Las derrotas de los vencedores (¿cuántos somos o qué podemos?)

La impugnación radical del orden democrático existente en España que planteó en su momento el independentismo está claro que no ha alcanzado su objetivo

Foto: El candidato número dos al Congreso, Gabriel Rufián. (EFE)
El candidato número dos al Congreso, Gabriel Rufián. (EFE)

Sin duda, la franja de independentistas sobrevenidos procedentes del nacionalismo moderado —y, por tanto, supuestamente más proclives que los independentistas pata negra a una reconsideración crítica de las posiciones a las que se han adherido hace poco— se ha convertido en el poco oculto objeto del deseo de los sectores constitucionalistas más abiertos. Es razonable el planteamiento. Si miramos las cosas con una cierta perspectiva de conjunto y no nos enredamos con los detalles, por lo menos un motivo para el optimismo podemos encontrar (para el pesimismo andamos sobrados de ellos, para qué engañarnos). Me refiero al hecho de que, haciendo números, lo que ha significado el 'procés' no ha sido propiamente una ampliación de la base soberanista (la suma de votantes de ERC y los de la vieja CiU se mantiene prácticamente idéntica desde hace años), sino más bien una radicalización de la práctica totalidad de ese sector hacia un independentismo explícito.

Se diría que es la conciencia de la existencia de este techo por parte del propio independentismo la que ha llevado a sectores del mismo a plantear por enésima vez, tras las elecciones del 28-A, la cuestión del referéndum de autodeterminación. Y lo han hecho sacando a pasear el argumento que reiteran a la menor ocasión para justificar su necesidad. Me refiero al de ese presunto 80%, de incertísimo origen, que según ellos está a favor de llevarlo a cabo. La sola cifra ya implica que habría una parte significativa del electorado no independentista que vería con buenos ojos dicha convocatoria como forma de resolver de una vez por todas el conflicto enquistado en Cataluña desde hace años. En realidad, lo que hace el independentismo con esta imaginativa contabilidad es fundamentalmente apropiarse de los votos de los partidarios de los comunes, en la medida en que los dirigentes de este partido siempre han proclamado estar a favor de que el conflicto se resuelva finalmente en un referéndum.

Ahora bien, de la misma forma que dicha fuerza nunca ha especificado en qué sentido se inclinaría su voto llegado ese momento trascendental, también se ha cuidado mucho de no aclarar en qué tipo de referéndum estaba pensando. Porque no es lo mismo un referéndum para una reforma constitucional o estatutaria que un referéndum de autodeterminación. Y valdrá la pena recordar a este respecto que cuando Ada Colau ha tenido que justificar su participación en los referéndums organizados por el independentismo lo ha hecho apelando a las más pintorescas razones (en el del 9-N la de "castigar a Rajoy" y en el del 1-O la de que era una "movilización popular") pero nunca admitiendo explícitamente la legitimidad de tales convocatorias.

En la misma dirección parece haber ido la hasta ahora última mutación teórico-política de Pablo Iglesias, que en un santiamén no solo ha convertido a la Constitución en el eje principal de su programa, sino también ha transformado a sus candidatos en los más destacados y apasionados valedores de la misma. Hasta el punto de que en los debates por televisión previos a la jornada electoral del 28-A el líder de la formación morada no dejaba de agitar el pequeño volumen con el texto constitucional como si del Libro Rojo de Mao se tratara, citándolo con ocasión de casi cualquier asunto. No parece, ciertamente, que el repentino y furioso amor hacia la Constitución que le ha sobrevenido a Podemos y a sus confluencias en los últimos tiempos juegue a favor de los independentistas. Porque, aplicando la lógica más elemental, si junto a algunos pueden sus contados los partidarios de esta organización política y sus confluencias (comunes incluidos) respecto a la salida para Cataluña es junto a los que sostienen que cualquier diálogo debe desarrollarse en el marco constitucional y estatutario y no junto a los empeñados en hacerlo saltar por los aires.

No parece que el repentino y furioso amor hacia la Constitución que le ha sobrevenido a Podemos juegue a favor de los independentistas

Al lado de esta grosera falacia de planteamiento por parte del independentismo, lo otro que sorprende, y que nunca llegan a explicar los partidarios del mismo, es el ignoto motivo por el que ese importante tanto por ciento de no independentistas supuestamente partidarios también del referéndum de autodeterminación ni tan siquiera han acudido a votar en las dos ocasiones (9-N de 2014 y 1-O de 2017) en las que explícitamente (dejo de lado elecciones autonómicas rebautizadas con los más originales nombres, aunque el saldo no variaría) se les convocaba a ello. Por el contrario, solo acudieron en ambas ocasiones a las urnas prácticamente el mismo número de ciudadanos que en otras convocatorias habían votado a formaciones independentistas. ¿Dónde está, pues, ese 30% largo de no independentistas que no hay forma humana de que haga el menor caso a las convocatorias del independentismo con las que según este se encuentran plenamente de acuerdo?

De ahí que hayamos aludido en el título del presente artículo a la derrota de los vencedores (electorales). La impugnación radical del orden democrático existente en España que planteó en su momento el independentismo está claro que no ha alcanzado su objetivo. Baste con constatar, como certificación apresurada de su derrota, el giro que pasó a dar a sus planteamientos en la inminencia de las elecciones del 28-A. Los hubo en su seno que empezaron a proponer, bien es cierto que con la boca pequeña, el regreso a la vieja estrategia gradualista del 'peix al cove pujolista', con Oriol Junqueras en el papel del exhonorable. Más vale eso, ciertamente, que la 'performance' permanente a la que es tan proclive Carles Puigdemont.

Pero resulta imposible no sospechar, sobre todo habida cuenta del protagonismo del líder de ERC a la hora de persuadir al entonces 'president' de la Generalitat para que no convocara elecciones autonómicas en octubre de 2017, si su moderada actitud de ahora responde a un cálculo meramente táctico más que al convencimiento profundo del que ha llevado a cabo la necesaria autocrítica. O, por decirlo con los términos del inicio: no deja de ser inquietante constatar que quienes declaran haberse moderado en sus reivindicaciones no son, como parecería razonable esperar a la vista del fracaso político del 'procés', los independentistas sobrevenidos, sino los pata negra. Curioso, desde luego. Cómo no pensar que tal vez la templada actitud actual de estos últimos lo que constituye realmente es una forma de intentar mantener en la práctica la cronificación del conflicto. Una cronificación de baja intensidad, pero cronificación al fin. La actitud de ERC ante la propuesta de que Miquel Iceta presida el Senado tal vez esté constituyendo un test clarificador de las auténticas intenciones del independentismo.

Filósofo de Guardia
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