Lo que nos dirán

Los independentistas nos dirán que solo ellos habrían conseguido hacer visible ante el mundo el anhelo de independencia del pueblo catalán

Foto: Marcha de la Diada, en Barcelona. (EFE)
Marcha de la Diada, en Barcelona. (EFE)

Las palabras han saltado por los aires. Los argumentos hace tiempo que ya lo habían hecho. A los ciudadanos de Cataluña, el independentismo les han reconstruido un pasado a la medida de su conveniencia (vgr., "España contra Cataluña"), les ha descrito el presente utilizando un entramado de groseros sofismas (vgr., si Cataluña contribuye fiscalmente más, ello equivale a que España nos roba) y les ha hecho un conjunto de promesas incumplibles (vgr., si Cataluña se independiza, no solo será recibida en Europa con todos los honores sino que la propia España, participando del entusiasmo europeo, aceptará que todos los ciudadanos del nuevo Estado mantengan la nacionalidad española). Todo ese espeso engrudo, aderezado con una notable cantidad de mentiras (véase como muestra el libro de Josep Borrell), no solo no resiste el menor embate de la argumentación racional, sino que ni tan siquiera soporta la más ligera confrontación con los hechos.

Lo sabemos de sobra a estas alturas. Pero ya estamos más allá de todo eso. De ahí que no tenga caso ni sentido volver sobre lo sabido. Como diría el guiñol de Michael Robinson en el Plus, "pescao vendío". Finalmente, aquello que durante tanto tiempo se nos anunció, lo que estaba por venir, esto es, el llamado choque de trenes, ha llegado. Lo que solo era una posibilidad ha terminado por materializarse y por cierto que con puntualidad, a la hora y en los días anunciados. Ya no cabe mirar hacia otro lado porque no hay otro lado a dónde mirar. Estamos ahí dentro, cada cual en el correspondiente vagón, cruzando los dedos para que la violencia simbólica, la presión de la muchedumbre convertida en criterio indiscutible de bondad y de verdad o la estigmatización del disidente, no den lugar a otra forma de violencia más concreta, a algún episodio desgraciado que provoque un definitivo e irreversible desbordamiento de las aguas de la convivencia.

Las ideas marchitaron muy rápido porque eran flor de invernadero, consignas diseñadas en gabinetes de comunicación y destinadas al consumo rápido

Las ideas ya están resecas, y se diría que incluso quienes hasta ahora las defendían las han abandonado, marchitas, en el borde del camino. Marchitaron muy rápido porque eran flor de invernadero, consignas ad hoc diseñadas en gabinetes de comunicación y destinadas al consumo rápido, inmediato, de la agitación, de tal manera que, una vez utilizadas para dicho fin, ni siquiera quienes las sostenían con pasión en emisoras de radio afines y platós de televisión se dignan volver sobre ellas, y hacen como si nunca hubieran sido pensadas. Ahora ya basta con un grito airado, con una afirmación de apariencia autoevidente, el '¡volem votar!' lanzado en las últimas semanas para movilizar a los propios y, si puede ser, engatusar a algún reacio a la independencia despistado que pudiera legitimarles votando no. Voluntarismo químicamente puro, afirmación escasamente racional del propio deseo como fundamento para un nuevo orden político. A estas alturas de la historia contemporánea, no hace falta que les diga a qué suena todo esto.

La diputada de Cataluña si que es pot, Angels Martínez, retira banderas de España en el parlamento catalán. (EFE)
La diputada de Cataluña si que es pot, Angels Martínez, retira banderas de España en el parlamento catalán. (EFE)

¿Y qué decir de las palabras? Tal vez sea deformación profesional, pero en estos días no he podido por menos que acordarme de la 'Carta de Lord Chandos', de Hugo von Hofmannsthal, y, en concreto, del célebre pasaje en que el autor escribía: "Encontraba imposible dar un juicio en mi interior acerca de los asuntos de la corte, los sucesos del parlamento o lo que queráis, porque las palabras abstractas que usa la lengua de modo natural para sacar a la luz cualquier tipo de juicio se me deshacían en la boca como hongos podridos". Difícil encontrar expresiones más ajustadas a lo que está pasando entre nosotros.

Por lo que a mí respecta, me siento incapaz de anticipar lo que va a suceder, excepto en una cosa que diré al final. Pero, en cierto sentido, tanto da mi incapacidad, compartida por muchos. Un analista político, antaño prestigioso y reconvertido ahora en zigzagueante y acomodaticio apologeta del 'procés', empezaba a diseñar el otro día la coartada que probablemente se nos presentará a los ciudadanos de Cataluña si, finalmente, no puede tener lugar ni siquiera un simulacro de referéndum. Se nos dirá algo parecido a esto: los independentistas, en realidad, nunca confiaron en alcanzar en este momento sus objetivos.

Su auténtico objetivo no era llegar ya a la tierra prometida de la república catalana sino que el topetazo frontal con el Estado les dejara en mejores condiciones políticas ante su electorado, frente al que saldrían reforzados al poder decirles que, por vez primera, habían plantado cara a España para separarse, inequívocamente, de ella. Solo la fuerza (la "violencia judicial", según el neologismo que han puesto en circulación últimamente) lo habría impedido. Pero ellos, y solo ellos, habrían conseguido hacer visible ante el mundo el anhelo de independencia del pueblo catalán.

El independentismo podría alardear ante los catalanes de haber sido quien de veras había abierto una brecha en el régimen del 78

Ese presunto triunfo, además, podría tener onda expansiva y generar sinergias en otros grupos y sectores políticos, tanto en Cataluña como en el resto de España, puesto que el independentismo podría alardear ante ellos de haber sido quien de veras había abierto una brecha en el régimen del 78. En definitiva, les dirán a los catalanes, hemos ganado esta batalla. En consecuencia, rematarán el argumento, el combate continúa.

Me van a permitir, ahora que nadie nos lee, que concluya este papel con una confidencia. A mí también el cine norteamericano me ha predispuesto hacia los finales felices, lo que, aplicado a libros, artículos y otras exposiciones públicas de las propias ideas se traduciría en la tendencia a finalizar tales intervenciones con un mensaje que contenga por lo menos unas gotas de optimismo. Pero, qué quieren que les diga, si lo hiciera ahora tendría la desasosegante y culpable sensación de estarles mintiendo. Porque la única cosa que les anuncié que me creo en condiciones de anticipar es una convicción bien simple: esto no se va a acabar nunca.

Filósofo de Guardia
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