'Quan creus que ja s'acaba, torna a començar' (Raimon)

El objetivo de tanta celebración es la movilización de las bases independentistas en vistas a mantener encendidos los ánimos ante la perspectiva del inminente juicio a sus líderes

Foto: Esteladas en un encuentro de Junts per Catalunya en 2017. (Reuters)
Esteladas en un encuentro de Junts per Catalunya en 2017. (Reuters)

Me permitirán una pequeña broma gremial para arrancar: si en alguna zona del territorio nacional los estudiantes de filosofía de bachillerato entienden a la primera, intuitivamente, sin necesidad de explicación ni desarrollo algunos, el concepto nietzscheano del eterno retorno como lo mismo que sucede en Cataluña. Lo cierto es que algo de verdad tiene la broma. De hecho, la temporada otoño-invierno del 'post-procés' (o 're-procés', o como sea que decidamos denominar a este alboroto que no cesa) va a tener como pistoletazo de salida la Diada del próximo martes y se anuncia como una sucesión de efemérides (o "etapas volantes" por utilizar la expresión de José Antonio Zarzalejos), dedicadas a la evocación de los diferentes episodios ocurridos en esta comunidad hará ahora un año: referéndum del 1-O, "huelga de país", DUI, encarcelamientos de políticos, etc.

Más allá de que el objetivo indisimulado de tanta celebración sea la movilización de las bases independentistas en vistas a mantener encendidos los ánimos ante la perspectiva del inminente juicio a sus líderes procesados y de la convocatoria electoral de la primavera próxima, conviene llamar la atención sobre otra dimensión de estas celebraciones. Y es que el propio hecho de considerarlas como tales cumple la función de fijar en el imaginario colectivo de la sociedad catalana una determinada interpretación de las mismas.

Conmemorar el 1-O es dar por descontado que se celebró un referéndum en condiciones del que surgió un "mandato democrático"

El verbo "fijar" es aquí importante, en la medida en que está indicando la voluntad, por parte de la dirigencia independentista, de consolidar un determinado relato de lo ocurrido en Cataluña no solo en el último año sino, más allá y, sobre todo, en la media docena de años que viene durando este desventurado 'procés'. Así, conmemorar el 1-O es dar por descontado que se celebró un referéndum en condiciones del que surgió, por utilizar una de las expresiones favoritas del oficialismo catalán, un "mandato democrático" para la secesión, de idéntica manera que celebrar el día de la declaración de independencia contribuye a consolidar en la sociedad catalana la idea de que la república es algo ya solo pendiente de "implementación" y así sucesivamente.

El asunto no es banal. Porque, disculpen lo obvio de la formulación, si algo se celebra es porque se supone que resulta digno de ser celebrado. Sin embargo, parece razonable preguntarse hasta qué punto merecen tal consideración unos hechos cuyos propios protagonistas describían en sede judicial como meramente simbólicos y sin la menor trascendencia real. O, por si alguien argumenta en descargo de los interesados que tales descripciones tan solo perseguían el objetivo, humanamente comprensible, de eludir la prisión, también podríamos recordar las posteriores declaraciones de la 'exconsellera' de Educación de la Generalitat Clara Ponsatí desde Escocia admitiendo, sin presión judicial alguna, que el ejecutivo catalán presidido por Carles Puigdemont siempre jugó "de farol". Pues bien, cabe preguntarse, ¿desde cuándo se conmemora una partida de póquer en la que, por añadidura, se ha perdido?

Quim Torra y Carles Puigdemont este miércoles en su reunión en Bélgica. (EFE)
Quim Torra y Carles Puigdemont este miércoles en su reunión en Bélgica. (EFE)

No obstante, constituiría un error colocar el foco de nuestra atención en la consistencia de cada uno de los episodios por separado o incluso en su específica y concreta naturaleza. Quien procediera así, terminaría a buen seguro enredado en una discusión que a estas alturas ya no importa a casi nadie, referida a asuntos tales como el incumplimiento de los principios básicos de un ordenamiento democrático, el respeto a las leyes y similares. Lo que en realidad está en juego en este encadenado de celebraciones es la secuencia que compone el conjunto de sus diversos episodios y el efecto que dicha secuencia produce.

No parece que quepan muchas dudas a este respecto. El resultado del encadenamiento es un relato épico que, aunque no consiga dar cuenta realmente de nada en particular, alcanza el objetivo que se propone. Y si, como está más que certificado, la exacerbación del victimismo por determinados agravios (cambiantes, según la coyuntura) es el procedimiento privilegiado para llevar a cabo movilizaciones puntuales, el relato global trufado de episodios presuntamente épicos persigue blindar, convirtiendo en permanente, un determinado estado de ánimo colectivo en el sector independentista de la ciudadanía catalana.

De eso parece tratarse realmente, de salvaguardar lo que siempre fue el nervio y el eje de la propuesta independentista, la cual, más allá de las cambiantes argumentaciones y variados planteamientos que ha ido ofreciendo a lo largo de estos últimos años (planteamientos a menudo contradictorios, cuando no directamente erráticos: ¿hay ejemplo más claro que la deriva del propio Carles Puigdemont en los últimos meses, pasando de una especie de sebastianismo republicano al peronismo telemático?), constituía un poderoso estado de ánimo colectivo o, por decirlo con lo que eran sus propias palabras hasta hace no tanto, un 'sentiment', base de su estabilidad electoral.

Pero quien cifra el grueso de su estrategia en la apelación sistemática a este recurso emotivo ha de asumir que ello tiene sus costes. No menores, por cierto. Cuando alguien desdeña la razón y lo fía todo a las emociones, no puede luego quejarse, en sentido propio y fuerte, de no ser entendido. Porque cabe la posibilidad de que no haya gran cosa que entender en lo que plantea y de que él mismo no se esté enterando de lo que ocurre en la realidad, de tan abrumado por sus sentimientos como se encuentra. Así, no deja de resultar llamativo que quienes tanto insisten en la necesidad de hablar de todo, llegando a convertir dicha insistencia en su principal reivindicación, no tengan en realidad, llegado el momento, nada relevante que decir.

Piense, quien considere que esta última afirmación resulta un tanto exagerada, en la conferencia de Quim Torra del pasado martes, que tanta expectación había suscitado. Dejemos ahora de lado lo pintoresco que resulta que alguien que ha coqueteado de manera inquietante con el supremacismo pretenda revestirse ahora con los ropajes ¡precisamente de Martin Luther King! y encabezar una marcha "contra el fascismo español" y "por los derechos civiles, sociales y nacionales". Al margen de esto, lo cierto es que, hasta alcanzar el horizonte de tan magno evento, aquel que no cesa de reclamar propuestas concretas a los gobiernos centrales se limitó a proponer a los suyos una agitación permanente (de baja intensidad, eso sí, no sea que nos vayamos a hacer daño) y una sucesión de celebraciones, fuertemente melancólicas, conmemorando lo que pudo haber sido y no fue. De ahí lo que comentábamos hace un momento y que, bien pensado, tal vez admitiría una matización final: o Torra no tiene nada que decir, o lo que podría decir se lo calla.

Filósofo de Guardia
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