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Miriam González

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Amenazas a periodistas

Es totalmente legítimo que los políticos intenten persuadir a los periodistas, que discutan y hasta que se enfaden con ellos. Lo que no es legítimo es que los políticos amenacen a la prensa

Foto: Foto: Pixabay/congerdesign.
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Los periodistas españoles a primera vista parecen libres, pero la realidad es más turbia. A los que participan en los corrillos del poder no les puede haber pillado por sorpresa la noticia de que Montoro habría presionado a medios de comunicación a través de su cargo. Las presuntas amenazas del exministro de Hacienda entran en la amplísima categoría de cosas que en España ‘se sabían’ pero de las que nadie habla.

Las inspecciones de Hacienda y los embargos no son los únicos instrumentos que se han utilizado para amenazar a la prensa. Durante el último Gobierno del PP, presuntamente se amenazó a una conocida periodista con su hipoteca. Algo que, de nuevo, ‘se sabía’ y de lo que me enteré hasta yo viviendo en el extranjero. Párense un momento a pensar lo que implica esta amenaza: que el político de turno (que ni siquiera se ocupaba de servicios financieros) creyese que podía condicionar no ya lo que hace un organismo público dependiente de él, sino lo que hace un banco, que es una entidad privada pero muy reglamentada por el poder.

Claro, que a nadie puede habernos sorprendido mucho todo esto porque es notorio que un conocidísimo editor presuntamente tuvo que irse de un periódico después de publicar una información muy comprometida para el entonces presidente del Gobierno. En ese momento era vox populi que presuntamente se hizo a través de una gran empresa y una entidad financiera. Es decir, que los políticos presuntamente utilizaron su enorme poder para condicionar el comportamiento de terceros -instrumentalizando indirectamente su control de las ayudas, contratos públicos y reglamentación- contra periódicos o periodistas concretos.

Y esto no es solo cosa del Gobierno anterior, porque a nada que uno hable con periodistas críticos con el Gobierno actual se entera de que – casualidad de casualidades- han dejado de recibir publicidad institucional y publicidad de empresas muy reglamentadas por el Gobierno. Y de que se les hacen inspecciones de Hacienda no ya a ellos, sino hasta a miembros de su familias. Es decir que, presuntamente, esos abusos de poder se estarían utilizando contra periodistas de una manera relativamente abierta.

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En un colectivo en el que la libertad es tan sumamente importante, sería de esperar que todos los medios y periodistas reaccionasen en contra de cualquiera que ponga en tela de juicio esa libertad, sea del partido que sea, protegiéndose mutuamente. Pero eso no ocurre. Puede más la rivalidad y la división ideológica entre los medios que el corporativismo. Quizás todos – y especialmente los que son periodistas- deberíamos dejar de ver esto desde la barrera y arrimar más el hombro. La única manera de parar los abusos de poder es poner la necesidad de limpieza y de acabar con los abusos por encima de rivalidades e ideologías.

Esta semana hemos tenido también un ejemplo clarísimo de coacción a periodistas del Wall Street Journal (WSJ) por parte de Trump en Estados Unidos. Por suerte, las amenazas del presidente americano no han impedido que el WSJ publique una exclusiva sobre la tarjeta de felicitación que Trump le mandó a Jeffrey Epstein por su 50 cumpleaños, forzando a que se abra la documentación judicial sobre Epstein que Trump quería evitar a toda costa. El procedimiento judicial que ha iniciado Trump por valor de 10.000 millones de dólares intimidaría a cualquiera.

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En aras de la transparencia, la editora del Wall Street Journal, Emma Tucker, es amiga. La he visto evolucionar desde que era una jovencita batiéndose el cobre en el Financial Times en Bruselas hasta convertirse en esa enorme referente del periodismo mundial que es ahora. Como la conozco, sé que no se va a arredrar frente a las amenazas. Como también sé que no va a consentir que esas amenazas desplacen a su periódico de su espacio ideológico natural. Ni que sus periodistas pierdan objetividad sobre decisiones futuras de Trump o de la oposición demócrata. El poder político abusador no solo vence cuando consigue que no se publiquen noticias. También vence cuando la reacción a las amenazas desplaza a los medios de su espacio ideológico. O cuando consigue que los medios pierdan objetividad sobre los que están en el poder o sus adversarios políticos.

Los periodistas españoles a primera vista parecen libres, pero la realidad es más turbia. A los que participan en los corrillos del poder no les puede haber pillado por sorpresa la noticia de que Montoro habría presionado a medios de comunicación a través de su cargo. Las presuntas amenazas del exministro de Hacienda entran en la amplísima categoría de cosas que en España ‘se sabían’ pero de las que nadie habla.

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