¿Y si los nuestros también manipularan?

Determinadas expresiones, cargadas de valor pero de apariencia obvia, han pasado a ser moneda corriente cuya falsedad nadie que se tenga por progresista osa denunciar

Foto: Foto: EFE
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El lenguaje hace tiempo que dejó de ser un instrumento de utilidad en el combate político para transformarse en el escenario mismo de la batalla. Es cierto que nos lo venían anunciando desde hace casi un siglo, como poco desde que Goebbels se hizo famoso por detectarlo. Pero no es menos cierto que lo que entonces era apenas tendencia, o incipiente dirección de la corriente, ha terminado por consagrarse como realidad, con la transformación de los medios de comunicación clásicos y la irrupción de unas redes sociales máximamente eficaces para vehicular consignas y del todo inútiles para transmitir razonamientos. Hasta tal punto es así que nada más fácil que ir leyendo la deriva de cuanto va pasando al hilo de las peculiaridades con las que se va nombrando, hasta llegar al extremo de lo que ha terminado por ocurrir con Donald Trump, que simplemente se ha limitado a explicitar esta lógica, a reconocer que en lo tocante a ganar la batalla del lenguaje todo vale.

Algunos se han escandalizado —un tanto farisaicamente para mi gusto— de la obscenidad con la que el actual presidente de los EEUU ha reconocido su propósito, como si el asunto no fuera con ellos, como si la determinación de hacerse con el poder de las palabras fuera solo cosa de los sectores más reaccionarios, tanto en el país norteamericano como entre nosotros. No está nada claro que sea así. De hecho, no costaría encontrar abundantes ejemplos de tales prácticas en casi todas partes. Pero, de la misma forma que no basta con recordar, frente a los teóricos de los hechos alternativos, que no hay una realidad alternativa sino que lo que hay son modos alternativos de contarla, así también plantear el asunto de la manipulación a base de contraponer listas de casos de la misma protagonizados por unos y por otros ayudaría poco a entender lo que nos está pasando a este respecto.

Donald Trump. (Reuters)
Donald Trump. (Reuters)

De mayor utilidad en cambio resultará intentar explicitar la lógica subyacente que dirige el funcionamiento de tales prácticas. Al menos de esa manera estaremos en condiciones, no solo de defendernos mejor de las instrumentalizaciones ajenas, sino también de evitar, autocrítica mediante, las propias. Dado que de las primeras ya se ha ocupado, y muy atinadamente por cierto, Nicolás Sartorius en su reciente y exitoso libro 'La manipulación del lenguaje' (ya comentado aquí mismo), se me permitirá alguna referencia a las segundas. Así, por tirar de algún cabo, determinadas expresiones, cargadas de valor pero de apariencia obvia, han pasado a ser moneda corriente cuya falsedad nadie que se tenga por progresista osa denunciar. Una de las formas más habituales de poner en circulación expresiones generadoras de engaño es a través del escamoteo de deslizar indirectamente (o por contraste), a través un adjetivo o de un verbo, una valoración positiva que en sí misma nunca queda justificada.

Tal ocurre cuando se utilizan consignas del tipo "no criminalicemos…" (y a continuación lo que corresponda), en las que se da por descontado que, si se pone a salvo de la criminalización, nada habría que criticar al elemento del que se trate. Y así, algunos hablan con absoluta desenvoltura de "no criminalizar al Islam", "no criminalizar al independentismo", "no criminalizar a los manteros", "no criminalizar a los okupas" o lo que proceda en cada caso, deslizando de esta manera la idea de que, desactivada la exageración de tratarlos como criminales, ningún reproche ulterior les puede ser formulado. Pero la falacia del planteamiento se hace patente si pensamos en la posibilidad de que a alguien se le ocurriera afirmar cosas tales como "no criminalicemos a los pederastas", "no criminalicemos a los terroristas", "no criminalicemos a los maltratadores" o, por no alargar la serie de ejemplos, "no criminalicemos a los nazis". Es obvio: en estos otros casos damos por descontado que la criminalización se la tienen merecida los aludidos, por lo que el hecho mismo de explicitarla constituiría, si acaso, una simple redundancia.

No basta con recordar, frente a los teóricos de los hechos alternativos, que no hay una realidad alternativa sino modos alternativos de contarla

Operación análoga tiene lugar cuando se utilizan términos que ya desde su misma formulación arrastran connotaciones inequívocamente negativas. ¿O es que es posible, pongamos por caso, salir en defensa de algo que ya viene denominado de salida como fondos buitre? ¿O cabe ser partidario de un sistema impositivo al que se le conoce como expolio fiscal? ¿Cómo abogar a favor de un Estado al que previamente hemos calificado como Estado-canalla? O, si lo prefieren, ¿cómo criticar las acciones de unos grupos a los que, en un alarde de impropiedad, se acepta denominar como antifascistas? Y así sucesivamente.

También a la inversa: es frecuente que se carguen de connotaciones positivas expresiones cuyo contenido real resulta en muchas ocasiones casi perfectamente desconocido por la mayoría de sus usuarios. Es lo que ocurre en Cataluña con la expresión "profundizar en el autogobierno", que es considerado según todas las encuestas por el grueso de la ciudadanía catalana como algo deseable, como un valor positivo indiscutible, aunque sin duda el grueso de ese grueso se encontraría en severos apuros para precisar cuáles son los ámbitos de autogobierno susceptibles de profundización en Cataluña que tanto declaran desear.

El presidente de la Generalitat de Cataluña, Quim Torra, sale en coche oficial del Palau de la Generalitat. (EFE)
El presidente de la Generalitat de Cataluña, Quim Torra, sale en coche oficial del Palau de la Generalitat. (EFE)

Con lo que llegamos a una de las cuestiones que demuestra más claramente el carácter rabiosamente contemporáneo de este asunto. Porque si aceptamos que nadie está libre de pecado (aunque en esta vida siempre haya unos que pequen más que otros), y que tal vez la mejor manera de combatir la manipulación de un signo no sea a través de una manipulación de signo opuesto, la pregunta que, de modo casi ineludible, se desprende de ello es la siguiente: ¿constituye el habitualmente calificado como "lenguaje políticamente correcto" la respuesta adecuada a los desmanes cometidos con la palabra por nuestros adversarios?

No es una pregunta de fácil respuesta. Y no porque le esté concediendo la más mínima parte de razón a los seguidores de Donald Trump (o de Vox) que consideran dicho lenguaje como una agresión en toda regla a la libertad de expresión, amén de una manipulación en sí mismo, sino porque en este punto conviene afinar al máximo. Personalmente, me alineo con la posición de quienes extraen de la célebre tesis de J. L. Austin según la cual se pueden hacer cosas con palabras con la consecuencia lógica de que se pueden hacer cosas reprobables con ellas, lo que justifica que intervengamos sobre las mismas, intentando corregir sus malos usos. Me parece, en concreto, una atendible argumentación a favor del lenguaje inclusivo, como yo mismo intentaba argumentar aquí el pasado 7 de marzo "Acordar las palabras").

Me alineo con la tesis de que se pueden hacer cosas con palabras con la consecuencia lógica de que se pueden hacer cosas reprobables con ellas

Pero tal vez planteen más problemas otros argumentos que, acogiéndose a la misma cobertura legitimadora, extraen consecuencias dignas de reflexión. Así, por poner un ejemplo ilustrativo, las personas con discapacidad no admiten de ningún modo ser denominadas o nombradas como "discapacitados". Proponen que se sustituya el término "disminuidos" del artículo 49 de la Constitución, por "personas con discapacidad". La razón está clara: no desean verse definidos por completo a través de un rasgo, como si su ser se consumiera por completo en sus déficits auditivos, motores, visuales o de cualquier otro tipo, deseo que sin duda parece perfectamente atendible.

Ahora bien, ¿constituye una trampa en sentido propio y fuerte el hecho de ontologizar a una persona definiéndola por entero a través de un término que puede venir severamente connotado como es, en el ejemplo anterior, el de discapacitado? Sin embargo, dicho mecanismo, al que bien podríamos denominar "sinécdoque ofensiva", ¿acaso no es el que vemos utilizado en un gran número de casos que, por cierto, nunca ponemos en cuestión? Cuando decimos de alguien que es un "político", ¿no estamos definiendo también, y en unos términos cargados de connotaciones negativas, la totalidad de su persona? Aunque tal vez subiendo un tanto la intensidad dramática del ejemplo se entienda mejor lo que pretendo señalar. ¿Se podría quejar quien llevó a cabo torturas de ser calificado como torturador? ¿Y el que violó? ¿O el derecho a no ser definido por completo a través de lo que solo es un rasgo, una circunstancia o un comportamiento ocasional lo pueden reclamar en exclusiva minorías o sectores considerados previamente como oprimidos o vulnerables, en una especie de discriminación positiva en el ámbito del lenguaje?

En un momento como el actual, la batalla política es, decididamente, mucho más una batalla por las palabras que por las ideas

Pero intentemos colocarnos por un momento en el punto de vista de alguno de los afectados por estas presuntas sinécdoques ofensivas. Como es obvio (y razonable) un preso que hubiera cumplido su condena por alguna de las conductas mencionadas y hubiera sido rehabilitado con éxito rechazaría, indignado, una ontologización como la señalada. De hecho, es lo que ha venido argumentando en los últimos días Pilar Baeza, candidata de Podemos a la alcaldía de Ávila, condenada como cómplice de un asesinato cometido en 1985, y que cumplió su pena hace más de un cuarto de siglo: "soy otra persona", no deja de proclamar. Pero a la vista está, atendiendo a la escandalera provocada por su candidatura, el dudoso éxito de sus palabras. Con lo que va de suyo la pregunta: ¿el lenguaje políticamente correcto es algo universal o va por barrios? Frente a esto, ¿puede el nombrado decidir la forma en que desea serlo o a eso tienen derecho también los demás? Con otras palabras, ¿es cada cual quien determina su propia identidad, o se está en manos de los otros a este respecto?

No descarto que a alguien le puede parecer que con estos últimos ejemplos nos estamos enredando en una casuística tal vez entretenida pero ayuna de importancia real, o que estamos cogiendo el rábano por las hojas y que todo lo anterior tiene una importancia práctica francamente relativa. En la película 'El vicio del poder', dedicada a ese gran manipulador del lenguaje que fue el vicepresidente de Bush, Dick Cheney (sí, sí, el de las armas de destrucción masiva), esto queda respondido de manera rotunda. Se puede ver allí cómo las mismas personas que, cuando se les planteaba la cuestión de un impuesto de sucesiones, se mostraban claramente a favor, pasaban a rechazarlo de manera rotunda en el momento en el que los republicanos, con gran habilidad en estas lides, le cambiaban el nombre y le llamaban "impuesto a la muerte". Nos gustará más o menos, pero la conclusión que de todo ello se desprende parece clara: en un momento como el actual, en el que los discursos se han debilitado hasta resultar casi irrelevantes, la batalla política es, decididamente, mucho más una batalla por las palabras que por las ideas.

Filósofo de Guardia
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