Cuando la revolución era inminente: a 50 años de Mayo del 68 y a dos siglos de Marx

Aquellos hechos constituyeron un modo particular —el modo que corresponde a una determinada generación, hoy declinante— de hacerse cargo de la herencia recibida

Foto: Un manifestante arroja un adoquín contra la policía en París el 6 de mayo de 1968. (Georges Melet/Paris Match/Getty Images)
Un manifestante arroja un adoquín contra la policía en París el 6 de mayo de 1968. (Georges Melet/Paris Match/Getty Images)

1. Matar al padre (para abrir boca).- Matar al padre está al alcance de cualquiera. Tanto, que incluso podría llegar a considerarse una perfecta vulgaridad. De hecho, es el empeño al que desde siempre se han dedicado todos los adolescentes (algunos de ellos incluso con saña) mientras lo eran. Lo que ya no está al alcance de todo el mundo es algo que, de producirse, lo hace en la edad adulta, y es la reconciliación (y el eventual perdón, en el caso de que proceda) con la figura paterna. Si el esquema pudiera trasladarse de escala y cupiera aplicar a la más general de la sociedad lo mismo que se predica de las personas individualmente consideradas, diríamos que en este país parece que vivimos en una adolescencia que no cesa, en la que las sucesivas generaciones que van irrumpiendo en la escena pública se muestran obsesionadas, casi sin excepción, por definir su especificidad en base a la determinación que exhiben por acabar de una vez por todas con el legado de quienes les precedieron.

La valoración de dicho legado ni se suele hacer con el necesario detenimiento ni, desde luego, constituye una tarea sencilla o fácil. Una de las situaciones que acostumbra a proporcionarnos la oportunidad de algún tipo de balance, por sumario que sea, suelen ser las conmemoraciones. Pues bien, por una de esas travesuras del calendario han venido a coincidir en el tiempo el 50º aniversario de Mayo del 68 y el 200º del nacimiento de Karl Marx. Por supuesto que podríamos resolver ambos echando mano de la liturgia académico/intelectual más frecuente, y limitarnos a aprovechar la oportunidad que nos proporciona la coincidencia de fechas para destacar la importancia teórica y política tanto del autor como del acontecimiento evocados.

Sin embargo, por más que resulte ciertamente relevante lo anterior, conformarnos con abordar dicha coincidencia en términos de mera yuxtaposición, o de curiosa casualidad, implicaría desaprovechar la oportunidad de plantear una cuestión ante la que importa no pasar de largo, a saber, la específica conexión entre el autor y el acontecimiento de los que estamos hablando. Pero para poder pensar en condiciones dicha conexión, es necesario considerar las realidades por conectar bajo una determinada perspectiva, que no es otra que la de ponerlas al servicio de la clarificación del presente.

Disturbios en París en mayo de 1968. (Getty Images)
Disturbios en París en mayo de 1968. (Getty Images)

Y conviene advertir que para ello no basta con constatar que las realidades que estamos evocando no son de la misma naturaleza, o con señalar que se trata de magnitudes decididamente heterogéneas. Si se quiere que el análisis no quede confinado en esta simple constatación, se impone dar un paso más y señalar por donde pasan las diferencias, tanto de orden cualitativo como cuantitativo, entre ambas. Tal vez sea esa la manera de convertir lo que de otro modo sería un mero artificio contable (los aniversarios) en instrumento que sirva para arrojar algo de luz sobre lo que nos está pasando en estos momentos.

2. Diferencia cualitativa: generación versus tradición.- A los efectos de lo que acabamos de plantear, la diferencia sustancial entre una y otra celebración podría resumirse, no sin cierta verticalidad, en los siguientes términos: mientras que en el caso del aniversario de Mayo del 68 estamos conmemorando el surgimiento de una generación, en el del nacimiento de Marx conmemoramos el surgimiento de una tradición (el marxismo, obviamente). O, por formular esto mismo desplazando apenas levemente los términos: uno de los aniversarios tiene que ver con los protagonistas de un determinado momento de nuestra historia reciente, mientras que el otro se relaciona con unas ideas, las de Marx, que constituyeron en gran medida el material teórico —en muchos casos sometido a profunda revisión, cuando no a furibunda impugnación, todo hay que decirlo— que dibujaba el marco mental desde el que gran parte de aquellos protagonistas interpretaba lo que estaba ocurriendo.

Si concedemos importancia al hecho de que haya transcurrido medio siglo desde la primavera del 68 es precisamente por el lugar simbólico que ocupa ese momento en una franja de la población

La referencia a la dimensión generacional no es casual ni, mucho menos, irrelevante (por más que, valdrá la pena repetirlo, podríamos describir los mismos hechos enfatizando otros aspectos). Con toda probabilidad, si le estamos concediendo importancia al hecho de que hayan transcurrido medio siglo desde la primavera del 68 es precisamente por el lugar simbólico que ocupa ese momento en una franja de la población que considera definida su identidad como generación por el vínculo imaginario que decidieron establecer con los sucesos parisinos.

Obrando así, dicho sector no hizo nada muy distinto a lo que habían venido haciendo generaciones anteriores y continuaron haciendo después otras que siguieron, esto es, considerarse definidas por un determinado suceso o acontecimiento (incluso hasta el extremo de aceptar ser denominadas a través de etiquetas con esos nombres: 'generación de la Transición', 'generación de la movida', etc.). Lo mismo, por cierto, que presumiblemente seguirán haciendo en el futuro las generaciones por venir (¿o tal vez alguien duda a estas alturas de que ya se está configurando una generación que gustará de calificarse a sí misma como "la generación del 15-M"?).

Manifestación de estudiantes en París en mayo de 1968 (Getty Images).
Manifestación de estudiantes en París en mayo de 1968 (Getty Images).

Algo parecido podría afirmarse respecto al aniversario del nacimiento de Marx. Lo que se inicia hace ahora doscientos años no finaliza con la muerte del autor de 'El Capital', sino que lo trasciende claramente. El conjunto de la obra de Marx constituye lo que se suele tipificar académicamente como marxiano, mientras que toda la riquísima producción teórica posterior que se reclama de dicha obra constituye lo que sería más propio definir como una tradición, el marxismo en su conjunto. También ella, como hace un momento veíamos que les sucede a las generaciones, necesita un ancla en el pasado. Y si para las generaciones ese ancla viene constituida por un determinado acontecimiento, su específico acontecimiento fundacional, para las tradiciones ese mismo referente, más o menos firme, en el pasado lo constituyen los textos de sus clásicos (Marx en este caso, aunque también Engels).

3. Diferencia cuantitativa o hay pasados con más futuro que otros.- Se desprende de lo anterior que, por lo que respecta a mayo del 68, nos encontramos, por así decirlo, ante el cumpleaños de una generación y ello implica de manera casi ineludible, al considerar esa distancia temporal, el análisis retrospectivo de lo que ha ido ocurriendo a lo largo de todos estos años, cosa en la que ineludiblemente habrá que desembocar. No podrá ser un análisis convencional, como el que se llevaría a cabo en un cumpleaños cualquiera, sino que se encontrará severamente tutelado por el momento fundacional. Mayo del 68 no solo representa la particular manera de anclarse en el pasado de una generación, sino que, en cierto modo, constituye su particular 'superyó'.

Pero es precisamente este hecho el que, necesariamente, está llamado a determinar la caducidad del aniversario, condenado a perder su sentido con el paso del tiempo, conforme quienes definían su identidad como generación por referencia a aquel mayo vayan retirándose del espacio público (y, posteriormente, de la faz de la tierra). No podría ser de otra manera, desde el momento en que decidimos valorar aquellos sucesos en clave biográfico-generacional. Porque de ello se desprende que el interés de su evocación irá menguando, hasta desaparecer, al compás de la declinante presencia de los biografiados y de su generación.

El aniversario del nacimiento de Marx, en cambio, responde a una lógica por completo diferente, una lógica que, frente a la biográfico-generacional, bien podríamos calificar como lógica histórica

El aniversario del nacimiento de Marx, en cambio, responde a una lógica por completo diferente, una lógica que, frente a la biográfico-generacional recién comentada, bien podríamos calificar como lógica histórica. Hasta tal punto es distinto el signo de ambas que incluso podríamos sostener que, para el caso de Marx y la tradición por él fundada, durante mucho tiempo el interés siguió el signo contrario al que acabamos de señalar, esto es, creciente, dato que convendría no perder de vista ahora que el hundimiento del socialismo real tiende a ser leído en clave de fracaso de toda la tradición en cuyas ideas declaraba basarse y, por tanto, de pérdida de cualquier interés.

Manifestantes ondean la bandera roja en la Sorbona en París en mayo de 1968. (Getty Images)
Manifestantes ondean la bandera roja en la Sorbona en París en mayo de 1968. (Getty Images)

A efectos de no incurrir en este error de perspectiva, bastará con recordar una sola cosa. Si el corto siglo XX, por utilizar la expresión popularizada por el historiador británico Eric Hobsbawm, viene definido por el nacimiento y caída del imperio soviético, así también sus avatares en materia de ideas pueden ser dibujados a la luz (o al trasluz) de la doctrina de la que aquel se reclamaba, esto es, el pensamiento inspirado en la obra de Karl Marx. Una doctrina que, si ocupa un lugar destacadísimo en lo que se suele denominar la secular tradición emancipatoria, por no decir que constituye su episodio culminante, es, a partes desiguales, por su enorme potencia gnoseológica y por su extraordinario aliento moral. De los que, por cierto, parece difícil predicar que se encuentran por completo agotados, aunque no es este el asunto que ahora importa abordar aquí.

4. ¿Balance provisional o recuento de daños?.- Subrayando lo que podríamos llamar uso generacional de Mayo del 68 se pretende neutralizar un equívoco que podría propiciar el haber hecho referencia en lo precedente a protagonistas de aquel momento. Porque deberíamos estar advertidos de que esta condición no garantiza una posición de privilegio gnoseológico respecto a lo protagonizado, y que el coloquial "qué me vas a explicar si yo estaba allí" queda lejos de ser un argumento irrebatible. Más bien al contrario, a menudo es a quienes les toca vivir de cerca una determinada circunstancia a quienes más les cuesta interpretar adecuadamente su experiencia. Este principio general es de estricta aplicación al momento del que estamos hablando. Basta una superficial mirada a los planteamientos teóricos y políticos de aquel momento, especialmente en la izquierda, para certificar hasta qué punto constituía un convencimiento entonces generalizado que una transformación revolucionaria de la sociedad era no solo posible, sino incluso inminente; ilusoria expectativa que el tiempo se encargó de acreditar que significaba un notable error.

Si algo demostró el capitalismo tras la primavera parisina (valga la sinécdoque, porque no todo ocurrió en Francia) fue su formidable capacidad de adaptación a los nuevos escenarios

Efectivamente, si algo demostró el capitalismo tras la primavera parisina (valga la sinécdoque, porque no todo ocurrió en Francia) fue su formidable capacidad de adaptación a los nuevos escenarios que se fueron abriendo a partir de entonces tanto en la esfera política como en la económica, e incluso en la cultural o de costumbres, ámbito este último en el que los estudiantes europeos y norteamericanos presumían de haber sido particularmente rompedores con lo preexistente. Fábrica, escuela, familia, los tres pilares básicos del capitalismo se han visto sometidos a una profunda transformación (por resumir abruptamente los cambios a los que hemos asistido: no hay fábricas sino trabajo en red, la educación no es lo que era y las familias hoy se constituyen a la carta) que en cierto modo ha desactivado las profundas críticas recibidas en su momento.

Manifestación en París en mayo de 1968. (Getty Images)
Manifestación en París en mayo de 1968. (Getty Images)

Por supuesto que conforme aquellos jóvenes iban dejando de serlo, y constataban que los cambios que tenían lugar en la sociedad no iban en la dirección esperada por ellos, modificaban también sus puntos de vista. En la década de los setenta, por mencionar solo un par de datos, se produce en España el abandono del marxismo por parte del PSOE y en la misma Francia irrumpen con fuerza los entonces denominados "nuevos filósofos", como Bernard Bernard-Henri Lévy, André Glucksmann y Alain Finkielkraut, caracterizados precisamente por sus furibundas críticas a lo que consideraban los dogmas de la izquierda radical surgida de Mayo del 68. Podríamos proseguir, y recordar los efectos devastadores que tuvo sobre la izquierda el inicio de la hegemonía neoliberal en la década de Reagan y Thatcher, efectos que culminaron con la caída del muro de Berlín en 1989, que marcó el final del siglo XX.

En la década de los setenta, se produce en España el abandono del marxismo por parte del PSOE y en Francia irrumpen los "nuevos filósofos" con sus furibundas críticas a la izquierda radical

Ahora bien, de la misma forma que haber vivido, en el modo que fuera, los acontecimientos de Mayo del 68 no garantiza, según hemos visto, interpretarlos adecuadamente, tampoco haber vivido el presunto fracaso de aquellos ideales garantiza que la subsiguiente reacción fuera la adecuada. La revolución no era inminente a finales de la década de los sesenta, eso quedó claro: casi tanto como que algunas de las respuestas que se presentaron después desde la izquierda se revelaron abiertamente insuficientes cuando no equivocadas sin más (¿alguien se atrevería a afirmar hoy que la tercera vía de Tony Blair señalaba el horizonte de futuro para la socialdemocracia europea?).

Nada más fácil en una tesitura así, cuando se constatan los reiterados errores de los protagonistas de la historia, que volver los ojos hacia sus ideas, hacia el 'en nombre de qué actuaban', confiando en encontrar ahí la explicación del desafortunado rumbo que acabaron tomando los acontecimientos. En el caso del marxismo, esta tentación ha adoptado dos variantes. Una, la más generalizada, ha sido la de considerar que el resultado final, el hundimiento político de las sociedades que se reclamaban del pensamiento de Marx (las llamadas de socialismo real), constituye una refutación en toda regla de su pensamiento, malinterpretando de esta manera la auténtica naturaleza de la propuesta marxiana, que no cabe reducir a mera ciencia.

Nada más fácil en una tesitura así, cuando se constatan los errores de los protagonistas de la historia, que volver los ojos hacia sus ideas, hacia el 'en nombre de qué actuaban'

Pero también, aunque no tan generalizada, está la otra variante, la de quienes consideran que lo que se ha producido es un mal uso de una propuesta inicial impecable desde todos los puntos de vista. Suelen ser los mismos que recurren al conocido expediente de defender a Marx y condenar a los marxistas. Casi todos proceden de idéntica manera: plantean volver a los textos de los clásicos, esperando encontrar ahí algún tipo de verdad incontrovertible. Como si el hecho de estar en el origen garantizara una especie de pureza teórico-política y como si cualesquiera errores posteriores solo pudieran ser achacables al uso torcido de los escritos canónicos, esto es, los de los fundadores de la doctrina, los de sus clásicos. En el fondo, este era el supuesto en el que se basaba el entero proyecto filosófico de Louis Althusser, como él mismo ya explicaba en el prólogo a la segunda edición de su 'Pour Marx' en 1965.

Disturbios en París en mayo de 1968. (Getty Images)
Disturbios en París en mayo de 1968. (Getty Images)

Se trata de dos variantes que, cada una a su manera, no consiguen dar cuenta de lo que pasa, ni en el mundo ni en materia de ideas. Salvar a Marx a toda costa, sea lo que sea lo que se haya hecho en nombre de sus ideas, expresa un recalcitrante numantinismo ideológico demasiado parecido al de quienes sostienen que el comunismo no ha fracasado porque en realidad nunca se implantó en ningún sitio. Difícil tomarse en serio semejante actitud. Claro que lo pensado por quienes se inspiraban en Marx constituye un 'ismo' (el marxismo), diferenciable de lo escrito por su inspirador. Pero la historia, la de las ideas y la otra, no es a fin de cuentas más que un gran 'ismo': es la historia de lo que hemos ido haciendo con el legado que nos dejaron en herencia nuestros antepasados, remotos y próximos, asunto en el que cada generación tiene su propia responsabilidad, por otro lado, ineludible. Probablemente sea eso lo más importante de lo que ahora está por pensar o, si se prefiere, el motivo de mayor calado por el que vale la pena reflexionar acerca de estos aniversarios.

5. Una conclusión poco concluyente.- Y es que, en esto, finalmente, se resume todo. O, mejor dicho, he aquí la forma en que se conectan o articulan ambos aniversarios, cuestión anunciada desde el primer instante. Mayo del 68 constituye un modo particular —el modo que corresponde a una determinada generación, hoy declinante— de hacerse cargo de la herencia recibida. Porque lo que distingue a fin de cuentas a unas generaciones de otras no es tanto el continuismo o el rupturismo que pretenden representar respecto al pasado, como la específica manera en que asumen dicho legado. Por eso, dando un paso más en el razonamiento, el mejor destino que le puede aguardar a una generación es el de terminar aportando algo a la tradición a la que se incorpora. Todo ello con independencia del estrépito o sosiego con el que haya irrumpido en su propio tiempo, de la actitud iconoclasta o plácida con la que se haya podido dar a conocer. Lo que nos devuelve al punto de partida del presente escrito o, lo que viene a ser lo mismo, nos aboca al punto final.

Lo que puede ser humanamente comprensible en el plano personal (una determinada variante de aquella reconciliación) no es de recibo en el plano colectivo y, menos aún, en el político

Permítanme que lo diga con toda claridad, aunque sea ya para terminar: lo que puede ser humanamente comprensible en el plano personal (una determinada variante de aquella reconciliación con el padre de la que se hablaba al inicio) no es de recibo en el plano colectivo y, menos aún, en el político. Me refiero en concreto a la que bien podríamos denominar reconciliación a título póstumo. Al utilizar en el presente contexto tal expresión estoy pensando en esa peculiar reconciliación que llevan a cabo quienes, sirviéndose de una fraseología difusamente inspirada en las afirmaciones más visitadas de Walter Benjamin, buscan volver a conectarse con el pasado declarando hacer suyas las promesas incumplidas, los sueños frustrados de quienes les precedieron, etc. Porque semejante planteamiento, si tuviera que resumirse en términos casi de atestado policial, equivaldría a lo siguiente: primero se mata al padre y, una vez muerto, se llora ante su cadáver aún caliente la sensible pérdida y se asume como pendiente de realización todos aquellos objetivos por los que ahora se reconoce que luchó (y cuyo presunto incumplimiento, por cierto, era precisamente lo que se le estuvo reprochando hasta que exhaló su último suspiro).

No parece este, ciertamente, un planteamiento que deje en muy buen lugar a quienes lo presentan. Porque nos induce a terminar pensando algo poco estimulante, precisamente aquello que toda la hojarasca de la retórica política pretendía ocultar. Formulémoslo de una forma tan sencilla como rotunda: tal vez tanto empeño en matar al padre siempre tuvo en realidad como objetivo, más que acabar de una vez por todas con su nefasta influencia, ocupar por fin su lugar.

Filósofo de Guardia

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