Los consortes políticos

Los Estados Unidos lideran el mundo de la política en muchas cosas, pero no en igualdad de género: el porcentaje de mujeres que acceden al Parlamento es inferior al de Europa

Foto: Angela Merkel. (Reuters)
Angela Merkel. (Reuters)

La elección de Kamala Harris como vicepresidenta de Estados Unidos se ha celebrado como un hito de modernidad: la primera vez que una mujer (además, de raza mixta e hija de inmigrantes) logra llegar a ese puesto. Países como Alemania, India, Irlanda o el Reino Unido ya han tenido mujeres al frente del Gobierno desde hace muchos años. Pero en Estados Unidos todavía se celebra que una mujer llegue no a la presidencia, sino a la vicepresidencia.

Los Estados Unidos lideran el mundo de la política en muchas cosas, pero no en igualdad de género: el porcentaje de mujeres que acceden al Parlamento y a puestos ministeriales allí está muy por debajo del porcentaje en la mayoría de los países europeos; y también en muchos países de otros continentes: México, Sudáfrica o Etiopía, por poner algún ejemplo.

Otro ámbito en el que todavía queda mucho por hacer en Estados Unidos es en lo que respecta a las mujeres que comparten sus vidas con los políticos. Mientras que en la mayoría de los países europeos ya no se espera que las mujeres y compañeras de los políticos de primera fila dejen sus profesiones y se dediquen solamente a apoyarles a ellos, en Estados Unidos eso sigue siendo habitual. Hasta la fecha, todas las mujeres de los presidentes lo han hecho, incluidas las que son referentes del feminismo como Hillary Clinton o Michelle Obama, que autodefinió su rol como ’mom in chief’ (‘mamá jefa’). Quizás ello se debe a la enorme presión mediática que existe en la política estadounidense, que hace que las campañas se centren sobre todo en la imagen de los candidatos y sus familias.

La manifestación más irritante de esa manera de concebir las parejas es la frase '¿quién lleva los pantalones en casa?'

El que las mujeres casadas o en pareja con hombres en puestos altos dejen sus trabajos para dedicarse a apoyarles a ellos es algo que no solo ocurre en la política americana. Año tras año, se miden en detalle las estadísticas mundiales y por país sobre igualdad de género. Pero algo que todavía no se mide es la proporción de mujeres con estudios superiores y disponibilidad económica que se descuelgan voluntariamente de la cadena productiva para apoyar la carrera de sus consortes y compañeros ‘con éxito’ político, empresarial o profesional; suelen ser familias con un nivel considerable de ayuda, tanto en las labores domésticas como con respecto al cuidado de los hijos.

Es un tema difícil de tratar, porque cada persona y cada familia tienen que tener total libertad de decidir cómo gestionar su vida: si esas mujeres se pueden permitir no trabajar, son absolutamente libres de hacerlo. Pero ese concepto de que en las parejas el éxito de uno conlleva inexorablemente el sacrificio proporcional del otro es algo que actúa en detrimento de las mujeres; al ser ellas las que siguen siendo predominantemente responsables de los niños y las labores domésticas, su éxito profesional se produce (no siempre, pero sí a menudo) más tarde que el de los hombres. La manifestación más irritante de esa manera de concebir las parejas es la frase ‘¿quién lleva los pantalones en casa?’, como si el poder de uno dependiese siempre de la debilidad del otro.

Es Angela Merkel una prueba fehaciente de que se puede tener éxito en política sin tener que hacer de tu vida un circo

En política, la llegada de las mujeres a los puestos de primera fila ha hecho que se empiece a aceptar con total naturalidad que los consortes políticos sigan con sus trabajos habituales. Los maridos de Margaret Thatcher o Theresa May, por ejemplo, no dieron explicaciones a nadie sobre sus trabajos; el marido de Jacinda Ardern volvió a su trabajo de producción de programas de televisión al año de que naciera su bebé, y el de Angela Merkel es profesor de física y química teórica en una universidad alemana: no asistió a la toma de posesión de Merkel, sino que la vio por televisión desde su universidad; y cuando la reina de Inglaterra visitó Alemania y los periodistas preguntaron que por qué no estaba el marido de Merkel en su recibimiento, la contestación fue simplemente que "estaba trabajando".

En Estados Unidos, ese signo de modernidad todavía no ha calado. A poco más de una semana tras las elecciones y sin que ni siquiera ella haya tomado oficialmente posesión de su cargo, el marido de Kamala Harris ya se ha apresurado a anunciar que dejará su trabajo como abogado y se dedicará ‘plenamente’ a apoyar a Harris. Sus dos hijos son ya mayores, por lo que es de imaginar que no lo hace para cuidar de ellos, sino para preparar la carrera de Harris a la presidencia en 2024. Una carrera que, en pura tradición política americana, pivotará más sobre su imagen y la de su familia que sobre sus ideas y propuestas políticas concretas.

En la actualidad, la única persona al frente de un país democrático con un índice de aprobación popular de nada menos que el 70% no es ninguno de esos políticos que dedican cantidades ingentes de dinero y de asesores a promocionar su imagen, ni ninguno de los que tienen a sus consortes ‘plenamente’ dedicados a apoyarles a ellos. Es Angela Merkel, una prueba fehaciente de que se puede tener éxito en política sin tener que hacer de tu vida un circo. El que un político logre conseguir ese índice de aprobación tras el desgaste de 15 años en el poder, después de tomar decisiones impopulares (como hizo Merkel abriendo Alemania a los refugiados sirios) y además en plena pandemia, es algo excepcional. El que lo haga una mujer de 66 años, y sin necesidad de modificar su imagen ni la de su familia, es un hito de modernidad sin precedentes.

En versión liberal
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