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El PP, marca blanca de Ciudadanos
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Manuel Cruz

Filósofo de Guardia

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El PP, marca blanca de Ciudadanos

El mal resultado del PP el 27-S impidió presentar el limitado balance de Junts pel Sí como una victoria propia. Es más, de haber victoria, debería contabilizársele al partido de Albert Rivera

Foto: Ilustración: Javier Aguilar.
Ilustración: Javier Aguilar.

"La idea de reforma del Constitucional es de una zafiedad inconcebible", declaraba hace algunas semanas en el diario 'El País' Alberto López Basaguren, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad del País Vasco. Llevaba razón, sin duda, pero solo me permitiría añadir a su valoración que la iniciativa era demasiado zafia como para no ser maquiavélica. Pasadas las semanas, se me confirma la sensación de que, más que dar un puñetazo encima de la mesa, lo que pretendía el PP era materializar un cálculo en el que creía que podía jugar a ganador en cualquier escenario posible: si perdía la lista del Junts pel Sí en las catalanas, podía presentarse como el artífice de la derrota del enemigo principal, alzándose con el trofeo y manifestando a los cuatro vientos que su línea intransigente había sido la adecuada para el objetivo lo que, en gran medida, le dejaría allanado el camino a las generales. Pero si, por el contrario, Mas obtenía la mayoría absoluta, dispondría de una eficaz munición cara a la campaña de las siguientes elecciones, presentándose como el partido que con más determinación defendía la unidad de España.

Es probable que, como con los trucos de los prestidigitadores, muchos analistas políticos se hayan distraído con los elementos más llamativos de la operación (con el bronco "se ha acabado la broma" de Albiol para captar la atención del respetable a modo de señuelo), sin percibir la estrategia que había detrás. De hecho, una de las claves de la complejidad de la operación la señalaba en su portada el diario 'La Vanguardia' del lunes, 7 de septiembre, en la que se podía leer: "La reforma del TC busca esquivar una suspensión de la autonomía". En un sentido análogo, 'La Razón' advertía, días después, de que un hipotético gobierno independentista podría iniciar su hoja de ruta con las cámaras españolas disueltas y, por tanto, sin capacidad de respuesta, lo que hacía necesario que el gobierno en funciones dispusiera de las herramientas para una situación de emergencia así.

Incapaz de presentar propuesta, la estrategia de Rajoy ha servido con eficacia para consolidar en Cataluña el tópico de que el Gobierno era un muro

Con lo que no parecía contar el PP era con que la noche del 27-S las urnas ofrecerían la combinación de un resultado insuficiente para Mas y directamente desastroso para las propias huestes. Empezando por lo segundo, la magra cosecha de diputados populares impedía cualquier intento por su parte de presentar el limitado balance de Junts pel SÍ como una victoria propia. Es más, de haber victoria, debería contabilizarse en el haber de otros. Particularmente de los que han crecido de manera espectacular, esto es, Ciudadanos, que no en vano se atribuyeron desde el primer momento el mérito de haberle parado los pies al independentismo en Cataluña.

Por lo que respecta al segundo beneficio que se pretendía extraer de la operación del Constitucional, el de presentarse a la próxima contienda electoral, la de las generales, como el único partido de ámbito estatal en condiciones de defender la unidad de España, está claro que la pretensión también ha saltado por los aires y exactamente por la misma razón, esto es, por la debilidad electoral de la que ha hecho gala el PP en las autonómicas. Debilidad que, por añadidura, se proyecta con efectos retroactivos en forma de censura sobre la gestión del conflicto catalán llevada a cabo por el PP.

En efecto, a estas alturas pocos analistas políticos valoran como positiva la actuación, por llamarla de alguna manera, de Mariano Rajoy a lo largo de los tres últimos años. Incapaz de presentar propuesta alguna (lo que hubiera resultado perfectamente compatible, como es obvio, con la defensa de la legalidad) su estrategia tancredista ha servido con enorme eficacia para consolidar en Cataluña el tópico soberanista de que el Gobierno central era un muro contra el que se estrellaban todos los bienintencionados esfuerzos de la parte catalana por alcanzar acuerdos razonables y beneficiosos para todos.

De ahí que no resulte demasiado aventurado afirmar que en estos últimos meses Mariano Rajoy ha constituido para los independentistas una auténtica bendición, solo comparable a la que representaba para el PSOE de los años 80 la oposición de Manuel Fraga (no por otra razón lo mimaban tanto). Probablemente nadie lamentaría más la derrota del PP en las próximas elecciones generales que el independentismo catalán, sobre todo porque, en la medida en que de ellas surgiera un Gobierno dispuesto no solo a abrir vías de diálogo, sino, sobre todo, a poner propuestas encima de la mesa, dejaría a aquél con pocos argumentos para perseverar en su proverbial victimismo.

Pero repárese en que lo poco que hasta ahora ha hecho Rajoy (instar a la Fiscalía para que presentara una querella contra Artur Mas por la consulta del 9-N) lo ha hecho rematadamente mal. La efectiva imputación de Mas tras las elecciones del 27-S ha contribuido, como era de prever, a reforzar su figura política dentro de Cataluña, justo en el momento en el que más debilitada se encontraba. El orquestado y teatral espectáculo de su declaración ante el TSJC este pasado jueves, perfectamente previsible hasta en sus menores detalles (¿cuántas escenificaciones de parecido tenor llevamos a estas alturas, apenas con leves variaciones en los actores de reparto?), incluida la obediente y disciplinada colaboración en la protesta por parte de todos los sectores sociales y responsables públicos que suelen ser llamados a formar en ocasiones semejantes, acredita bien a las claras la torpeza de la operación inducida por el Gobierno de Rajoy.

No hay que descartar que Rajoy y Mas continúen agarrados, a la manera de esos boxeadores groguis que se abrazan en un tambaleo confuso

Tal vez sea la incipiente conciencia de ese error la que haya motivado esa decisión del PP, a la que se han referido algunos medios en las últimas semanas, de no centrar la próxima campaña electoral en la cuestión catalana. Al margen de que la decisión llegue tarde y mal (añadir al tancredismo el mutismo no parece que vaya a constituir ninguna panacea de nada), resulta francamente dudoso que un recurso táctico de campaña constituya en sentido fuerte una modificación, digna de ser tomada en cuenta, de la línea política del partido.

Porque está claro que las suertes de ambos políticos siguen un paralelismo parecido al de sus erráticas estrategias, orientadas, como la evolución de los acontecimientos se está encargando de mostrar con toda crudeza (baste pensar en las negociaciones en curso entre Junts pel SÍ y la CUP), a su mera supervivencia política personal. Por ello, no hay que descartar que continúen agarrados el uno al otro todavía un tiempo, a la manera de esos boxeadores groguis que se abrazan, unidos en un tambaleo confuso que solo busca que la campana no sorprenda a ninguno de los dos en la lona. En un determinado sentido, Rajoy y Mas se diferencian muy poco: uno se esconde tras las masas (a las que jalea para luego comportarse respecto a las mismas como si él fuera el muñeco y ellas, el ventrílocuo) y el otro, tras los jueces (a los que se encarga de ir enviando leyes a su medida).

"La idea de reforma del Constitucional es de una zafiedad inconcebible", declaraba hace algunas semanas en el diario 'El País' Alberto López Basaguren, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad del País Vasco. Llevaba razón, sin duda, pero solo me permitiría añadir a su valoración que la iniciativa era demasiado zafia como para no ser maquiavélica. Pasadas las semanas, se me confirma la sensación de que, más que dar un puñetazo encima de la mesa, lo que pretendía el PP era materializar un cálculo en el que creía que podía jugar a ganador en cualquier escenario posible: si perdía la lista del Junts pel Sí en las catalanas, podía presentarse como el artífice de la derrota del enemigo principal, alzándose con el trofeo y manifestando a los cuatro vientos que su línea intransigente había sido la adecuada para el objetivo lo que, en gran medida, le dejaría allanado el camino a las generales. Pero si, por el contrario, Mas obtenía la mayoría absoluta, dispondría de una eficaz munición cara a la campaña de las siguientes elecciones, presentándose como el partido que con más determinación defendía la unidad de España.

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