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El mitin de Conchita
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José Antonio Zarzalejos

Europa 2014-2019

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El mitin de Conchita

Ganase el festival de Eurovisión por la canción o lo hiciera por razones reivindicativas que hicieron mella en el jurado y los espectadores, lo cierto es

Foto: Conchita Wurst, ganadora en Eurovisión. (EFE)
Conchita Wurst, ganadora en Eurovisión. (EFE)

Ganase el festival de Eurovisión por la canción o lo hiciera por razones reivindicativas que hicieron mella en el jurado y los espectadores, lo cierto es que la transformista y barbuda Conchita Wurst, representante de Austria, ofreció en Copenhague el más multitudinario de los mítines. El único que ha alcanzado una repercusión casi planetaria. Conchita (¿de dónde le vendrá este nombre a Wurst?) se despachó a gusto con Vladimir Putin y no como otros que tenían más obligación de hacerlo que ella. Reprochó urbi et orbi la homofobia oficial del régimen ruso que castiga con multas y sanciones diversas la exteriorización homosexual y transexual.

Mientras la transformista barbuda era aplaudida por un público enfervorecido –no tanto como nuestra Ruth Lorenzo, que se creyó la perfección de las perfecciones pese a quedar en una discreta décima plaza–, los portavoces rusos, cabreados como monas por los abucheos cada vez que un jurado puntuaba la canción de sus representantes, auguraron poco menos que un apocalipsis para la vieja Europa. O sea, desde las estepas se calcula que Conchita es como el preludio de la caída del Imperio Romano. Un macho alfa como Putin, el gran guía, es incompatible con la mixtificación de una Conchita que se siente mujer, es morfológicamente hombre, pero intelectualmente una lideresa.

Si hay que elegir entre Herman Van Rompuy y la Wurst, es muy de temer que el belga saldría un tanto malparado. Porque Conchita y su mitin han dado una cierta medida del hartazgo y una cierta sensación del aburrimiento que provoca una viejísima Europa

Mientras la Unión Europea –cuyos órganos de Gobierno votaremos (quien vote) el próximo día 25– ha sido incapaz de poner los puntos sobres las íes al Gobierno ruso, un festival bastante friki, repleto de personajes excéntricos, liderados todos ellos por Conchita Wurst –la nueva Sissi emperatriz vienesa– se ha convertido en una especie de foro que ha puesto voz de protesta a la homofobia de Moscú y a su injerencia en Ucrania. Algunos rusos han abogado por reflexionar (es el caso de Filipp Kirkorov, productor de las representantes rusas) reconociendo que Conchita ha hecho “triunfar una forma de protesta”, pero otros, como el ucranio prorruso Varshavski, gobernador de Járkov, ha echado pestes: “O estamos con Moscú o estamos con Conchita”.

Ganase el festival de Eurovisión por la canción o lo hiciera por razones reivindicativas que hicieron mella en el jurado y los espectadores, lo cierto es que la transformista y barbuda Conchita Wurst, representante de Austria, ofreció en Copenhague el más multitudinario de los mítines. El único que ha alcanzado una repercusión casi planetaria. Conchita (¿de dónde le vendrá este nombre a Wurst?) se despachó a gusto con Vladimir Putin y no como otros que tenían más obligación de hacerlo que ella. Reprochó urbi et orbi la homofobia oficial del régimen ruso que castiga con multas y sanciones diversas la exteriorización homosexual y transexual.

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