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La dialéctica amigo/enemigo: Sánchez y el jurista (no nazi) que inspiró al nazismo
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La dialéctica amigo/enemigo: Sánchez y el jurista (no nazi) que inspiró al nazismo

El presidente se abraza a las teorías de Carl Schmitt para reducirlo todo a la estrategia de 'o estás conmigo o estás contra mí'. Los enemigos van de Trump a Ábalos y Cerdán, la banca o el Estado represor. Y, por supuesto, el PP y Vox

Foto: Pedro Sánchez, con gesto preocupado. (Reuters/Yves Herman)
Pedro Sánchez, con gesto preocupado. (Reuters/Yves Herman)
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Quién nos iba a decir que la estrategia política de Pedro Sánchez la encontramos en el jurista que sin ser nazi inspiró al nazismo. En su obra “El concepto de lo político”, el teórico Carl Schmitt (Alemania, 1888) definía la política como una acción humana marcada por la dialéctica amigo-enemigo, de modo que la clave de toda estrategia pasa por identificar al adversario, incluso elegirlo adecuadamente para tus intereses. En suma, se trata de reducir la política a la averiguación de las decisiones que hay que tomar para conseguir beneficio electoral sin tener en cuenta el interés general. Es el nuevo sanchismo, edición limitada.

Esta misma semana tenemos múltiples ejemplos de la aplicación de la dialéctica schmittiana: en el plano internacional, el enemigo es Donald Trump, un actor político que ya de por sí se presta a ser el malo de la película. Nuestro presidente del Gobierno reduce un debate complejo como es el del gasto en defensa a la imposición de un enemigo que quiere reducir el gasto social (educación, sanidad o desempleo) y castigar el Estado del bienestar y a las clases trabajadoras.

En esta dialéctica reduccionista en la que el malo es Trump nada se dice de Vladimir Putin o de China, ni del debate generacional sobre la seguridad en Europa, pero a Sánchez le vale con presentarse a sí mismo como un líder político capaz de enfrentarse a Estados Unidos. Este antiamericanismo trasnochado contribuye a satisfacer a sus amigos, que son los socios del Gobierno. ¿Dónde queda el interés general? ¿Qué consecuencias puede tener haber contrariado a Trump y decepcionado a los aliados de la OTAN, muchos de ellos también de la UE? En la dialéctica schmittiana esto da igual, porque el interés particular se impone al general.

En el plano económico, este martes el Consejo de Ministros prohibió al BBVA fusionarse con Sabadell durante tres años en una intromisión en el normal funcionamiento del mercado, teniendo en cuenta los avales a la operación del Banco Central Europeo (BCE) y de la Comisión Nacional del Mercado de la Competencia (CNMC). El Gobierno esconde su decisión en cinco motivos de interés general, lo cual es una forma de decir que no hay un motivo claro. El enemigo es la banca, el amigo es Salvador Illa, que así sigue ocupando espacios propios del nacionalismo catalán. El interés particular es, de nuevo, la estrategia electoral del PSOE, tan necesitado del apoyo sociológico en Cataluña para que el presidente continue en La Moncloa.

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En el plano judicial, las declaraciones de José Luis Ábalos y Koldo García el pasado lunes y de Santos Cerdán el próximo también se plantean en esta dialéctica. Ellos pasaron a la categoría de enemigos en el mismo momento en el que se conoció el informe de la UCO. El amigo es su propio Gobierno, al que Sánchez presenta como víctima a pesar de que los presuntos corruptos son sus dos secretarios de Organización en el PSOE. El interés particular es circunscribir el caso al partido, dejando al margen al Gobierno. Pero, ¿el interés general no sería abrir puertas y ventanas para conocer hasta dónde ha llegado la trama?

Cuando el enemigo es el Estado

Por último, el jueves se aprobó la primera sentencia del Tribunal Constitucional (TC) sobre la Ley de Amnistía. Aquí los amigos están claros: Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, que además líderes del procés son los socios del Gobierno. ¿Y los enemigos? El Estado represor y los que se oponen a la amnistía: el PP y Vox, a quienes se presenta como enemigos de la paz social en Cataluña.

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Lejos quedan los tiempos convulsos del procés, y el Gobierno se lo atribuye en exclusiva a la amnistía y a la ejecutoria de Salvador Illa. Al hacerlo, obvia tres hechos: la aplicación del 155, que fue demostrar a los separatistas que el Estado tiene herramientas para defenderse; la sentencia condenatoria del Tribunal Supremo (TS), que mostró las consecuencias de violentar la Constitución; y al agotamiento de la sociedad catalana tras una década de choque con el Estado. Pedro Sánchez, que apoyó el 155, se ha pasado al bando de los sediciosos.

La nueva mutación de Pedro Sánchez vuelve a ser una profundización en su esencia política. El presidente que dedicó su primer discurso de investidura a atacar a la oposición, y el segundo a levantar un muro contra los partidos que representan la alternativa, se autoproclamó defensor de la democracia tras sus cincos días de reflexión. Ahora, tras el escándalo de Santos Cerdán, ha decidido dar una nueva vuelta de tuerca e instalarse en las tesis de Schmitt, que no era un nazi, sino un crítico del Estado liberal y de la República de Weimar que sirvió de fundamento teórico a los regímenes autoritarios tras el periodo de entreguerras. Un triunfo para quienes entienden la política en la dialéctica de amigos y enemigos. O estás conmigo o estás contra mí, y allá el interés general.

Quién nos iba a decir que la estrategia política de Pedro Sánchez la encontramos en el jurista que sin ser nazi inspiró al nazismo. En su obra “El concepto de lo político”, el teórico Carl Schmitt (Alemania, 1888) definía la política como una acción humana marcada por la dialéctica amigo-enemigo, de modo que la clave de toda estrategia pasa por identificar al adversario, incluso elegirlo adecuadamente para tus intereses. En suma, se trata de reducir la política a la averiguación de las decisiones que hay que tomar para conseguir beneficio electoral sin tener en cuenta el interés general. Es el nuevo sanchismo, edición limitada.

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