contra la desigualdad de género que sigue existiendo en nuestra sociedad no debería ser opcional. Como tampoco debería serlo para los hombres con poder. Porque la igualdad entre hombres y mujeres no es un derecho de las mujeres, sino que, como bien recordó Hillary, es un derecho humano más.

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