Cómo enseñar matemáticas

Las investigaciones de la Universidad de Stanford muestran que esa fase de esfuerzo y de sentirnos retados cuando no logramos entender algo es en realidad algo positivo

Foto: Foto: Unsplash.
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Normalmente, en esta columna comento las novedades políticas, pero como desde el 28 de abril la política nacional está en 'tiempo muerto', voy a aprovechar para contarles una de las cosas más interesantes que he oído en las últimas semanas a raíz de la reciente publicación del libro ‘Mente sin límites’: las investigaciones de la Universidad de Stanford sobre el aprendizaje de matemáticas.

Yo ahora vivo precisamente al lado de esa universidad, en Silicon Valley, un sitio donde se trata al conocimiento matemático y científico con auténtica reverencia pues, como son pioneros en la nueva economía de datos y de inteligencia artificial, saben que ese conocimiento es fundamental para lograr que las nuevas generaciones de nuestros países tengan prosperidad y riqueza.

Un grupo de investigadores sobre educación, neurología y matemáticas de Stanford, liderados por una británica, Jo Boaler (por cierto, ¿qué es lo que estamos haciendo mal para que europeos como Boaler sigan teniendo que irse a Estados Unidos a investigar?), ha decidido hacer un esfuerzo por divulgar a todo el mundo algo que ya se sabía en los círculos académicos de ciencia neurológica desde hace 20 años: que nuestros cerebros tienen una capacidad ilimitada desde que nacemos hasta que morimos; que cambian constantemente y crecen a través de conexiones que al principio son débiles, pero se van haciendo más solidas a medida que profundizamos en el aprendizaje, y que ninguno de nosotros nace con esas conexiones sino que las adquirimos con el tiempo. Las investigaciones de estos científicos desmantelan la idea de que hay niños ‘a los que se les dan bien’ las matemáticas y otros a los que no; y también la de que a los niños ‘se les dan mejor’ las matemáticas que a las niñas.

Pero, además, han descubierto que esas conexiones que se crean en nuestro cerebro y lo hacen crecer se producen con más intensidad cuando sentimos que tenemos dificultades para aprender algo. Es decir, que para que nuestro cerebro crezca, lo que estamos aprendiendo no nos tiene que parecer fácil, sino que nos tiene que costar. Ese concepto tan simple, que en inglés se denomina ‘struggle’, es casi revolucionario, porque implica que esa fase de esfuerzo y de sentirnos retados cuando no logramos entender algo —que a menudo nos produce ansiedad, desánimo y desesperación— es en realidad algo positivo.

Han descubierto que para que nuestro cerebro crezca, lo que estamos aprendiendo no nos tiene que parecer fácil

Lejos de pensar que si nos cuesta entender las matemáticas es porque somos menos listos o porque ‘no son para nosotros’, ese reto de aprendizaje es una fase normal en la que hay que meterse de lleno para poder aprender de verdad. Los resultados de los programas que llevan a cabo en Stanford son espectaculares: hace un par de años, invitaron a 83 alumnos de 12 a 14 años a pasar 18 días en Stanford para participar en un programa acelerado de matemáticas; todos ellos decían que no se les daban bien las matemáticas, pero en esos 18 días lograron mejorar en un 50% su conocimiento en la materia y hacer el progreso equivalente a nada menos que 2,8 años de aprendizaje matemático.

En muchos colegios de la zona, se percibe esta filosofía educativa en el día a día: a los niños no se les pide memorizar hasta la saciedad las tablas de multiplicar; y cuando a los padres nos entra la tentación de ayudarles con los deberes, nos prohíben que les hablemos de ecuaciones, para que los niños no apliquen simplemente formulas, sino que tengan que reflexionar sobre los problemas, intentándolo por varias vías y equivocándose ellos mismos hasta que den con la solución. En vez de valorar que los estudiantes de matemáticas logren encontrar la respuesta acertada lo más rápidamente posible, valoran que piensen los problemas con profundidad, despacio, que entiendan los conceptos y los métodos en vez de memorizarlos.

Los investigadores de Stanford llaman a esto valorar la ‘flexibilidad’ matemática, lo cual es esencial, porque los avances sobre inteligencia artificial implican que las máquinas ya pueden reemplazar casi completamente nuestro pensamiento racional matemático, es decir, el del cálculo y las fórmulas, por lo que nuestra ventaja competitiva con respecto a las máquinas reside precisamente en nuestra flexibilidad (aparte, claro está, de nuestra creatividad y emocionalidad). Urge empezar a adaptar nuestros sistemas educativos a lo que no pueden reemplazar las máquinas.

Se le da tanta importancia a esta área educativa que en Stanford tienen un proyecto que se llama ‘Cómo enseñar matemáticas’. Y para los que no tienen tiempo ni posibilidades de asistir a las clases, han puesto en marcha un programa de internet llamado Youcube (www.youcube.com) que es gratuito, para que tanto profesores como profesionales en sistemas educativos y padres de todo el mundo tengan acceso a sus métodos e investigaciones. Esa página web ya tiene 36 millones de visitas.

Se me ocurre que, como los responsables de educación de nuestros partidos políticos tienen ahora poco que hacer, dada la parálisis política del país, sería estupendo que dedicasen este tiempo a familiarizarse con este tipo de investigaciones y a indagar sobre los métodos que se utilizan en otros países, no simplemente analizando los famosos 'rankings' tradicionales, sino teniendo en cuenta los cambios educativos que ya está trayendo consigo la revolución tecnológica y la inteligencia artificial. A la luz de la parálisis política, puede que tengamos que conformarnos con un sistema político obsoleto, pero nuestro sistema educativo no tiene por qué serlo.

En versión liberal
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