Los lazos de la polémica

Por importantes que puedan parecer en un momento concreto, las luchas de símbolos son una perdida de energía. Y sobre todo de tiempo

Foto: Un hombre coloca lazos amarillos en la verja del Parc de la Ciutadella en Barcelona. (EFE)
Un hombre coloca lazos amarillos en la verja del Parc de la Ciutadella en Barcelona. (EFE)

Este año hemos decidido pasar parte de las vacaciones en Cataluña, en Girona, la cuna del separatismo. En parte para enseñarles a mis hijos la belleza de esta zona. Pero sobre todo porque la respuesta al separatismo ha de ser que todos (el resto de los españoles, incluidos los políticos, y también los extranjeros) vayamos más a Cataluña y no menos.

Pasar unos días de vacaciones es muy distinto a vivir aquí el día a día. La superficialidad estival hace que uno no tenga que enfrentarse al acoso político en los trabajos o incluso en los colegios. Y tampoco al machacón lavado de cerebro de los medios de comunicación separatistas. La gente en tiendas, restaurantes y calles continúa siendo de una cordialidad exquisita. Todos responden en castellano cuando ven que no hablas catalán. Y hay la misma proporción de gente amable que sonríe y de gente borde y maleducada que en cualquier parte de España (y por supuesto del extranjero).

Lo que más se percibe del separatismo desde fuera es la invasión de lazos amarillos en las autopistas, playas y pueblos: hay lazos amarillos en los puentes sobre las carreteras, en las farolas, banderas amarillas en las playas, lazos y pancartas en los edificios oficiales y pintura amarilla en los sitios más insospechados, como por ejemplo en los postes de muchas señales de trafico.

Poner lazos amarillos en los edificios oficiales no tiene pase porque, les guste o no, los políticos que desempeñan una función institucional en Cataluña representan a todos los catalanes, los que están a favor de la independencia y los que no. Si esos políticos quieren poner lazos amarillos los deberían poner en las sedes de sus partidos, pero no en los edificios institucionales. Las instituciones no son de los políticos, sino que son los políticos los que están al servicio (y solamente de forma temporal) de las instituciones. Quizás si en el resto de España no hubiésemos dejado que tantos políticos de signo distinto utilizasen las instituciones (y el dinero de las instituciones) a su antojo con fines absolutamente partidistas, ahora nos resultaría más fácil oponernos a este uso partidista de las instituciones catalanas por parte de los separatistas.

Tampoco es aceptable que se pongan símbolos independentistas en sitios que ponen en peligro la seguridad de las personas. Si en España se han prohibido los anuncios comerciales junto a las carreteras porque distraen a los conductores, no deberían admitirse los anuncios políticos junto a ellas. En particular, los lazos pintados en el asfalto de las carreteras son un peligro. En ningún sitio del mundo se admite que una persona con los fines que sea (políticos, comerciales o personales) vaya por las carreteras pintando lo que le dé la gana sobre el asfalto. Si los demás no lo pueden hacer, pues los separatistas tampoco. Por mucho derecho que tengan a la libertad de expresión su libertad de expresión acaba donde se empieza a poner en peligro la vida de los demás.

Pero lo que no tiene sentido es entrar en una guerra de símbolos en las casas o los lugares públicos que ni representan ni ponen en peligro la vida de nadie. Por muchos lazos amarillos que haya, por cada casa o lugar público con un lazo hay cientos de casas y espacios públicos que no los tienen, incluso en las zonas mas independentistas.

Las protestas públicas han de verse con perspectiva: hay que estar bastante perdido en la vida para levantarte por la mañana y decidir que de todas las cosas productivas que podrías hacer en esas 24 horas le vas a dedicar el día a anudar lacitos en cada barrote de un puente o subirte a una escalera para poner lazos en una farola. Y también hay que estar bastante perdido en la vida para dedicarle el día a quitarlos uno a uno.

El que pone una lazo en el balcón de su casa o en sitio público donde no ponga en peligro a nadie, lo hace como un signo de su libertad de expresión. Pero sobre todo lo hace para cabrear al que no piensa como él; con no cabrearse ya está su propósito desarticulado.

En Cataluña va a llevar tiempo encontrar un punto de acuerdo que nos permita a todos centrarnos en avanzar juntos, no con aquellos que han incumplido el orden constitucional, sino con aquellos que dentro del orden constitucional simplemente piensan de una manera distinta a nosotros. La prioridad es ir abriendo espacio para poder vislumbrar áreas de consenso. Por importantes que puedan parecer en un momento concreto, las luchas de símbolos son una perdida de energía. Y sobre todo de tiempo.

En versión liberal
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