Por qué fracasan los políticos

Una cosa es que lo que deje más huella en la memoria colectiva sea lo que de veras merece ser recordado y otra, bien distinta, que nada deje ninguna huella en absoluto.

Foto: El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero. (EFE)
El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero. (EFE)

En muchas ocasiones utilizamos como explicación cuasi mágica de sucesos en apariencia inesperados pero cuya causa resultaría fácil de determinar a poco que lo pensáramos expresiones como “intuición”, “presentimiento” y similares. Sabemos que lo que en realidad suele ocurrir en estos casos es que informaciones sin procesar, pero que habían quedado registradas en nuestra mente, se activan y emergen a la superficie de la conciencia cuando encuentran el estímulo adecuado. En el fondo, son falsas explicaciones o explicaciones perezosas que probablemente nos permiten ahorrarnos la laboriosa tarea de tener que llevar a cabo un análisis más elaborado de la complejidad de lo real. Hacerlo nos proporcionaría sin duda un dibujo más fiel que el recurso al sortilegio de una sola palabra, pero también podría colocarnos ante alguna evidencia incómoda por una u otra razón.

Pues bien, lo mismo, o algo muy parecido a lo que ocurre en la vida cotidiana, ocurre igualmente en la esfera social y política. Es el caso de cuando atribuimos a factores como la 'barakka' o a cualidades personales (tenacidad, resiliencia…) la fortuna de un dirigente. Muchos recordarán que 'barakka' era un término que se utilizaba profusamente para describir la buena suerte que parecía acompañar a José Luis Rodríguez Zapatero en sus comienzos. El recurso era ciertamente confortable: le permitía a quien lo utilizaba ahorrarse el tener que enfrentarse a la complejidad de la situación y proporcionar las explicaciones adecuadas. De haberlo hecho, probablemente hubiera constatado que buena parte de lo que se contabilizaban como reiterados y asombrosos golpes de fortuna en realidad tenían que ver con la situación objetiva en la que se encontraban sus adversarios, cuyas desventuras (especialmente electorales) repercutían de inmediato en provecho del presidente socialista.

Pero esas desventuras no eran casuales, ni respondían a un motivo tan azaroso e inexplicable como la fortuna de su rival, sino que eran la consecuencia casi inevitable de la acumulación de errores que, finalmente, terminaba por estallar en términos de sucesión de desgracias políticas. Porque no cabe obviar que si buena parte de estas últimas alcanzaban una notable repercusión era porque en cierto sentido significaban la gota que colmaba algún vaso, esto es, porque la ciudadanía tenía la difusa sensación de que se habían ido acumulando comportamientos reprobables que terminaban generando una sensación de hartazgo. El lector puede aplicar este mismo diseño a cualquier otro gobierno del pasado que estime oportuno, con independencia de su signo, y con toda probabilidad comprobará que le vale para explicar la auténtica razón por la que dicho gobierno acabó perdiendo el poder.

La acumulación de errores finalmente terminaba por estallar en términos de sucesión de desgracias políticas

Análoga ligereza explicativa encontramos en todos esos presuntos analistas políticos con ínfulas filosóficas (la mayor parte de ellos, por cierto, sin obra filosófica alguna) que, tomando a voleo cuatro afirmaciones de aquí y allá, y utilizando los tópicos más visitados de Baudrillard, Vattimo, Lyotard, Bauman, Byung Chul-Han y algún otro ensayista de moda, decretan que, puesto que todo es tan volátil en este tiempo que nos ha tocado vivir, tanto da ocho que ochenta, Juana que su hermana. En consecuencia, prosiguen, viene a dar poco más o menos lo mismo lo que haga un responsable político porque, con toda seguridad, el viento del olvido hará que en poquísimo tiempo cualquier episodio que haya protagonizado, por más censura que pueda merecer, quede borrado de la memoria colectiva.

Jordi Pujol junto a su mujer, Marta Ferrusola. (EFE)
Jordi Pujol junto a su mujer, Marta Ferrusola. (EFE)

Pero una cosa es que lo que deje más huella en la memoria colectiva sea lo que de veras merece ser recordado -lo realmente más importante- y otra, bien distinta, que nada deje ninguna huella en absoluto. Pensar de esta manera aboca a los mayores errores, tanto en el plano personal como en el político. Así, por lo que supimos a través de los medios de comunicación, Marta Ferrusola, la mujer de Jordi Pujol, estaba convencida de que la carta abierta de su marido en julio de 2014 reconociendo sus irregularidades con la hacienda pública española, y el origen más que dudoso de la fortuna acumulada por la familia, se olvidaría en pocas semanas, y a la vista está la marca indeleble que esos hechos han dejado en amplios sectores de la ciudadanía catalana.

Probablemente Pablo Iglesias pensó cosas parecidas cuando decidió adquirir su actual vivienda, confiado en que, aunque en un primer momento la decisión pudiera suponerle un cierto desgaste en su imagen pública, el episodio acabaría, como el de Pujol, en el olvido, cuando en realidad es más que probable que el daño que dicha imagen ha sufrido constituya una de las causas primordiales del previsible debacle electoral de la formación que lidera. También en este caso se dejó de tomar en consideración la acumulación sostenida de pequeñas decepciones por parte de sus votantes (decepciones que enseñaban la patita en la reiterada última posición -y cayendo- que desde hace tiempo ocupaba Iglesias en la valoración de los líderes de los principales partidos políticos del país), como si la ausencia de respuesta clara y pública ante ellas equivaliera a su inexistencia como tales decepciones. O como si en política rigiera el principio de que un clavo saca otro clavo, y de que bastaría con alguna vistosa aparición en televisión, debidamente diseñada por el gabinete de imagen, para neutralizar todos los errores anteriores.

Irene Montero y Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados. (EFE)
Irene Montero y Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados. (EFE)

Analistas y políticos yerran al proceder de esta manera, al desdeñar la importancia y la eficacia de la memoria, al igual que se equivocan cuando, comodones, declinan analizar en su complejidad las situaciones con las que se enfrentan y prefieren sustituir el análisis de los hechos por la apelación a categorías a medio camino entre la magia y la taumaturgia. Es cierto, respecto a la memoria, que, como casi todo en nuestro tiempo, tampoco ella es lo que era. Pero sigue siendo, y lo que se impone es pensar sus modalidades de existencia en la sociedad actual. Teniendo en cuenta que por más líquido, volátil, efímero o acelerado que sea nuestro mundo, la condición de posibilidad de nuestra existencia como individuos, como nos hiciera saber David Hume hace ya siglos, reside en nuestra memoria. Somos porque recordamos y somos lo que recordamos. Sin olvidar el corolario que falta, y que probablemente esté en el origen del monumental error de percepción que venimos comentando: los demás son lo que recordamos de ellos.

Por supuesto que alguno de aquellos analistas políticos con ínfulas filosóficas a los que me refería antes podría contra-argumentar, estirando el hilo del planteamiento del filósofo escocés y poniéndose estupendo ante sus colegas, que en realidad lo que hace la memoria es crear la ilusión del yo entendido como un objeto continuo y persistente. Es una contra-argumentación atendible, por supuesto. Pero dudo mucho que a la misma se puedan acoger personas y personajes como los mencionados, que, si por algo se caracterizan, es justo por poseer un yo decididamente robusto. A prueba de bomba en realidad. Sorprende entonces que los que tanto recuerdan quienes son ellos (de hecho, no parecen perderse de vista a sí mismos ni un solo instante) confíen tanto en que la gente olvide lo que han hecho.

Filósofo de Guardia
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