Políticos de hoja caduca

A quienes procedemos de una determinada cultura política, una de las ideas que más rechazo ha tendido a provocarnos es aquella que solía resumirse como la del 'intelectual en su torre de marfil'

Foto: El Congreso de los Diputados, en una imagen de archivo. (EFE)
El Congreso de los Diputados, en una imagen de archivo. (EFE)

Una de las preguntas que con más insistencia se me formuló en cuanto se hizo público que iba a concurrir a las elecciones generales de 2016 para el Congreso de los Diputados fue: "¿Por qué usted, un filósofo, ha decidido 'entrar en política'?". La persistencia de la pregunta me proporcionó la oportunidad de ir comprobando que determinadas respuestas no terminaban de satisfacer a mis interlocutores. Así, una contestación genérica, del tipo de que, en realidad, en la medida en que en tanto que ciudadanos nos afecta la cosa pública, todos estamos siempre metidos en política de una u otra manera era evidente que no contentaba a mis entrevistadores, tal vez porque les parecía demasiado abstracta. Era probablemente la que esperaban de un filósofo pero, justo por ello, se les antojaba poco concreta o tal vez directamente especulativa.

Notaba que les satisfacía más mi comentario de que, de hecho, llevaba tiempo participando en el debate político público no solo a través de mis colaboraciones en medios de comunicación sino también a través de mi actividad en la asociación Federalistes d´Esquerres, que por aquel entonces todavía presidía. De algún modo, solía apostillar en las entrevistas, yo también venía de practicar un cierto activismo. Un activismo diferente al que se suele asociar al rótulo 'activista' -el mío se podría decir que era más bien un activismo tranquilo o de baja intensidad- pero activismo al fin.

Sin embargo, el argumento que en el fondo a mí me parecía más convincente era el que, de largo, concitaba el menor interés de mis interlocutores. El argumento tenía que ver con toda una concepción de la tarea del filósofo o, más en general, del intelectual, que no podía dejar de tener presente y por el que me sentía condicionado en gran medida. A quienes, por razones de biografía, procedemos de una determinada cultura política, una de las ideas que más rechazo ha tendido a provocarnos es aquella que, tópicamente, solía resumirse como la del 'intelectual en su torre de marfil'. La convencional formulación era desde luego exagerada, entre otras cosas porque para cuando llegamos a repetir -nosotros también- la frase, la susodicha torre llevaba tiempo demolida (si es que alguna vez existió un tal lugar de refugio en sentido fuerte y generalizable para todos los intelectuales), pero, fuera como fuera, expresaba bien un elitismo desdeñoso hacia lo que ocurre en la sociedad por parte de determinados profesionales del espíritu que nos resultaba de todo punto inaceptable.

La evolución de nuestras democracias ha hecho que la idea de compromiso fuera perdiendo buena parte de las determinaciones con que se adornaba antaño

Frente a ella, la idea alternativa que nos parecía no solo convincente sino también extremadamente atractiva era otra que -cosas de la vida y de la historia- ha terminado por caer en desuso. Me refiero a la idea de compromiso. A tal punto ha llegado a sonar anacrónica que en un reciente foro en el que tuve la ocasión de debatir sobre estos temas, un joven politólogo se ahorraba incluso el esfuerzo de entrar a discutir con la misma, despachándola con el displicente calificativo de 'mantra'. Hay que reconocer que, en todo caso, no solo la normalidad democrática sino la forma concreta en que han ido evolucionando nuestras democracias han hecho que la idea de compromiso fuera perdiendo buena parte de las determinaciones con que se adornaba antaño, y que le concedían un aura que no dudaría en calificar de épica.

Sin embargo, que la idea haya ido abandonando algunas de sus antiguas determinaciones en modo alguno equivale a afirmar que haya quedado por completo huérfana de significado, y que haya pasado a incrementar la nómina de esos presuntos significantes vacios, tan del gusto de los partidarios de convertir el discurso político en un mero juego de palabras. Acaso valga la pena plantearse más bien la posibilidad de que las nuevas circunstancias nos empujan a pensar el compromiso en unos términos diferentes, adecuados a la actual situación.

Probablemente, de lo que se trate hoy no sea tanto de radicalizar el compromiso con el fin de que recupere la tonalidad casi heroica que en otro tiempo (por ejemplo, durante el franquismo) lo adornaba, objetivo de todo punto imposible, como de democratizarlo, esto es, de dotar de contenido concreto a aquella primera respuesta mía que tan poco entusiasmaba a alguno de mis entrevistadores. Porque el hecho de que todos los ciudadanos estemos siempre, en tanto que ciudadanos, 'metidos en política' en modo alguno equivale a afirmar que debamos estarlo siempre de la misma manera.

El hecho de que todos los ciudadanos estemos siempre metidos en política no equivale a afirmar que debamos estarlo siempre de la misma manera

Pendientes como están algunos -con sobrados motivos, por supuesto- de acabar con las puertas giratorias, a menudo parecen olvidarse de otro peligro, no menor, que también acecha a nuestros representantes políticos, y es el de profesionalizarse de la cosa pública. Peligro tanto mayor cuanto menos atractivo resulte el lugar (quiere decirse, la específica profesión y el concreto puesto de trabajo) al que deberían regresar en caso de verse obligados a abandonar la política. Téngase en cuenta, además, que algunos de los recién llegados ya habían hecho del activismo un auténtico modo de vida, en el sentido más profesional de la expresión (remuneración incluida). En ese sentido, no hace falta una gran perspicacia ni particulares dotes de adivinación para anticipar que el grueso de quienes han irrumpido en el espacio público en los últimos tiempos denunciando, con grandes aspavientos, la fuerza con la que se aferraban a los cargos los viejos políticos tardarán ellos mismos largo tiempo en abandonar la escena política.

De ahí que me atreva a sugerir que tan saludable como resultaría poner fin a los denostados privilegios giratorios de los que gozan algunos cuando abandonan la vida política, lo resultaría asimismo poner los medios para que esta última no quedara constituida en territorio casi exclusivo de un determinado grupo (por más subdividido en tribus que se pueda encontrar), y se potenciara en lo posible la figura de eso que Ortega denominaba, para autodefinirse como diputado por León en las Cortes republicanas, "transeúnte de la política". A fin de cuentas, solo de muy pocos políticos cabe afirmar que la sabiduría que les ha permitido acumular su dedicación al servicio público constituye un capital que no podemos permitirnos el lujo de desperdiciar. Del resto de quienes se dedican a la política parece poco menos que obvio afirmar que resultan por completo sustituibles: en definitiva, lo propio ocurre en cualquier otro ámbito de la sociedad, donde el paso del tiempo se encarga de certificar la condición de prescindibles de todos nosotros. Así, pues, ¿por qué no iba a regir esta misma inexorable lógica en la esfera de la política?

Filósofo de Guardia
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