Queda inaugurado el post 'procés'

En el fondo, el prefijo 'post' apenas describe otra cosa que un anuncio, el de que nada volverá a ser como antes, aunque se ignore el contenido de cómo va a ser en realidad

Foto: Ambiente ante el Palau de la Generalitat, en el primer día laborable tras la puesta en marcha del artículo 155 de la Constitución. (EFE)
Ambiente ante el Palau de la Generalitat, en el primer día laborable tras la puesta en marcha del artículo 155 de la Constitución. (EFE)

Hace tiempo que las palabras se pusieron perdidas de prefijos. A medida que en nuestros sociedades los acontecimientos se iban sucediendo a mayor velocidad, la tentación de denominar por medio del prefijo 'post' cuanto iba quedando atrás no hacía más que aumentar. Tendencias, doctrinas, movimientos de todo tipo que parecían ser superados se veían de inmediato tratados así. El procedimiento, de apariencia autosuficiente y pretenciosa, encubría en realidad una impotencia. Era como si quienes etiquetaban de esa forma cuanto había se sintieran obligados a dejar claro que estaban abandonando algo, pero, al propio tiempo, se reconocieran incapaces de poner nombre propio a (y, por tanto, describir mínimamente) lo que se suponía que estaban inaugurando. Ni siquiera se atrevían con el prefijo 'neo', tan habitual en otras épocas, probablemente porque se sentían impotentes para adelantar una sola clave que permitiera entender el ámbito, presuntamente nuevo, en el que se adentraban ni, menos aún, se sentían seguros para precisar cuánto de lo heredado, debidamente puesto al día, les podría todavía valer.

Eso ocurrió de manera destacada en la filosofía (en donde la llamada posmodernidad ha terminado pasando a la historia de la disciplina como epítome de la insustancialidad), pero tampoco la política se libró de ello. El caso más próximo y más reciente fue el protagonizado por el ya 'expresident' de la Generalitat, Carles Puigdemont. Cuando él mismo quiso explicarle a los diputados del Parlament en su discurso de investidura cómo pretendía alcanzar el objetivo de su mandato, que no era otro que poner los pilares de la República catalana, creyó que con un par de prefijos dejaría claro el punto exacto en el que se encontraba la política en Cataluña en ese momento: estamos transitando un periodo excepcional que va de la posautonomía, ya superada (recuérdese que se suponía que había tenido lugar un plebiscito), a la preindependencia, vino a decir a primeros de 2016.

Imposible determinar hasta qué punto la situación en la que nos encontramos en estos días queda adecuadamente descrita aún con tales categorías. A fin de cuentas, las elecciones convocadas para el próximo 21 de diciembre serán formalmente de carácter autonómico, aunque no es menos cierto que Oriol Junqueras se ha apresurado a declarar que en ellas lo que se dilucidará es la ratificación de la República catalana no se sabe si votada del todo el pasado 27 de octubre. Según esta última interpretación, en la medida en que dichas elecciones (a pesar de haber sido convocadas por el Gobierno central de acuerdo con la legislación española y catalana, presuntamente superadas) tendrían como única función ratificar la ruptura con lo anterior, merecerían ser calificadas a la manera 'puigdemontiana', esto es, como posautonómicas y preindependientes.

Pero, llegados a este punto, parece pertinente preguntarse: semejante interpretación, ¿describe adecuadamente la realidad en la que estamos viviendo en el presente momento y la que es probable que vivamos dentro de dos meses o, por el contrario, constituye más bien un imaginativo ejercicio de logomaquia, por el que todo lo que va ocurriendo de acuerdo con un cierto orden real y en un marco legal concreto va siendo leído sistemáticamente en una clave propia, paralela, tan irreal como poco legal?

Baste con un botón de muestra: en los días inmediatamente posteriores a la destitución de Puigdemont y su gobierno, cuando, por poner un ejemplo, ya los Mossos habían retirado de sus comisarías las fotografías oficiales del 'expresident', y en su caso de cualquier miembro de su Govern, todavía él y buena parte de los suyos continuaban haciendo declaraciones institucionales en la televisión pública catalana o asistiendo a inauguraciones como si nada hubiera ocurrido o, quizá mejor, como si hubiera ocurrido lo que a ellos les habría gustado.

En el fondo, el prefijo 'post' apenas describe otra cosa que un anuncio -que en ocasiones no es más que la manifestación de un deseo-, el de que nada volverá a ser como antes, aunque se ignore el contenido de cómo va a ser en realidad. Así las cosas, resulta probable que lo único que se pueda afirmar sin miedo a equivocarse demasiado es que el territorio en el que nos estamos adentrando no es el de la postautonomía (suerte tendremos si no regresamos a la preautonomía) sino el del post 'procés'. Porque parece francamente improbable que el planteamiento que ha venido sosteniendo hasta ahora el independentismo pueda seguir rigiendo en lo sucesivo. Se trataba de un planteamiento, recuérdese, en el que la consigna "tenim pressa" ("tenemos prisa") no constituía la premisa sino la consecuencia de un análisis que se ha revelado manifiestamente erróneo, a saber y resumiendo, el de que el programa de máximos de las fuerzas independentistas no solo se dibujaba en el horizonte, sino que estaba a punto de cumplirse a poco que se tomaran las decisiones adecuadas.

Entre los muchos problemas que acarrea tamaño error uno de los mayores consiste en que, en el momento en el que la realidad se encarga de certificar la imposibilidad de alcanzar los objetivos anunciados, el político que formuló tan exageradas promesas ve sumamente reducido su margen de actuación (rectificación incluida), ya que, como consecuencia de las mismas, cualquier resultado por debajo de la totalidad de lo prometido solo puede ser recibido por parte de los suyos como una derrota. Y esto es lo que, en efecto, parece haber ocurrido en Cataluña.

Digámoslo ya: el artefacto del 'procés', tal como venía funcionando, no da más de sí. Por supuesto que las fuerzas soberanistas intentarán por todos los medios mantener la apariencia de que perseveran en su discurso y en sus planteamientos. Entre otras cosas porque, hasta un determinado momento, parecían servir para ir alcanzando los objetivos propuestos. Pero si no toman nota del fracaso de su estrategia del "cuanto peor, mejor", si sustituyen esa fallida estrategia por la todavía más catastrófica de la cronificación del conflicto, por la que parecen tentados algunos, es altamente probable que la solución del mismo se demore más allá de toda racionalidad, con el consiguiente perjuicio para todos los ciudadanos catalanes, los únicos que deberían importar a fin de cuentas.

Aunque tampoco conviene albergar desmesuradas esperanzas al respecto. No mueve al optimismo el escaso sentido crítico con sus líderes que ha mostrado el sector de la ciudadanía catalana que apoyaba al independentismo. De ser ciertas las informaciones periodísticas que han sido publicadas, las críticas que aquellos han recibido en los últimos días (especialmente Carles Puigdemont cuando el pasado jueves, 26 de octubre, se mostró dispuesto a ser él quien convocara elecciones) no han ido en la dirección de reprocharles la escasa viabilidad de sus propuestas o el hecho de que ni este gobierno ni el anterior de Mas se hubieran preocupado de otra cosa que no fuera su 'procés', sino, por el contrario, la supuesta traición a unos ideales heroicos, sobrecargados de épica.

Pero, en todo caso, los errores de los representados no legitiman a sus representantes, ni convierten en bueno lo malo. Sería de desear que, por una vez, estos políticos que sistemáticamente han rehuido toda responsabilidad (escondiéndose tras las multitudes convocadas por ellos mismos a través de sus terminales organizativas ANC y Òmnium) estuvieran a la altura de las instituciones que representan, se hicieran cargo de sus actos y les dijeran a los ciudadanos la verdad. Es la mínima grandeza exigible a un representante público. Aunque no es menos cierto que a algunos el adjetivo "grande" les viene enorme.

Filósofo de Guardia

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