Acordar las palabras (una lanza por el lenguaje inclusivo)

Recurramos, por poner algunos ejemplos, a 'profesorado' en lugar del extenso 'profesores y profesoras', a 'ser humano' en lugar del genérico 'hombre' y así sucesivamente.

Foto: La RAE siempre ha defendido el uso del masculino genérico. (EFE)
La RAE siempre ha defendido el uso del masculino genérico. (EFE)
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Antes de que a alguno de nuestros filósofos locales le diera por utilizar a John L. Austin como perejil de todas sus salsas, Javier Pradera ya gustaba de advertir de que, en efecto, como había dejado dicho el pensador británico, se pueden hacer cosas con palabras. El ejemplo favorito de nuestro desaparecido analista político era la orden de “¡fuego!” dada a un pelotón de fusilamiento, orden que genera inequívocos efectos prácticos, cosa que, si pudieran, certificarían los fusilados. Pero la lista de ejemplos se podría alargar casi hasta el infinito sin la menor dificultad. Conformémonos con presentar solo dos. Un testamento no deja de ser un conjunto de palabras que, en la medida en que transmiten instrucciones, genera consecuencias en el mundo real. Lo propio ocurre con los insultos, que dan lugar a la ofensa del insultado, por más que el insultador pretenda convencer a los demás de que se limitaba a describir (de ahí la fórmula, en ocasiones hasta divertida, con la que algunos pretenden disculparse tras proferir las más desmesuradas ofensas: “Me disculpo si alguien ha podido sentirse ofendido”).

Constatado esto, habría que introducir un primer matiz, particularmente relevante: el de que con las palabras no solo se pueden hacer cosas, sino de muy variado tipo. Pueden ser buenas, malas y regulares. El matiz es pertinente sobre todo cuando, como en estos tiempos, se plantea especialmente desde el feminismo la cuestión del lenguaje inclusivo. Porque si, como acabamos de señalar, nuestras palabras pueden tener efectos prácticos, proponerse intervenir en el lenguaje cuando consideramos que los efectos que genera nos parecen censurables resulta algo perfectamente justificado. Pero que, en abstracto, la intervención quede justificada no significa, obviamente, que cualquier intervención que se plantee sea razonable. Así, puede ocurrir que propuestas de nuevas formulaciones que se presenten como respuesta a usos indebidos no resulten las más adecuadas por uno u otro motivo.

Que, en abstracto, la intervención quede justificada no significa, obviamente, que cualquier intervención que se plantee sea razonable

Lo importante, en todo caso, es tomar conciencia de que a través del lenguaje vehiculamos puntos de vista, valoraciones y prejuicios de los que en la mayor parte de ocasiones no somos conscientes y que en algunos casos, de serlo, rechazaríamos abiertamente. En dicho sentido, llamar la atención sobre la presencia eficaz de todo ese magma ideológico subyacente es el primer paso para poder tomar las medidas oportunas. Recuerdo haber leído hace unos años en la sección 'Cartas al director' de un diario de difusión nacional la misiva de un lector que llamaba la atención sobre la carga valorativa que contenían expresiones que se utilizaban de manera generalizada en la sección de deportes sin atribuirles la menor trascendencia. Se refería el lector en cuestión al término 'negrito', que aparecía en muchas crónicas de la época para referirse al jugador, de origen africano, de un equipo de fútbol. También observaba ese mismo lector otros usos generalizados del diminutivo, como cuando se hablaba de las 'monjitas'. Pero, se preguntaba con perspicacia a continuación el autor de la carta, ¿por qué nadie se refiere a los 'obispitos', los 'cardenalitos' o, me atrevo por mi cuenta a dar el paso que falta, el 'papita'? La respuesta parece fuera de toda duda: el diminutivo presuntamente cariñoso en realidad estaba vehiculando un inequívoco paternalismo formulado desde una autoatribuida, aunque nunca explicitada, posición de superioridad.

Decíamos que la detección de todos estos presupuestos es lo que importa, porque en demasiadas ocasiones el debate sobre tales asuntos se queda enredado en la cuestión de si determinadas alternativas que últimamente tienden a proponerse son las más adecuadas o, por el contrario, más allá de su indudable buena intención, retuercen el lenguaje hasta extremos inaceptables, amén de poco eficaces en la práctica. Tal vez, en concreto, sea cierto que puede resultar un tanto artificioso andar desdoblando muchos de nuestros plurales en masculino y femenino, con el consiguiente riesgo, señalado por algún académico de la lengua, de que terminen consolidándose dos maneras de hablar según los foros en los que se encuentre el hablante, reservando este las políticamente correctas para los foros públicos y manteniendo las heredadas, más económicas, para la esfera privada.

Pero si acordamos lo fundamental, que es no solo el rechazo a convertirnos en correas de transmisión de creencias rechazables (¿alguien concibe hoy poder utilizar en sentido despectivo un término como 'judiada'?) sino la reivindicación de nuestro derecho a intervenir sobre el lenguaje, las dificultades que puedan irse planteando no deberían ser particularmente difíciles de subsanar. En el bien entendido de que la mayor parte de dificultades no presentarán carácter ideológico, sino fundamentalmente práctico. Así, de la misma manera que los vecinos de mayor edad se resisten a aceptar el cambio de nombre de una calle o plaza no porque se sientan solidarios con la persona o gesta a la que aquellas vienen dedicadas sino por la sencilla razón de que llevan tiempo llamándolas de la vieja manera, así también la resistencia de tantos usuarios del lenguaje a cambiar de palabras no deberíamos cargarla con sospechas improcedentes.

Pongámonoslo (y pongámoselo a ese imaginario vecino del lenguaje) fácil. Tal vez no haga falta inventar nada, como en algún momento se atrevía a hacer el por otra parte añorado Jesús Mosterín con su propuesta de sustituir 'humanos' por 'humanes', 'amigos' por 'amigues' y así sucesivamente. Probablemente, la producción de neologismos, más que solución, sea fuente de conflictos, en la medida en que introduciría una cierta dosis de violencia en unos hablantes que llevan mucho tiempo usando unas determinadas palabras. Un procedimiento de semejante orden, en la medida en que puede resultar artificioso, no representa un buen instrumento de comunicación. Mejor será que rebusquemos en la riqueza del lenguaje del que ya disponemos. Probablemente encontremos ahí recursos más que sobrados para hablar mejor. Recurramos, por poner algunos ejemplos, a 'profesorado' en lugar del extenso 'profesores y profesoras', a 'ser humano' en lugar del genérico 'hombre' y así sucesivamente.

Tal vez, en concreto, sea cierto que puede resultar un tanto artificioso andar desdoblando muchos de nuestros plurales en masculino y femenino

Recursos, en definitiva, que, liberándonos de la condición de esclavos de las formulaciones heredadas (y, en la misma medida, cargadas de connotaciones no siempre deseables: cada cierto tiempo, la Real Academia se ve obligada a retirar de su diccionario determinadas acepciones de una palabra precisamente por esa razón), nos permitan recuperar nuestra soberanía sobre el lenguaje. Esa soberanía que hasta ahora parecía que solo nos atrevíamos a reivindicar abiertamente cuando aparecía un nuevo objeto en el mundo que necesitaba ser nombrado, bautizado en las aguas del lenguaje para poder ser convocado por todos. Pues bien, el momento histórico nos invita a ir más allá, especialmente por la reclamación de esa mitad de la humanidad, las mujeres, que exige recibir en el plano de las palabras el trato que se merece.

Así, debemos asumir, por una parte, que en determinadas ocasiones descontaminar de prejuicios las palabras nos podrá obligar a prescindir de alguna de ellas. Pero, por otra, no podemos perder de vista que el lenguaje mismo no se puede convertir en un obstáculo para la comunicación sin traicionarse a sí mismo. Y tal vez también convenga, en fin, que recordemos que probablemente el mejor sinónimo de 'inclusivo' sea 'acogedor'.

Filósofo de Guardia
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