Los consensos imaginarios de Torra (o por dónde ir cuando no hay hoja de ruta)

Agotado el relato del 'procés', sus dirigentes andan dando palos de ciego en busca de aquellos elementos reivindicativos que les permitan cohesionar de nuevo a sus votantes

Foto: El presidente de la Generalitat, Quim Torra. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Quim Torra. (EFE)

Que el independentismo haya perdido la batalla del 'procés' no significa que esté muerto. Es obvio. De hecho, su problema primordial en este momento es cómo sobrevivir a los daños causados por dicha derrota. Entre los independentistas los hay preocupados por un solo tipo de daño, el que tiene ver con el recién iniciado juicio a sus líderes políticos. Concretamente, por el hecho de que la sentencia pueda traer consigo aparejada la desaparición de la vida pública, inhabilitación mediante, de toda una generación de políticos. Si se me permite la apostilla, no estoy seguro de que dicha posibilidad resulte muy de lamentar desde el punto de vista del interés común (cosa distinta es lo que nos puedan parecer desde el punto de vista humano las penas de prisión), especialmente a la vista de cómo nos ha ido con ellos al mando a lo largo de los últimos años, pero en todo caso no es esa la cuestión que pretendía abordar ahora.

A lo que iba es a que plantear el asunto en términos de personas y de liderazgos supone plantearlo mal en la medida en que implica distraerse en cierto modo con lo menos importante. Por supuesto que el independentismo, ya desde la desaparición política de Jordi Pujol, está teniendo serios problemas con la selección de sus líderes. Pero el contenido de esos problemas (al menos el contenido que ahora importa) no es psicológico sino político, esto es, la incapacidad por parte de quienes han ocupado las más altas responsabilidades de gobierno en Cataluña para diseñar una estrategia viable y convincente para su futuro. Atrapados en unos compromisos iniciales de imposible cumplimiento (¿a qué responsable político se le puede ocurrir asegurar a sus votantes que los objetivos de su programa de máximos se iban a alcanzar en un plis-plas?) han ido "pasando pantallas", esto es, cambiando de consignas, de 'fake en fake', subiendo la apuesta con una ligereza y frivolidad insufribles hasta desembocar en el disparate político que significó una proclamación de la república catalana que duró ocho segundos.

Con estos tres elementos, a los que Torra denomina "tres grandes consensos", se pretende elaborar la argamasa que cohesione al electorado 'indepe'

Agotado el relato del 'procés', sus dirigentes andan dando palos de ciego en busca de aquellos elementos reivindicativos que les permitan cohesionar de nuevo a sus votantes. Como era de prever en un discurso que lleva toda su vida alimentándose del agravio, la intervención de los jueces ha proporcionado renovado combustible victimista a la causa del independentismo, que ha procedido a rebautizar dicha intervención como "represión judicial". Junto a este elemento, los ideólogos de lo que queda de 'procés' han decidido mantener un segundo, el referéndum (aunque ya llevemos, tirando por lo bajo, dos, y del último haya surgido, según su propia terminología, un "mandato democrático" para la independencia por lo que no se termina de ver por parte alguna la necesidad de otro referéndum más) y, finalmente, incorporar un tercero, el rechazo a la monarquía. Con estos tres elementos, a los que Quim Torra denomina, con la insustancialidad teórica que le caracteriza, "tres grandes consensos", se pretende elaborar la argamasa que cohesione de nuevo al electorado independentista, confundido no solo por sus estrepitosas derrotas políticas (no se ha alcanzado ninguno de los objetivos que se le anunciaron) sino por las banderías internas de su núcleo dirigente.

Conviene destacar el carácter sobrevenido del último de tales elementos, el rechazo a la monarquía. De hecho, en los albores del 'procés' todavía había quien fantaseaba que la forma del encaje de Cataluña en España que permitiría la resolución del supuesto conflicto entre ambas podría venir representada por una organización confederal del Estado que conservara la figura del monarca como elemento simbólico residual de la vieja unidad perdida, un poco a la manera en que desempeña ese papel la figura de la reina de Inglaterra en la Commonwealth. En un planteamiento así, la Corona, lejos de constituir un objetivo primordial a batir, se entendía que podía significar un elemento susceptible de ser incorporado a la salida del conflicto. Pero alguna mente clarividente en la sala de máquinas del independentismo decidió que había que incorporar al Rey al problema, y no a la solución, y orquestó una manifestación-trampa en agosto de 2017 con ocasión de los atentados de Barcelona.

El rey Felipe durante su intervención en la entrega de los premios nacionales de investigación. (EFE)
El rey Felipe durante su intervención en la entrega de los premios nacionales de investigación. (EFE)

En la reconstrucción del último tramo del 'procés' que el independentismo ha llevado a cabo se omite este episodio (así como la peregrina excusa, que entonces se aireó profusamente, de la venta de armas a Arabia Saudita por parte de empresas españolas como justificación del boicot a Felipe VI) y se coloca el inicio del rechazo secesionista a la monarquía en la intervención televisiva del jefe del Estado del 3 de octubre, llegando al extremo de afirmar que este debería pedir excusas al pueblo de Cataluña por haber legitimado con sus palabras la violencia policial del 1-O. Lo cierto es que si alguien se tomara la molestia de repasar la intervención real comprobaría de inmediato que en ella no aparecen en ningún momento los planteamientos que los independentistas se empeñan en atribuirle, pero no vale mucho la pena insistir en ello porque este engañoso modo de proceder ha pasado a formar parte del ADN del 'procés'. Mi sensación particular, por decirlo todo, es que el texto de aquella intervención era inobjetable en lo que decía, aunque mejorable en lo que dejaba de decir.

Pero es que el presente razonamiento podría todavía ir más allá de la mera constatación de que, en el corto y medio plazo, no acaba de verse que resulte lo más inteligente para los intereses del propio independentismo el considerar que la monarquía constituye el obstáculo primordial por apartar. Porque, a fin de cuentas, no solo es que sean monarquías algunos de los países que ocupan los primeros puestos del 'ranking' de democracias avanzadas del mundo, sino que el único lugar del planeta en el que se llevó a cabo el tipo de referéndum que nuestros independentistas tanto declaran anhelar, esto es, en Escocia, forma parte de un Estado, el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, que tiene como cabeza visible a una reina.

La reina Isabel II del Reino Unido. (EFE)
La reina Isabel II del Reino Unido. (EFE)

Fieles a su ADN, el dato fue soslayado de manera sistemática por nuestros independentistas, que se estuvieron dedicando durante una larga temporada a lanzarle todo tipo de elogios (sobre todo el de ser "un auténtico demócrata") a un político tan acreditadamente inepto como David Cameron hasta que su ineptitud (con otro referéndum por cierto, el del Brexit) devino escandalosa. Una de dos: o al independentismo se le había escapado el dato de que la forma del Estado en el que se estaba celebrando el referéndum era la monárquica (descuido imperdonable que denotaría una incompetencia política solo comparable a la del propio Cameron) o prefirió omitírselo a los suyos (en cuyo caso nos encontraríamos ante el enésimo engaño del 'procés', y van…). Llegados a este punto, la pregunta del millón, que nos devuelve al arranque del presente artículo, ya solo puede ser la siguiente: ¿y no será que se omitió dicho dato porque el verdadero interés del independentismo a partir de un determinado momento pasó a ser la cronificación del conflicto y considera que todo vale a los efectos de mantener bloqueada la situación?

Filósofo de Guardia
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