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La culpa no es de Ursula
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Miriam González

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La culpa no es de Ursula

La falta de unidad entre líderes europeos agrava la crisis interna y amenaza el futuro económico y social del continente, mientras aumentan los desafíos externos y la presión internacional

Foto: La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. (EFE/EPA/Jessica Lee)
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. (EFE/EPA/Jessica Lee)
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A la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, le están lloviendo las críticas por el acuerdo de aranceles que ha cerrado con Donald Trump. Gobernantes tan dispares como Orbán y Bayrou, el primer ministro francés, se le han puesto en contra. No seré yo quien defienda a una presidenta cuyo mandato nunca tuvo que haberse renovado. Pero estaría bien que los Estados miembros se dejasen de hipocresías: nadie que sepa un poco de la Unión Europea puede dudar de que la Comisión nunca habría podido cerrar este acuerdo sin la bendición explícita y concreta de todos y cada uno de los gobiernos de los Estados miembros.

El acuerdo con Trump es humillante, tanto en la substancia como en la coreografía. Pero no es porque Von der Leyen y la Comisión hayan hecho mal las cosas. Es porque los gobiernos de los Estados miembros son incapaces de ponerse de acuerdo en nada. Bruselas está sofocada por los desacuerdos sobre Trump y Putin y por las guerras culturales sobre medio ambiente e inmigración. Conviene recordar que la política comercial siempre ha sido la joya de la corona de Europa. Si ya ni siquiera logramos ponernos de acuerdo en comercio, ¿qué esperanza hay de que lo hagamos en otras áreas?

La situación en Bruselas es muchísimo peor de lo que parece. Y no solo por el efecto de la muy preocupante ola de extrema derecha que está invadiendo la mayoría de los países europeos. Ninguno de los cinco grandes Estados miembros lidera. Los dos más grandes no se ponen de acuerdo. Y los tres siguientes (incluida España) son euro-dependientes. Nadie quiere ponerle el cascabel al gato, pero el mercado interior (el gran proyecto europeo de los últimos treinta años) ha fracasado: el mercado interior digital no existe y el analógico sigue lleno de barreras. Sabemos lo que tenemos que hacer para salvar ese mercado, pero no tenemos la energía política para hacerlo. Nos estamos convirtiendo en la crónica de una muerte anunciada, perdiendo poder a pasos agigantados sin que prácticamente nadie, excepto Macron (al que se le da mejor la estrategia que la ejecución), reaccione.

El drama es que la Unión Europea es ahora más necesaria que nunca. Incluso cuando se formó, Europa contaba con la red de seguridad de los Estados Unidos. Pero ahora estamos solos, rodeados de potencias enormes y además crecientes, todas con mayor o menor grado de hostilidad hacia nosotros. Y encima nos pilla en un momento de enorme cambio económico que nos está dejando de lado y al que sabemos que no nos podemos enganchar si estamos fragmentados.

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De todas las cosas terribles que están ocurriendo en el mundo, la más trascendental para nosotros es el colapso de la Unión Europea. El acuerdo arancelario con Trump es solo una primera humillación. Veremos más, no solo por parte de los Estados Unidos. Y habrá que rezar para que las humillaciones se limiten al ámbito comercial y no en áreas que pongan en peligro la seguridad física de los europeos. Pero no se trata solo de geopolítica o política comercial, se trata de las cosas del día a día: si Europa falla, nuestra economía fallará. Y si la red de seguridad económica que nos proporciona Europa se desmantela, nuestro estado de bienestar será insostenible.

Es decepcionante que, ante ese gravísimo horizonte, los Gobiernos europeos no encuentren la manera de avanzar dejando de lado los desacuerdos. Pero desde la crisis del 2008 tenemos los políticos que tenemos (no solo en España) y no se le pueden pedir peras al olmo. Ahora, es incomprensible que ni empresas ni ciudadanos europeos estén reaccionando, clamando en favor de acuerdos, pidiendo que se dejen de lado las minucias culturales y exigiendo que se resucite el mercado interior de forma urgente, cueste lo que cueste.

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Las décadas en las que Europa podía vivir de la benevolencia de los demás y de las rentas del pasado se han terminado. Como también se han terminado los años en los que la construcción europea era cosa de ‘la elite’. La supervivencia de la Unión es importante para todos, especialmente para los que menos tienen, que son los que siempre pagan el pato por las decisiones equivocadas de todos los demás.

Las críticas facilonas a Von der Leyen sobran. Lo que se necesita es arrimar el hombro para evitar más humillaciones y asegurar nuestra prosperidad. Hay que volver a trabajarse el proyecto europeo y convertirlo en una prioridad nacional.

A la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, le están lloviendo las críticas por el acuerdo de aranceles que ha cerrado con Donald Trump. Gobernantes tan dispares como Orbán y Bayrou, el primer ministro francés, se le han puesto en contra. No seré yo quien defienda a una presidenta cuyo mandato nunca tuvo que haberse renovado. Pero estaría bien que los Estados miembros se dejasen de hipocresías: nadie que sepa un poco de la Unión Europea puede dudar de que la Comisión nunca habría podido cerrar este acuerdo sin la bendición explícita y concreta de todos y cada uno de los gobiernos de los Estados miembros.

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