Votar compromete, pero poco (o cada cual interpreta su voto como quiere)

Empieza a ser habitual entre las formaciones emergentes que sus dirigentes convoquen alguna variante de referéndum interno en el que ellos mismos se abstengan de manifestar su opción

Foto: Ilustración: Javier Aguilart
Ilustración: Javier Aguilart

Empecemos con un paralelismo, por lo demás bien notorio: Podemos es a los indignados lo que Artur Mas al independentismo. Tanto éste como aquéllos decidieron subirse en lo más alto de una ola que se había generado sin su concurso, pero tuvieron la astucia (cualidad reivindicada abiertamente en el caso del líder de CDC) de presentarse como los jinetes que la cabalgaban. Es probable que la ola de uno acaba estrellándose contra el acantilado del fracaso político (en dos semanas lo sabremos), mientras que la de los otros termine deshaciéndose, plácidamente, en las cálidas playas de un grupo parlamentario de tamaño medio en el Congreso de los Diputados (en tres meses saldremos de dudas).

Pero no es a este paralelismo, al que yo mismo hice referencia en un artículo publicado en El País el pasado lunes ("Estos otros tampoco nos representan"), al que quería referirme a continuación. Hay otro paralelismo, íntimamente ligado al que acabo de señalar, acerca del cual tal vez valdría la pena plantear alguna consideración. Me refiero al hecho, ciertamente llamativo, de que la insistencia de algunos, en ambas formaciones, en la necesidad de que sean los ciudadanos los que finalmente decidan en las urnas suele ser presentada de tal manera que, finalmente, en modo alguno sirve para la clarificación de la cuestión que se pretendía resolver sino que, por el contrario, deja por completo abierta la interpretación de aquella decisión. Así, se recordará que, nada casualmente, los dos candidatos entre los que al final se dirimió la alcaldía de Barcelona, coincidieron en el sentido de su voto el 9-N. Ambos votaron SÍ-SÍ... pero ambos se sintieron obligados a aclarar que no eran independentistas. Curiosa coincidencia, tanto en el sentido del voto, como en la presunta explicación del mismo.

Los colores de la bandera catalana, en la fachada del Palau de la Generalitat. (Reuters)
Los colores de la bandera catalana, en la fachada del Palau de la Generalitat. (Reuters)

En efecto, para justificar esta llamativa disonancia entre convicciones políticas y voto efectivo planteaban argumentos de una más que dudosa consistencia. Porque afirmar cosas tales como que fue "la prepotencia y la arrogancia del PP" la que hizo que alguien que no se considera ni nacionalista ni independentista votara independencia el 9-N tiene la misma consistencia argumentativa que si una persona que se reclama de izquierdas afirmara que, aunque no es ni de derechas, ni neoliberal, ni españolista, ni católico, ni cosa parecida, votó a Rajoy para castigar a Zapatero por su desafortunada gestión de la crisis. Las risas de quienes realmente están en la izquierda se iban a oír hasta en Honolulú.

Me ha interesado destacar la coincidencia en este punto entre dos personajes políticos en apariencia en las antípodas porque resulta revelador de que, en efecto y por desgracia, este tipo de actitudes y comentarios empiezan a resultar extremadamente frecuentes entre nosotros. Podríamos no concederle particular importancia al asunto e interpretarlo como un episodio de la rampante banalidad que parece asolar todos los ámbitos de nuestra vida, tanto colectiva como individual. Pero tan benévola interpretación sería, ella misma, de todo punto banal. En primer lugar porque cuando tales actitudes y comentarios los protagonizan destacados representantes políticos no cabe rebajar su importancia. Pero, en segundo, y sobre todo, porque el hecho de que semejantes recursos argumentativos sean aceptados en nuestra sociedad con creciente normalidad, esto es, sin provocar una generalizada reacción de rechazo, resulta un indicador decididamente preocupante.

Cuando Colau anunció que optaba por no participar el 11-S se apresuró a avisar de que algunos de sus concejales irían a título personal

En tales momentos se revela la función que cumple esa apelación a la transversalidad, cada día en aumento, por parte de bastantes formaciones políticas, tanto clásicas (Convergencia es una veteranísima en dicha apelación) como de nuevo cuño: la de que sus líderes rehuyan permanente definirse en los asuntos más delicados acogiéndose a que en el seno del grupo "conviven muy diversas sensibilidades". Tuvimos un ejemplo bien próximo con ocasión de la Diada del presente año. En el mismo momento en el que Colau anunció que había optado por no participar el 11-S en la Meridiana al considerar que la convocatoria de la Asamblea Nacional Catalana tenía un trasfondo electoral por la cercanía con los comicios del 27 de septiembre, se apresuró a avisar de que algunos de sus 10 concejales de Barcelona en Comú, "en tanto que formación plural en la que hay independentistas y gente que no lo es", participarían a título personal en la manifestación. Así fue, en efecto, y nada menos que el primer teniente de alcalde anunció (¿se anuncia a la prensa lo que uno hace a título personal?) que acudiría, haciendo suyas unas palabras extremadamente parecidas a las antes citadas de la alcaldesa: "si no hay presión en la calle, la prepotencia del PP no cesará y el derecho a decidir no será respetado".

Puede ocurrir, desde luego, que esta estrategia de la ambigüedad tropiece con dificultades. Así, cuando la presunta convivencia entre sensibilidades diversas resulta insostenible para el grupo (porque, por ejemplo, las circunstancias obligan a adoptar públicamente una posición inequívoca) empieza a convertirse en habitual entre las formaciones emergentes que sus dirigentes convoquen alguna variante de referéndum interno en el que los convocantes, se supone que para mantener el delicado equilibrio entre corrientes, se abstengan de manifestar su opción.

Artur Mas y Ada Colau, en su primera reunión tras la toma de posesión de la alcaldesa de Barcelona. (EFE)
Artur Mas y Ada Colau, en su primera reunión tras la toma de posesión de la alcaldesa de Barcelona. (EFE)

También puede suceder que desde fuera de la propia organización se les reclame un claro posicionamiento sobre ese asunto conflictivo (en Cataluña, obviamente, el asunto conflictivo por excelencia es el de la independencia) y que, por ejemplo, los medios de comunicación insten a dichos dirigentes a definirse públicamente. Es en ese momento en el que interviene el recurso por el que empezábamos el presente texto: los preguntados, tras reiterar la necesidad de votar, reconocen por fin su preferencia específica, pero modulan la respuesta dejando claro que la soberanía en la interpretación del sentido de ese voto les corresponde en exclusiva a ellos, hasta el punto de que, como hemos visto, no se muestran en absoluto preocupados por el hecho de que dicho voto pueda entrar en flagrante contradicción con las ideas que declaran sostener (nada tiene de extraño entonces que, aplicando la misma y peculiar lógica, alguien pueda asistir a una manifestación independentista -siendo, por tanto, contabilizado sin matices por los independentistas como uno de los suyos- pero argüir que lo hace por otras razones, por completo ajenas a la independencia).

Ahora bien, una cosa es que alguna de las razones por las que alguien ha votado una opción concreta (o asistido a una manifestación: en cierto modo tanto da a los efectos de lo que estamos comentando) pueda constituir un asunto privado y otra, bien distinta, obviar que los votos (como los propios actos en general) generan determinados efectos prácticos, de los que ningún ciudadano se puede desentender. Y un responsable político, menos. Ya sé que hay quienes lo hacen, pero entonces dejan de merecer la denominación de responsables. Aunque, ay, continúen desempeñándose como políticos.

Filósofo de Guardia

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