Sánchez no pasa página

Para que España pase página de verdad, se necesita un presidente que abra el sistema político y que no acapare el poder para sí mismo, sino que les devuelva el poder a los ciudadanos

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la sesión de control en el Congreso. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la sesión de control en el Congreso. (EFE)

La llegada al poder de Pedro Sánchez ha traído consigo aires de cambio. En solo dos semanas el nuevo presidente ha hecho que el Gobierno del PP de Rajoy parezca casi como del siglo pasado: nuevos ministros, una mayoría de mujeres, la entrada de la clase profesional en el Gobierno, toma de poder sin Biblia, un giro radical a la acogida de refugiados, fotos amables… Atrás quedaron las imágenes del PP a la defensiva, de Rajoy arrinconado, del Gobierno hermético, refugiado tras los jueces e incapaz de comunicarse ni con el exterior ni con sus propios ciudadanos. La rapidez con la que nos adaptamos al cambio de inquilino en La Moncloa es asombrosa; y también es sana.

Incluso los que no nos identificamos ideológicamente con el nuevo presidente reconocemos su trayectoria de desafío y el valor de su audacia. Sus guiños a la modernidad no han pasado desapercibidos ni dentro ni fuera de España: la mayoría de mujeres en el Gobierno es un ejemplo a seguir (con toda la razón). Y su apuesta claramente europeísta, con tres ministros que han tenido puestos relevantes en las instituciones europeas, pone a España en las antípodas de países como Grecia o Italia. Aunque España nunca podrá ser un país líder en la Unión Europea mientras no resuelva ‘la cuestión catalana’, por lo menos se incrementará nuestra visibilidad en Europa. Desde fuera, muchos confían en que con Sánchez y el cambio de Gobierno "España haya pasado página".

Pero para que España pase página de verdad, se necesita más que un cambio de presidente de Gobierno. O al menos se necesita un presidente que apueste con decisión por cambios sistémicos. Que plantee una visión ambiciosa para el país desde su propio posicionamiento ideológico. Que esté dispuesto a generar un debate real sobre ese proyecto. Que promueva la disensión y la pluralidad en vez de tratar de cerrar el debate y que se someta al control efectivo del resto de los poderes del Estado. Y que se preste a un diálogo abierto con la prensa. En definitiva, un presidente que abra el sistema político y que no acapare el poder para sí mismo y para su partido, sino que les devuelva el poder a los ciudadanos.

Desde su precariedad parlamentaria, Pedro Sánchez podría hacer de la necesidad virtud, y utilizar las Cortes como foro de auténtico debate ideológico y de control del Ejecutivo. Pero la probabilidad de que lo haga es mínima: en parte porque sabe que el mayor partido de la oposición, el PP (un partido herido de gravedad y resentido por su dramática pérdida de poder), no va a entrar en el juego. Pero sobre todo porque él mismo ha reducido su ambición de inmediato, aceptando que hará solo propuestas de orden menor y de corte social: continuidad en las políticas esenciales y pequeños cambios que agradarán a unos u otros, pero no reformas de calado.

A pesar de los elogios (casi todos ellos merecidos) que muchos de los nombramientos ministeriales han suscitado, la flamante cartera de ministros manifiesta las pocas ganas de Sánchez de renovar el sistema. Nombrando a ministros de orden tecnocrático y muchos de ellos sin representación parlamentaria, el presidente se ha asegurado la concentración del poder político en sus propias manos. A los ministros les sobra preparación, pero les falta poder real.

Sorprende que ninguno de los nuevos ministros sin representación parlamentaria haya anunciado simultáneamente a su nombramiento la circunscripción por la que se presentarán en las primeras elecciones que haya; quizás algunos (e incluso muchos) de ellos ni siquiera ven la necesidad de contar con respaldo electoral propio. Y es que por muy válidos que sean las ministras y ministros a nivel personal y profesional, para poder hacer reformas serias se necesita poder político real, ese que viene de las urnas, no de un simple nombramiento ministerial.

La primera cita mediática del presidente Sánchez con la televisión pública ha sido otra oportunidad perdida para cambiar la manera de hacer política en España: una entrevista sin preguntas incisivas y prácticamente sin riesgo. La única manera de entender que al presidente no se le preguntase por la corrupción en su partido (cuando él ha llegado al poder precisamente por la corrupción del partido más votado y el juicio de los ERE está de plena actualidad) es asumiendo que las preguntas estaban pactadas. Ya va siendo hora de que todos los políticos españoles se sometan a preguntas abiertas, que no les hayan pasado de antemano, hechas por periodistas a los que se les da total libertad para preguntar lo que quieran y como quieran, para que todos veamos lo que los políticos piensan de verdad y podamos evaluar en vivo y en directo cómo defienden sus ideas.

En resumen, que el Gobierno es en apariencia moderno, pero que todavía nos falta mucho para que España pueda afirmar que ha pasado página.

En versión liberal
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