De la tragedia de la DANA quedan muchas imágenes impactantes. Pero falta una que hubiese sido durísima para las familias y también para la sociedad: la imagen de los ataúdes.
Si las autoridades políticas hubieran tenido que ir a un pabellón público en Valencia con hileras de 229 ataúdes, quizás se habrían dado cuenta de que los que murieron no eran números ni nombres, eran personas. Y quizás, solo quizás, no habrían tenido la falta de respeto de presentarse un año después ante las familias de los fallecidos sin haber iniciado sus deberes más básicos ni tener intención de hacerlos.
El que a doce meses de la tragedia Pedro Sánchez siga refugiándose en la división formal de competencias, y Mazón siga en su puesto apuntalado por Feijóo y Abascal, ejemplifica algo que ya sabemos todos: que nuestro sistema políticono tiene suficientes mecanismos de rendición de cuentas.
Pero aparte de las responsabilidades, hay muchos asuntos de enjundia que los políticos - tanto del gobierno como de la oposición- ni siquiera han empezado a tocar, como los siguientes:
Si el sistema de cooperación en emergencias entre la Comunidad Autónoma y el Estado no funcionó y todos pudimos ver en tiempo real cómo las decisiones equivocadas y omisiones se cobraban vidas ¿cómo hay que modificar ese procedimiento de emergencias para que ante una situación similar no vuelva a ocurrir lo mismo?. ¿Qué salvaguardias adicionales hay que introducir?. ¿Y por qué no se ha iniciado una reflexión en sesiones abiertas con las familias de las víctimas para modificar los protocolos con lo mucho o poco que hemos podido aprender de esa terrible tragedia?
Si las ayudas han vuelto a llegar demasiado tarde, ¿qué medidas se van a tomar de ahora en adelante para cortar esos retrasos?. Si en Estados Unidos Biden cortó en un solo año 20 millones de horas de cargas administrativas en el acceso a las ayudas de emergencias con auditorías de barreras, ¿por qué eso no se puede hacer en España?.
¿Es cierto, como ha dicho repetidas veces la Generalitat, que el consorcio de seguros no ha respondido con suficiente celeridad? . Y si lo es ¿qué se va a hacer para agilizar la respuesta en el futuro? Todos los españoles pagan un recargo en sus pólizas para cubrir los seguros en este tipo de emergencias y las aseguradoras reciben un 5% del importe de las indemnizaciones por gestionarlo. ¿Se puede o debe hacer el importe que reciben condicional a una gestión más rápida?
Si hace un año descubrimos que al mando de emergencias se ha nombrado - tanto a nivel estatal como en muchas autonomías- a gente que no tiene la formación adecuada para gestionar una emergencia ¿por qué todavía no se les ha reemplazado?. ¿Qué tiene que ocurrir para no haya ni una sola persona sin preparación en emergencias con responsabilidad de gestionarlas en ninguna de las administraciones de nuestro país?
¿Por qué en la zona afectada hay todavía colegios públicos en barracones (más de 3000 niños en ocho centros) cuando en otras zona de Valencia el sector privado ha logrado construir colegios públicos en menos de diez meses desde que recibieron la correspondiente licencia?.¿Qué explica la abismal diferencia entre la capacidad de reacción del sector público y el sector privado en materia de reconstrucción de infraestructura pública?. ¿Qué nuevas modificaciones legislativas, procedimentales o de gestión hay que poner en marcha para agilizar los procedimientos en la reconstrucción pública de zonas de emergencia?. O en su defecto, ¿vamos a ceder más terreno en la reconstrucción pública a las empresas privadas?
Ni un solo político ha planteado estas preguntas u otras similares para reformar el sistema de emergencias, ayudas y reconstrucción. Y por supuesto no han presentado propuestas. La respuesta de nuestros políticos ha sido la de siempre: la monumental desidia.
El que en el acto conmemorativo de la semana pasada ni un solo político fuese allí con los deberes hechos es una falta de respeto hacia las familias de las víctimas, hacia la sociedad, y sobre todo hacia los 237 muertos.
De la tragedia de la DANA quedan muchas imágenes impactantes. Pero falta una que hubiese sido durísima para las familias y también para la sociedad: la imagen de los ataúdes.