Las mujeres y el poder

La retórica sobre la ‘marca femenina’ en el poder se explica en parte por el estereotipo de género que identifica a la mujer como cuidadora, sea de su familia, de su equipo de trabajo o de la sociedad

Foto: Carmen Montón en la rueda de prensa en la sede del Ministerio en la que informó sobre su dimisión. (EFE)
Carmen Montón en la rueda de prensa en la sede del Ministerio en la que informó sobre su dimisión. (EFE)

En los últimos años se ha puesto de moda entre las mujeres decir que el mundo sería mucho mejor si el poder estuviese en sus manos. Se argumenta que las mujeres tienen más inteligencia emocional y que son mejores integrando equipos y haciéndolos inclusivos; que son menos egocéntricas y están mas abiertas a la negociación que los hombres, quienes normalmente prefieren imponer sus ideas a tener que negociarlas. Es raro que en un seminario de género o una reunión de mujeres profesionales no se haga un comentario sobre cómo la crisis financiera del 2008 se podría haber evitado si los ‘Hermanos Brothers” (Lehman Brothers) hubiesen sido las ‘Hermanas Brothers’ (Lehman Sisters) una frase acuñada por una mujer de altura, Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional.

Igualmente, cuando se debate sobre la necesidad de que haya más mujeres en política normalmente no se habla sólo de que la política tiene que ser un fiel reflejo de la sociedad (que tiene un 51% de mujeres) sino que muchos (y sobre todo muchas) creen que las mujeres harían que la política fuese mejor, menos combativa, más centrada en el dialogo, etc. Por eso piensan que las mujeres dedicarían menos dinero a comprar armas y más a la educación y a políticas sociales. En España sin ir mas lejos Pablo Iglesias habló abiertamente del ‘estilo femenino’ de hacer política, un comentario desafortunado pero con el que comulgan (no tan abiertamente) no sólo muchos hombres, sino también muchas mujeres.

Esa retórica sobre la ‘marca femenina’ en el poder se explica en parte por el estereotipo de género que identifica a la mujer como cuidadora, sea de su familia, de su equipo de trabajo o incluso de la sociedad en su conjunto. Pero también tiene otro origen: durante muchos años era muy difícil para las mujeres llegar al poder, sólo llegaban unas pocas y las que llegaban a lo más alto eran, de lejos, las más preparadas. Es algo que no se aplica sólo al genero, sino también a otras circunstancias. Por ejemplo, muchos de los grandes magnates del mundo provienen de familias de emigrantes: cuanto más difícil es para un grupo determinado de personas alcanzar el poder, más cualificados están los pocos que lo logran. Con las mujeres ha ocurrido lo mismo: las que llegaban a lo más alto tenían que pasar tales carreras de obstáculos que en el propio proceso de selección adquirían cualificaciones y habilidades excepcionales. Y una vez que llegaban a sus metas sabían que se las iba a escudriñar al milímetro, así que no se permitían ni una sola falta. Era hasta cierto punto lógico pensar que un mundo en manos de esas mujeres sería un mundo mejor gestionado.

Es evidente que la ‘marca femenina’ no existe y que en cuestiones de profesionalidad, ética, inclusividad y respeto, las diferencias de género no importan

Pero a medida que llegan más y más mujeres al poder, es evidente que la ‘marca femenina’ no existe y que en cuestiones de profesionalidad, ética, inclusividad y respeto, las diferencias de género no importan nada. La semana pasada hemos tenido tres ejemplos bien visibles: hemos visto a la deportista de élite Serena Williams perdiendo los papeles en la pista y gritándole ‘ladrón ’ al arbitro de silla; una falta de profesionalidad (que los que somos fans suyos esperamos sea temporal) similar a la de los peores momentos de John McEnroe. Hemos visto a la Ministra Carmen Montón envuelta en un caso de robo de propiedad intelectual a través del plagio; justo igual que ocurrió en el 2011 con el entonces ministro alemán de defensa Karl-Theodore Zu Guttenberg, que por cierto también tuvo que dimitir. Y también hemos visto a la Primera Ministra Theresa May, una mujer inútil donde las haya, utilizando sin remordimiento alguno técnicas políticas de la peor calaña al encargar un informe sobre las amantes y practicas sexuales de su oponente político Boris Johnson.

La igualdad de género no implica que las mujeres sean mejores que los hombres, sino que tengan las mismas oportunidades que los hombres

Entre el numero creciente de mujeres que llegan al poder hay gente estupenda, de primera fila y con unos valores admirables. Pero también hay mujeres mediocres que cuando llegan a sus cargos políticos son incapaces de poner en marcha ni una sola iniciativa interesante, mujeres ejecutivas incapaces de tomar decisiones y que no saben encajar ni una critica; mujeres en puestos no ejecutivos que no hacen ninguna aportación positiva; mujeres con poca ética personal; y mujeres que están dispuestas a todo con tal de seguir en el poder.

Parece mentira que haya que decirlo, porque es de cajón: hay mujeres fantásticas, mujeres auténticamente inútiles, y mujeres (muchas) del montón. De la misma manera que hay hombres fantásticos, hombres auténticamente inútiles y hombres (muchos) del montón. La igualdad de género no implica que las mujeres sean mejores que los hombres, sino que las mujeres tengan las mismas oportunidades que los hombres. Y el derecho de las mujeres a la igualdad de oportunidades incluye no sólo el derecho a que las mujeres que se lo merecen (las inteligentes, trabajadoras, éticas …) lleguen al poder, sino también el derecho a que las mujeres que no se lo merecen (las mediocres, inútiles y poco éticas…) también lleguen al poder. Justo igual que los muchos hombres mediocres, inútiles y poco éticos que durante tanto tiempo han llegado (y todavía siguen llegando) al poder.

En versión liberal
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