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El Macron español

Si no podemos aspirar a que surja un Macron español, habrá que buscar otras fórmulas para que el talento que tenemos deje de mirar para otro lado y se dedique a transformar el país

Foto: El presidente de Francia, Emmanuel Macron. (Reuters)
El presidente de Francia, Emmanuel Macron. (Reuters)

Emmanuel Macron ha lanzado su agenda internacional. En las últimas dos semanas ha visitado China (su primera visita de Estado a Asia) y hoy está en el Reino Unido. A diferencia de otros jefes de Estado, Macron no se presenta solamente como el presidente de Francia. Con Alemania sumida en las negociaciones de la coalición gubernamental y el Reino Unido fuera de juego a causa del Brexit, Macron actúa como si fuera el ‘presidente de Europa’: ha pedido reciprocidad en el acceso al mercado chino para las empresas francesas, pero también ha abierto la puerta a un ‘partenariado estratégico especial’ entre China y la Unión Europea aprovechando las tensiones políticas y comerciales entre China y los Estados Unidos. En el Reino Unido propondrá más cooperación militar entre Francia y el Reino Unido, pero también marcará los límites de la oferta europea sobre el Brexit.

Casi todas las políticas del presidente francés están orientadas a que Francia retome una posición de liderazgo europeo y mundial con fuerza: ha afrontado con éxito la reforma laboral, algo que durante décadas parecía imposible en Francia, eliminando con ello uno de los obstáculos principales para estar en pie de igualdad de liderazgo europeo con Alemania. También ha puesto sobre la mesa la posible renacionalización de la política agrícola europea, dejando claro que no quiere lastres. Es el único líder europeo que de momento ha presentado propuestas concretas de reforma de la Unión. E incluso ha permitido que surjan rumores informales en los círculos adecuados sobre la posibilidad de que el puesto de Francia en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas represente los intereses de la Unión (lo cual, de ser cierto, consolidaría a Francia como el ‘líder político’ de la Unión Europea en tándem con Alemania como ‘líder económico’, y de paso pondría en cuestión el puesto del Reino Unido en el Consejo de Seguridad en un escenario pos-Brexit).

Macron quiere convulsionar el orden político europeo tradicional. En vez de presentar a su partido En Marche como un partido equidistante de centro, lo presenta como un partido abierto de cambio radical. Por eso ha respondido con un cortés "non, merci" a las ofertas del Partido Liberal Europeo para integrar a En Marche en su grupo (donde se encuentran los Liberales Demócratas británicos o Ciudadanos), y en su lugar ha optado por crear un nuevo grupo político europeo de ‘reforma profunda’ desde el centro.

La distancia entre Macron y los líderes políticos españoles actuales se resume en esta frase: "No quiero gestionar ni reformar, quiero transformar"

Esté uno de acuerdo o no con sus propuestas concretas, y aceptando que como todo líder unas veces acertará y otras no, es imposible no sentir envidia sana de tener un presidente con la ambición de Macron. La distancia entre él y los líderes políticos españoles actuales se resume en esta frase de Macron: "No quiero gestionar ni reformar, quiero transformar".

En España lo de transformar es tabú. Nuestro sistema político es en lo esencial un sistema cerrado: en la Transición se buscó un equilibrio general de intereses para que todos los grupos fácticos se sintiesen justamente representados y se dio un peso desproporcionado al Estado y a las instituciones para que ese equilibrio de intereses quedase atado y bien atado. El cambio radical nos provoca vértigo porque pone en peligro ese limitado equilibrio.

Pero España está pidiendo a gritos una ‘transformación’: el consenso territorial agoniza, el camuflaje de la corrupción sigue en alza, las instituciones interfieren sin medida en la iniciativa privada, los partidos (incluso los nuevos) siguen siendo estructuras piramidales cerradas, los jueces se quejan de la politización de la Justicia, la desigualdad salarial y la precariedad siguen sin perspectivas de solucionarse, el consenso social vive sus horas más bajas…Y mientras todo esto ocurre, el talento español —que existe a raudales en todas las capas sociales— contempla con frustración cómo las posibilidades de que España tenga una posición de liderazgo en la Unión Europea (el líder de los países del sur, o incluso de todos los periféricos) se esfuman de nuevo.

En nuestro país tenemos políticos tan inteligentes como los franceses. Pero no solo no transforman sino que ni siquiera aspiran a transformar

En nuestro país tenemos políticos tan inteligentes como los franceses. Pero no solo no transforman sino que ni siquiera aspiran a transformar. Rajoy, por ejemplo, no pretende liderar, sino que su meta es simplemente gestionar el país. Pedro Sánchez, un líder de un partido que se supone ‘progresista’, propone un cambio de caras pero esencialmente con las mismas reglas de juego. Pablo Iglesias está más preocupado por perpetuar el descontento que por solucionarlo. Y el propio Rivera, que se define como liberal y por tanto reformador, se contenta a menudo con reformas superficiales de marcado carácter tecnocrático. Ante la pasividad de los políticos, ha tenido que ser el rey Felipe (que carece de iniciativa política oficial) quien sutilmente haya recordado que quizá sea este el momento de empezar a ‘reformar’.

Es evidente que es mucho más fácil que surja un líder ‘disruptor’ como Macron en un sistema electoral presidencial a dos vueltas como es el francés que en un sistema electoral como el español, donde los votantes no solo no eligen directamente al presidente del Gobierno, sino que además se ven obligados a elegir a los parlamentarios de su circunscripción en listas cerradas (un anacronismo incomprensible). Pero si en España no podemos aspirar a que surja un Macron español, habrá que buscar otras fórmulas más amplias para conseguir que todo ese talento que tenemos en el país (incluido el talento que está en los partidos políticos) deje de mirar para otro lado y se dedique por fin a transformarlo. Sin miedos. Y sobre todo sin complejos. Porque cada día que pasa estamos más lejos de ser lo que podríamos ser. Y porque el día de mañana se nos va a caer la cara de vergüenza cuando les tengamos que explicar a nuestros hijos que, en un momento crucial de cambio de la Unión Europea, nos cargamos entre todos el enorme potencial de España.

En versión liberal

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