El legitimismo como forma política de la melancolía

Queda fuera de toda duda que, desde la perspectiva de lo que ha terminado ocurriendo, las elecciones del pasado diciembre no han cumplido la función para la que fueron convocadas

Foto: Sesión constitutiva del Parlament de Cataluña. (EFE)
Sesión constitutiva del Parlament de Cataluña. (EFE)

Recordarán ustedes la celebrada afirmación de Ortega según la cual "el esfuerzo inútil conduce a la melancolía". También recordarán el matiz que diferencia a esta de la nostalgia: mientras que la segunda constituye la mera añoranza del pasado, la primera es la añoranza de un pasado en particular, el que no se llegó a materializar, "el que pudo haber sido y no fue", que gustaba de repetir Manuel Vázquez Montalbán, el que se quedó en pura promesa incumplida, por decirlo a la manera de Walter Benjamin, o, en fin, el que solo dio lugar al famoso "esfuerzo inútil" orteguiano.

Pues bien, costaría hallar un ejemplo más rotundo y flagrante de esfuerzo inútil que el representado por el 'procés', con absolutamente todas sus expectativas incumplidas. Desde la de que una futura Cataluña independiente sería recibida con los brazos abiertos por Europa, a la de que el Estado español nada podría hacer frente a la decidida voluntad del pueblo catalán en marcha, pasando por la de que el nuevo país se convertiría en un potente polo de atracción para empresas y bancos del mundo entero, así como otras muchas, todas las metas que el independentismo aseguró que se encontraban al alcance de la mano se han revelado, sin excepción alguna, ilusorias.

Todo esto son cosas sobradamente sabidas. Pero si resulta de interés reiterarlas es en la medida en que permiten entender mejor los planteamientos que está haciendo en este momento el independentismo. Porque, superada la primera reacción, ciertamente efímera, en la que se apuntaron elementos de autocrítica (llegando a reconocer que se le había mentido a la ciudadanía en algunos aspectos importantes), y constatada la inexistencia de un plan B que pudiera reemplazar al tan ostentosamente fracasado, la salida, que no solución, ideada por Carles Puigdemont para afrontar dicho fracaso ha sido la de buscar refugio en una actitud legitimista que se sustancia (y se agota) en rehuir cualquier debate, tanto sobre el balance final del 'procés' como sobre cualquier proyecto de futuro, y limitarse a reivindicar que se le restituya en la presidencia de la Generalitat a cualquier precio, esto es, que se regrese al momento previo a la aplicación del 155.

Elecciones en Cataluña el 21 de diciembre. (EFE)
Elecciones en Cataluña el 21 de diciembre. (EFE)

Los efectos que está provocando esta actitud sobre las fuerzas que conforman el bloque independentista han sido ya señalados por diversos analistas. ERC ha quedado atrapada en el discurso que mantenía hasta hace bien poco. Puigdemont le ha dado a beber de su propia medicina, de manera que aquellos que, desde la formación de Junqueras y en nombre de la república recién proclamada, tildaban de traidor al 'expresident' por querer convocar unas elecciones simplemente autonómicas, ahora no tienen más remedio que, al menos en público, seguir a este en su deriva legitimista, por más disparatada o incluso contraproducente para sus propios intereses les pueda parecer.

El marasmo y la confusión en la que vive instalada la política catalana es desde luego notable

Queda fuera de toda duda que, desde la perspectiva de lo que ha terminado ocurriendo, las elecciones del pasado diciembre no han cumplido la función para la que fueron convocadas, que no era otra que la clarificación del panorama en Cataluña. El marasmo y la confusión en la que vive instalada últimamente la política catalana es desde luego notable, y mientras que los partidos no independentistas llevan ya una cuantas semanas, tras el fallido 'sorpasso' al bloque independentista, lamiéndose las heridas (muy diferentes en número y tamaño según la formación de la que se trate), los secesionistas, a pesar de su incuestionable locuacidad, transmiten la intensa sensación de no saber a qué atenerse, tal vez conscientes de que a este paso, y a poco que se descuidaran, el tan comentado carlismo de Puigdemont podría terminar derivando en una variante de melancólico sebastianismo, con el 'expresident' convertido en una versión actualizada del rey fantasma portugués cuya reaparición aguardaría el pueblo catalán mientras todo en el país permanecería en suspenso, paralizado, o, peor aún, en lenta pero imparable descomposición.

ERC ha quedado atrapada en el discurso que mantenía hasta hace bien poco

En realidad, el inacabable alboroto mediático generado por las palabras y los comportamientos del heredero de Artur Mas parece estar cumpliendo la función objetiva de soslayar esa pregunta que cualquier ciudadano catalán podría dirigirle con pleno derecho a las fuerzas políticas que conforman el bloque ganador y que, asombrosamente, nadie en el entorno independentista se ha atrevido a responder: ¿a qué tarea se va a entregar el próximo Govern?, ¿a la de restablecer plenamente la normalidad institucional previa al 155, dedicándose a revertir cuanto se hubiera llevado a cabo durante los meses de su aplicación por parte del gobierno central, o a "implementar" la república?

Se trata de preguntas políticas que bien podrían doblarse en preguntas sobre los estados de ánimo de quienes están planteando propuestas de signo legitimista: ¿de qué calidad es su añoranza de ese pasado al que dicen querer regresar?, ¿sienten nostalgia de la plena autonomía que en su momento tanto denostaban (y que por cierto el 'procés' pretendía, de todas, todas, dejar atrás como una pantalla superada)?, ¿o más bien les invade una honda melancolía por la república que pudo haber sido y no fue?

Filósofo de Guardia
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