Las trampas de la ejemplaridad
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Manuel Cruz

Filósofo de Guardia

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Las trampas de la ejemplaridad

El concepto de ejemplaridad ha calado en la política y se revela como exigible por los ciudadanos. La derecha, ahora, aplica a los nuevos políticos este rodillo que ella ha padecido hasta ahora

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Ilustración: Javier Aguilar

Una de las propuestas supuestamente regeneradoras de la vida pública que más notoriedad ha alcanzado en los últimos tiempos es la exigencia de ejemplaridad. A poco que se piense, dicha notoriedad no tiene nada de extraña ni, menos aún, de contradictoria, aunque, eso sí, a menudo su empleo tropiece con algunos obstáculos. Por lo pronto, lo primero que hay que señalar al respecto es la dificultad que conlleva la utilización de dicho concepto en sociedades plurales como las nuestras, en las que precisamente uno de sus mayores problemas consiste en acordar un modelo de vida susceptible de ser compartido por todos. Expresado de una forma extremadamente resumida: en muy diversas situaciones (desde las cotidianas hasta las más trascendentales), lo que para unos resulta ejemplar, otros lo pueden considerar abiertamente criticable.

Pero, intentando ser algo concretos, se impone constatar que en nuestra sociedad la exigencia de ejemplaridad se les plantea fundamentalmente (por no decir en exclusiva) a los representantes políticos y como mucho, por extensión, a personajes famosos. A nadie parece ocurrírsele que se les pueda reclamar también a personas ajenas a la esfera pública, por más influyentes que puedan ser sobre aspectos determinantes de la sociedad y, en consecuencia, sobre la vida de muchas personas. Y así, que una administración pueda haber firmado un contrato con una empresa privada aceptando condiciones leoninas provoca que el responsable político correspondiente sea objeto de los mayores reproches, mientras que el empresario beneficiado acostumbra a ser tratado con toda consideración, entre otras cosas porque se supone que a él no le afecta el deber (ni siquiera la recomendación) de ser ejemplar.

Importa subrayar que si esta desigual valoración resulta posible es porque el concepto mismo la autoriza, esto es, porque la ejemplaridad se dice de muchas maneras, en función de las diferentes cualidades que se valoran en cada cual, de acuerdo con su actividad. De ahí que no tenga nada de raro que alguien pueda entender que ese empresario que ha sido capaz de alcanzar un acuerdo con la administración extremadamente favorable para sus intereses particulares es modélico en lo suyo (el enriquecimiento) y, por tanto, ejemplar en ese específico sentido.

Pero más aún que la causa que autoriza un cierto empleo de la ejemplaridad importa el efecto producido por él. Y es que, de acuerdo con todo lo anterior, tanto las reglas del juego como la cancha en la que éste se desarrolla, habrían quedado fijadas de manera concluyente. Se verían sometidos al escrutinio público y, por tanto, resultarían susceptibles de recibir todo tipo de críticas, o incluso el reproche social generalizado, aquéllos que hubieran subido al escenario donde se despliega el espectáculo de la política, quedando al margen y, por tanto, a salvo de cualquier censura pública todos los demás (por más poderosos que pudieran ser en otros planos).

Lo recién planteado nos deja en condiciones de añadir que la notoriedad (por no decir directamente el éxito) alcanzada por la noción de ejemplaridad no solo es que no tenga nada de extraño, ni de contradictorio, como empezamos comentando, sino que, mucho más aún, resulta absolutamente funcional a la situación que nos ha tocado vivir. La aproximación al detalle de las determinaciones de la categoría muestra esto bien a las claras. Repárese, en primer lugar, en el hecho de que al hablar de la misma resulta prácticamente imposible la cuantificación. A diferencia de la responsabilidad, que se pondera por su relación con el daño causado, la referencia de la ejemplaridad es un valor, cumplido o incumplido.

Cuando decimos de alguien que no ha tenido un comportamiento ejemplar porque, pongamos por caso, ha engañado a quienes confiaban en él, es el hecho mismo de engañar lo que descalifica al individuo en cuestión, no la magnitud o la cuantía de aquello que, pongamos por caso, ocultó. Probablemente sea eso lo que permita activar el mecanismo de descalificación a las primeras de cambio. La conducta del expresidente de los USA, Clinton, fue valorada por él mismo como poco ejemplar por un episodio de sexo consentido. ¿Cómo aquilatar la importancia o trascendencia del episodio? El puente argumentativo que permitía conectarlo con otros episodios, de dimensión infinitamente superior, invocaba en el fondo al dispositivo de la ejemplaridad, en este caso negativa, esto es, del mal ejemplo dado por incumplir un valor, el de la sinceridad. Y así, se podía decir: quien engaña a su mujer engañará también al pueblo americano, o a la humanidad por entero.

¿Por qué la naturaleza del concepto prefigura un cierto uso del mismo? Porque le subyace un específico subjetivismo, que vincula el ejemplo con el sujeto y no con sus actos (los actos son solo expresión, indicio o manifestación de un determinado yo). Si se acepta la premisa, esto es, si se desvincula del acto, puede darse entonces el caso, como ha ocurrido con personas que han irrumpido repentinamente en el escenario de la política en los últimos tiempos, que la exigencia de ejemplaridad se les aplique con efectos retroactivos al momento en el que dichas personas aún no tenían visibilidad pública, ni tan siquiera responsabilidad política efectiva alguna como para exigirles ejemplaridad. Repárese en que no se trataría entonces de estar reclamando ejemplaridad al responsable político en el ejercicio de su función sino ejemplaridad tout court, lo que implicaría introducir en el planteamiento una carga de exigencia moral individual no justificada solo en los argumentos relacionados con lo público.

La derecha está encantada de poder utilizar, ella también, la misma estrategia de exigencia de ejemplaridad que le tocó padecer hasta ahora

El espectáculo de la política queda recubierto, de esta manera, de una aparente pátina moral. El público puede exigir a los actores una ejemplaridad a la que en modo alguno él mismo está obligado. O incluso más: de la que se considera por completo exento (ya que la obligación de la ejemplaridad deriva de la posición pública). En realidad, no se trata de que a los espectadores les preocupe en especial la coherencia u otros valores análogos: es que se utiliza como uno de los criterios fundamentales para juzgar la calidad del espectáculo. ¿Qué otro criterio más vistoso podría haber que el de la pureza de los protagonistas de la representación? Pero ni la pátina moral tiene que ver propiamente con la moralidad, ni lo que en muchos casos adopta la forma de un auténtico bullyingejemplarizante tiene que ver con el rigor de la crítica o con la sincera exigencia de virtud.

Veamos, si no, para finalizar (aterrizando sobre lo real), lo ocurrido entre nosotros en los últimos tiempos. Los representantes de la supuesta nueva política creyeron encontrar en la reivindicación de ejemplaridad un filón para descalificar, con efectos abrasivos, a la práctica totalidad de la clase política precedente, en el convencimiento de que el hecho de no haber formado parte de la misma les ponía a salvo de quedar en evidencia en caso de ser objeto de la misma exigencia. Craso error. En la lógica de la ejemplaridad, el más pequeño detalle ya cuenta (y cuenta casi lo mismo que el más grande). El "Tamayazo en diferido", como se dio en denominar la escandalera generada alrededor del lamentable tuit del concejal del Ayuntamiento de Madrid Guillermo Zapata, es la última prueba, hasta el momento, de que la derecha está encantada de poder utilizar, ella también, la misma estrategia de exigencia de ejemplaridad (para descalificar al adversario, obviamente) que a ella le tocó padecer hasta ahora, y no parece dispuesta a soltar ese sabroso hueso. Tal vez eso constituya un buen indicio de las trampas que esconde la banal exigencia de ejemplaridad, tan generalizada desde hace un tiempo.

Política Guillermo Zapata