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En una entrevista, Federico Fellini dijo: "Últimamente no viajo; sólo sufro ataques de desplazamiento". La frase llamó la atención del filósofo francés Paul Virilio

Foto: Estación de Stuttgart. (Efe)
Estación de Stuttgart. (Efe)

Hace ya unos cuantos años, en el transcurso de una entrevista periodística el director de cine italiano Federico Fellini dejó caer unas palabras que con el tiempo se han revelado como mucho más que una mera respuesta brillante: "Últimamente no viajo; sólo sufro ataques de desplazamiento", declaró. La frase llamó en su momento la atención del filósofo francés Paul Virilio, quien destacó el hecho de que nos hayamos convertido en adictos de la excitación que produce la inminencia de la partida, de la energía que nos domina y nos posee intensamente cuando nos ponemos en marcha, pero que termina siendo ajena al destino al que nos dirigimos. También podía haberla interpretado en el sentido de que los viajes -incluso a los lugares más exóticos- apenas suponen ninguna novedad en las costumbres de un cierto tipo de viajeros, cada vez más proclives a viajar en la campana de cristal del crucero, o a contratar desde su lugar habitual de residencia el hotel de la cadena internacional de la que son huéspedes habituales.

Pero a tales interpretaciones, que no han caducado en absoluto, probablemente pudiéramos añadirle otra más, puesta de actualidad por el extraordinario desarrollo de las tecnologías de la comunicación. Los pasajeros que, nada más aterrizar tras un vuelo transoceánico y, todavía en la cola del control de pasaportes, telefonean inmediatamente desde su móvil a las personas de las que pocas horas antes se acaban de despedir en el aeropuerto de origen están expresando mucho más que su deferente interés en informarles de que han llegado bien. En el fondo, tales llamadas pretenden reafirmar, a pesar de la lejanía, los vínculos imaginarios que mantienen con el mundo que han dejado atrás. Vínculos que se reactivan en cuanto esos mismos viajeros llegan a su hotel, donde muy probablemente sintonicen un canal de televisión del país del que proceden, y, sobre todo, entren en internet, que pulveriza toda distancia y permite a cualquiera mantenerse informado y conectado igual que lo haría si no se hubiera movido de casa.

Ya nos lo había advertido Huyssen: el desarrollo tecnológico ha hecho que el espacio mengüe de manera vertiginosa y que el tiempo prácticamente se volatiliceEsta nueva situación provoca que, en un cierto sentido, haya caducado aquella brillante afirmación que solía hacer Gabriel García Márquez según la cual en los viajes aéreos largos primero llega a destino el cuerpo y, días después, lo hace el alma. Habría que empezar a contemplar seriamente la posibilidad de que la situación haya cambiado de manera radical al respecto. Y no porque ahora el alma ya no se separe en ningún momento del cuerpo, sino, al contrario, porque en realidad en muchos casos aquélla ni tan siquiera emprenda el viaje nunca y, en consecuencia, nunca llegue de verdad al lugar al que el cuerpo del viajero se ha desplazado.

Ya nos lo había advertido, entre otros muchos, el pensador alemán afincado en Estados Unidos Andreas Huyssen en su libro En busca del futuro perdido: el desarrollo tecnológico ha hecho que el espacio mengüe de manera vertiginosa ("eso no son distancias", comentamos hoy, displicentes, para referirnos a lo que hace no tanto nos sonaba a muy remoto) y que el tiempo prácticamente se volatilice (como deja clara, haciendo referencia a las comunicaciones, la expresión "tiempo real", que de hecho designa la instantaneidad, esto es, la ausencia de tiempo). La prueba más palpable de lo que decimos la constituye el dato de que hoy en día ya nadie, al regreso de un viaje, por largo que sea, pregunta por las novedades que en su ausencia se han producido en el espacio público. Es lógico: nada más fácil que permanecer por completo al tanto de todas ellas.

Una consecuencia de tales transformaciones, en especial relevante desde el punto de vista político-cultural, es que no tiene sentido confiar, como les sucedía a algunos de nuestros venerables ilustrados, en que determinadas patologías del espíritu (ciertos ismos, en la cabeza de todos) se vayan a curar viajando, fundamentalmente porque los viajes han dejado de ser lo que eran, en la medida en que ya no ponen a prueba nuestros esquemas mentales como lo hacían antaño.

Una consecuencia de tales transformaciones, en especial relevante desde el punto de vista político-cultural, es que no tiene sentido confiar en que determinadas patologías del espíritu (ciertos 'ismos', en la cabeza de todos) se vayan a curar viajandoNo estoy seguro de que esta situación quede adecuadamente descrita por recurso a la expresión glocal -de bienintencionada voluntad sintetizadora, eso sin duda- que en su momento hizo fortuna. Más bien tiendo a pensar que en determinados aspectos, de los que los señalados anteriormente podrían representar una buena muestra, lo local parece ir ganándole la batalla a lo global. O la perspectiva particular a la universal, si se prefiere formular la misma idea con un lenguaje filosófico clásico. 

Algo parecido, en esta misma onda, señalaba en su libro República 2.0. el jurista norteamericano Cass Sunstein. Constataba allí cómo el empleo masivo de las tecnologías de la comunicación, que, sobre el papel, debería haber propiciado la aparición de una nueva plaza pública global/universal, donde las diferentes corrientes y puntos de vista políticos encontrasen acomodo y cauce para un debate enriquecedor y fecundo, había terminado por generar el efecto opuesto, que el autor denominaba, en formulación ciertamente brillante, ciberbalcanización. En efecto, para lo que en realidad ahora están sirviendo dichas tecnologías es para que los particularistas del más variado pelaje se encierren en su respectiva comunidad virtual de idénticos, blindada frente a cualquier contaminación de ideas externas y dedicada en exclusiva a reforzarse en su autocomplaciente narcisismo. No estoy pensando en nadie en concreto, se lo aseguro.

Filósofo de Guardia
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