Le oigo decir a Ayuso que no va a contribuir al linchamiento de nuestro cantante más universal. Uno no tendría que ser universal ni cantante para no ser linchado. Todo el mundo, cantante o no, tiene derecho a la presunción de inocencia. Lo cual no impide que la gente pueda opinar sobre todo lo que ha hecho cada uno en público y sobre las manifestaciones que hacen - en público- los que dicen ser sus ‘amigos’.
Le pregunto a ‘Chatgepeté’ si es verdad eso de que Julio Iglesias es nuestro cantante más universal y si no lo es Rosalía.
Me contesta que es difícil compararlos porque no compiten en el mismo terreno - él competía con discos, ella con streaming. Añade que, a pesar del muy diferente horizonte temporal en lo que respecta a la música, ambos representan cimas distintas del éxito español.
Julio y Rosalía no representan cimas distintas, representan dos Españas distintas. Dos Españas que no están separadas por el tiempo, sino que coexisten. Y que no son ya las dos Españas de Antonio Machado: las de un país cortado en vertical - la España de la derecha y la de la izquierda-, que esas siguen helando el corazón y sobre todo atronando los oídos. Son dos Españas en corte horizontal, superpuestas una encima de la otra, como un pastel de dos pisos.
Está la España de Julio, la que es y la que era, la de las reglas convencionales, la de 'cada cosa en su sitio'. La España de apariencia inmaculada, la que lava los platos en casa. La que se siente cómoda rodeada de estereotipos. La España de la atalaya, aferrada a la nostalgia del pasado casi más que a la tortilla. La que se resiste al cambio. La España que se ha vuelto defensiva.
Y la España de Rosalía, la que podría ser, que todavía no es, pero que sin duda será, porque al tiempo no lo para nadie. La España disruptiva, segura de sí misma. La que se pasa las reglas por el arco de triunfo. La que reconoce los fallos con una humildad que desarma. La que abraza al pasado no por nostalgia, sino porque es el trampolín para su futuro. La España que no quiere ser objeto de adoración mundial, sino un agente de transformación global. La que mira de frente al cambio.
Déjenme que me corrija. Porque quizás, a causa de haber estado muchos meses teniendo que entretener a muchos Julios y Julias (compensados por bastantes Rosalías) para poder abrir un espacio en ese ámbito tan inhóspito e inamovible que es la política española, puede que se me haya empezado a olvidar que todo país es una suma de voluntades y responsabilidades individuales, no solo un colectivo.
Por lo que rezo no es para que mis hijos, tres varones, tengan la suerte de ver su futuro en la España de Rosalía, es para que ellos sientan la responsabilidad de contribuir al país como Rosalía. Para que no quieran ir por el mundo, ¡hey!, presumiendo por ahí. Para que no aspiren a refugiarse en el Caribe, sino a correr por la Gran Vía. Y para que entiendan que el poder sirve para transformar, que cambiar una sola regla, una sola -en el espacio que sea- es mucho más impresionante que toda la admiración y que todo el dinero.
La España de los ‘perfectos caballeros’. Y la de las audaces.
La España del siglo XX. Y la de este siglo.
Le oigo decir a Ayuso que no va a contribuir al linchamiento de nuestro cantante más universal. Uno no tendría que ser universal ni cantante para no ser linchado. Todo el mundo, cantante o no, tiene derecho a la presunción de inocencia. Lo cual no impide que la gente pueda opinar sobre todo lo que ha hecho cada uno en público y sobre las manifestaciones que hacen - en público- los que dicen ser sus ‘amigos’.