Ahora que Venezuela está amortizada

Es de suponer que el cambio de convicciones sobre Venezuela traerá aparejado consigo un cambio en la gestualidad no solo de los líderes de Podemos, sino también de todo su grupo

Foto: Venezuela sale a la calle. (EFE)
Venezuela sale a la calle. (EFE)

No solo es que los políticos, como cualquier otra persona, tengan derecho a cambiar de opinión si las nuevas circunstancias los llevan al convencimiento de que las ideas que manejaban hasta ese momento han dejado de resultar útiles para explicar el mundo: es que tienen la obligación, política y moral, de llevar a cabo tal mudanza. Ya sabemos que, por desgracia, la actitud contraria es la más frecuente, pero no por ello la ciudadanía debería aceptarlo resignadamente. El 'sostenella' y 'no enmendalla', por más que constituya casi el paradigma de la actitud dogmática, debería ser visto por los ciudadanos como uno de los mayores peligros que le pueden sobrevenir desde la esfera de la política. Quien afirma, henchido de orgullo, que sigue pensando lo mismo que pensaba hace décadas está afirmando simultáneamente que no está dispuesto a que la realidad le arruine lo que tiene por un convencimiento satisfactorio. Con la brillantez que le es propia, Fernando Savater lo señalaba hace un tiempo, cuando le preguntaron si continuaba manteniendo las mismas ideas que en su juventud. Si así fuera, respondió, ¿de qué me habrían servido todos los libros que he leído durante todos estos años?

Ahora bien, quedarse en esta constatación —prácticamente de mínimos— no es suficiente. Si no diéramos un paso más, no estaríamos añadiendo gran cosa al tópico de que la rectificación es cosa de sabios, tópico que, dicho sea de paso, está lejos de ser una evidencia. Porque también el que cae en algún error al modificar sus opiniones precedentes está rectificando… pero para mal. O, un caso análogo, quien, inconsistente y dubitativo, es incapaz de sostener una posición de manera firme y la hace variar a la menor influencia, por ligera que sea, no podría ser considerado precisamente un modelo de sabio. Y qué decir, en fin, por no hacer muy larga la relación de contraejemplos, de quien abandona determinados planteamientos y abraza otros por motivos en nada relacionados con la calidad explicativa de ambos, sino únicamente por intereses prácticos, ¿también hemos de valorar su evolución como una muestra de sabiduría? En suma, dar por descontado que cualquier cambio de ideas implica automáticamente y sin más una mejora en las mismas es un supuesto que no se sostiene desde un punto de vista lógico.

De ahí que a cualquiera se le deba añadir, a la exigencia de cambiar de ideas si ha dejado de ver claras aquellas que antes mantenía, una exigencia complementaria, y es la de dar cuenta de las razones que le han llevado a dicho cambio. Como es natural, la exigencia es tanto mayor cuanto más importantes fueran en el esquema global de su pensamiento las ideas ahora abandonadas. De la misma manera que la exigencia pasa a ser poco menos que ineludible cuando de un personaje público se trata. Concretamente de ese tipo de personaje público cuya notoriedad es debida a las ideas que defiende. Incluso podríamos dar una vuelta de tuerca más al planteamiento y añadir que si un político ha destacado por su implacable reclamación a los demás de coherencia en sus planteamientos, él mismo no puede excluirse de la misma y pretender quedar exento de idéntico rigor en el cumplimiento de la obligación de dar cuenta de sus nuevas derivas.

La exigencia es tanto mayor cuanto más importantes fueran en el esquema global de su pensamiento las ideas ahora abandonadas

Hace escasas semanas, acaso barruntando la que se avecinaba, Pablo Iglesias sorprendía a su propia parroquia con una supuesta autocrítica, enunciada en unos términos ciertamente curiosos. Manifestó, como el que se apea de un vehículo ajeno, que "ya no compartía" las opiniones que en el pasado había mantenido, incluso con pasión, sobre el régimen bolivariano que todavía rige en Venezuela. Idéntica formulación ("ya no comparto") utilizaba más recientemente Íñigo Errejón en una entrevista periodística en 'El País' el pasado 27 de enero para expresar el mismo distanciamiento; en este último caso con el agravante de que apenas tres meses atrás había defendido en un programa de radio las bondades de la vida en aquel país. A personas que alardean de su formación intelectual y de un insobornable espíritu crítico parece razonable pedirles que respondan a un par de sencillas preguntas a este respecto: ¿cómo han podido tardar tanto en caer en la cuenta de que el régimen de Maduro era un desastre?, ¿hasta que la inflación no ha llegado al millón por ciento anual, y la hambruna y el desabastecimiento de productos básicos han pasado de ser amenazas a dolorosas realidades que castigan cruelmente a la población no han encontrado motivos para censurar aquel gobierno?

Dado que la rectificación de los dos líderes de Podemos no vino acompañada de la menor explicación sobre tan brusco cambio de opinión acerca de un asunto que, no solo les proporcionó una considerable notoriedad pública en sus inicios, sino que parecía constituir un elemento central en los planteamientos políticos fundacionales de su formación, una sospecha se abre paso, de manera inevitable, en medio de la presente reflexión: ¿no será que tanto Pablo Iglesias como Íñigo Errejón han caído en la cuenta de que lo peor de la ruina del país caribeño es que en algún momento algunos ciudadanos españoles podrían llegar a preguntarse si, a la escala que corresponda, ambos políticos contribuyeron con sus consejos como asesores a que dicha ruina se produjera?

Errejón ofrece una rueda de prensa en el Congreso de los Diputados. (EFE)
Errejón ofrece una rueda de prensa en el Congreso de los Diputados. (EFE)

La sospecha tiene como desembocadura otra interrogación, tal vez más desazonante aún para los antaño admiradores de Hugo Chávez: ¿no sería razonable que, como consecuencia de lo anterior, esos mismos ciudadanos vieran con genuina preocupación la posibilidad de que personas con tales antecedentes profesionales pudieran asumir tareas de gobierno entre nosotros? No parecen sospechas del todo infundadas a la vista de la forma en la que los dos líderes se distancian ahora de lo que antes tanto celebraban, como si no quisieran quedar salpicados por su propio pasado: "Yo no quiero eso [un régimen como el venezolano] para mi país". En todo caso, cabe plantearse si basta con una frase así, tan tajante como escasa de contenido, y con el apresurado borrado de los viejos tuits para dar por zanjado su firme compromiso político-intelectual con el régimen chavista, al que, todavía en esta década, Iglesias y Errejón consideraban un envidiable modelo digno de ser exportado a Europa.

Por lo demás, es de suponer que el cambio de convicciones al respecto de Venezuela traerá aparejado consigo un cambio en la gestualidad no solo de los líderes de Podemos, sino también de todo su grupo parlamentario. Lo señalo porque, como aquel que dice hasta hace un rato, cada vez que en el hemiciclo del Congreso los diputados conservadores de diverso signo mencionaban el nombre de Venezuela, la bancada morada, sin distinción alguna entre la facción pablista y la errejonista, estallaba en sonoras risotadas, cuando no en aplausos burlones, al tiempo que tanto el secretario general de la formación como el que fuera su segundo dibujaban en sus rostros unas displicentes sonrisas de desdén. Pues bien, es de suponer que ahora (exageración por exageración), cuando se produzca ese mismo recordatorio, los que ayer se carcajeaban romperán, compungidos, en sollozos mientras que Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, este último en ausencia, compondrán la más dolorida expresión de arrepentimiento. Qué menos en quienes llevan a cabo una sincera autocrítica.

Filósofo de Guardia
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
12 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios