Contra la polarización (II). El extremista, ¿nace o se hace?
Hubo un tiempo en el que el votante defraudado se iba a la abstención o al adversario, una garantía de alternancia. Esa tendencia centrípeta es hoy centrífuga, y ese votante opta por los extremos. Es la polarización, estúpido.
Trump y Sánchez se saludan en la cumbre de la OTAN en Madrid. (EFE)
La pregunta es sencilla. Ahora que en la política española proliferan las opciones radicales (que viene de raíz), ¿de dónde salen sus votantes? ¿dónde estaban? ¿dónde estaban los 5.189.333 ciudadanos que alzaron a Unidas Podemos hasta los 69 escaños en el Congreso en 2015? ¿Dónde estaban los 3.656.979 que optaron por la papeleta de Vox en 2019? En total son 8.846.312 millones de personas. ¿Son todos personas extremistas? Evidentemente, no, pero algo ha pasado en el sistema para que a ambos espectros del sistema hayan proliferado formaciones con tanta fuerza. Hubo un tiempo en el que el votante desencantado se iba a la abstención o, incluso, al partido de enfrente, en un movimiento centrípeto que garantizaba alternancia y estabilidad; ahora, sin embargo, es más habitual la reacción centrífuga que manda a ese votante a opciones radicales en su mismo espacio ideológico.
Hay un punto en el que coinciden los dirigentes hoy de ambas formaciones: la culpa es del bipartidismo, de las opciones políticas que han representado en el último medio siglo los centros derecha y los centros izquierdas. Sí, en plural, con todas sus sensibilidades y corrientes. Y es un hecho que el PSOE primero y el PP después se sobrepasaron e incurrieron en escándalos de corrupción, generando una desbandada de votantes hacia opciones a sus extremos, lo que en España ha sido la antesala de la polarización. No es el único argumento, también hay un descontento ideológico, especialmente en la derecha con Mariano Rajoy, pero también lo hubo en la izquierda con el volantazo de José Luis Rodríguez Zapatero en 2010.
La pregunta es ahora directa, y se la formulamos al profesor norteamericano Richard E. Petty, que acaba de ser reconocido con el premio Fundación BBVA de las Ciencias Sociales por sus avances en Teoría de las Actitudes, con el que hemos hablado sobre desinformación en la primera entrega de este artículo. “Señor Petty, ¿el radical nace o se hace?”.
El profesor no es un experto en España, pero sí en actitudes humanas en el siglo XXI, de modo que son las preguntas las que atraen su reflexión científica al sur de los Pirineos.
PREGUNTA. Existe un paralelismo entre Donald Trump y Pedro Sánchez, no en lo ideológico sino en el comportamiento. Un liderazgo ejecutivo muy fuerte que ataca a los otros poderes del Estado, desde el Ejecutivo al Legislativo, al Judicial y a los medios de comunicación. ¿Por qué están surgiendo estos liderazgos fuertes y tan expansivos que amenazan a los contrapoderes?
RESPUESTA. Es algo universal: Turquía, Hungría, América del sur, Europa, Israel ahora con Netanyahu, Trump por supuesto en Estados Unidos. Este tío fuerte, esta figura varonil fuerte.
P. ¿Por qué tienen acogida?
R. La gente busca hombres fuertes en tiempos de incertidumbre en sus vidas. Lo que hacen es culpar a alguien. Sucedió con la crisis económica y esto lo vemos no sólo en Estados Unidos, sino en otros países del mundo. Muchas veces se echa la culpa a la inmigración. No eres tú, siempre falla lo otro, y eso hace que la gente se sienta mejor. "El problema son ellos". Y a la gente les reconfortan esos líderes fuertes.
P. Y a eso añadimos el efecto pernicioso de las redes sociales.
R. Dividen a las personas en bandos, y el otro bando es el malo. Y este liderazgo tan fuerte, bueno, pues está dando pie a este tipo de polarización.
Hay un fenómeno extremo en la polarización: las teorías conspirativas, que van mucho más allá de quienes piensan que la Tierra es plana, que es el paradigma del absurdo. El Covid ha sacado a luz a muchos conspiranoicos a nivel mundial, pero también los hay en España: los que sin pruebas sacan conclusiones sobre el 23F o sobre el atentado de Carrero Blanco en 1973. Pero ahora da la sensación de que son más. ¿O no?
P. Profesor, para finalizar antes de que me responda a la pregunta inicial sobre los extremistas, ¿cree usted que estamos en la edad dorada de las teorías conspirativas?
R. Sí, la verdad es que se han vuelto muy populares, sin duda.
"La gente narcisista, por ejemplo, cree que su grupo es el mejor y esas personas tienden a creer en esas teorías de la conspiración"
P. ¿Por qué la gente quiere creer en ellas?
R. Eso es lo que estamos estudiando y a veces hay diferencias individuales. La gente narcisista, por ejemplo, cree que su grupo es el mejor y esas personas tienden a creer en esas teorías de la conspiración, pero recientemente hemos descubierto que la gente que se siente insegura, esa gente con incertidumbre, se ve más afín a las teorías de la conspiración, porque les reconforta.
De modo que el profesor Petty y sus colegas premiados -Icek Ajzen, Dolores Albarracín, Mahzarin R. Banaji y Anthony G. Greenwald- han descubierto que hay un vínculo entre el narcisismo y las teorías conspirativas.
R. Hay algo muy singular de estas teorías, porque es como que piensas que hay unas personas que manejan una trama para hacer algo, ¿no? Se están conspirando para atacar a los demócratas o a quien sea, ¿no? Y nosotros, en nuestros estudios, hemos comparado estas teorías con otros tipos de creencias extremistas.
P. Por ejemplo, que la otra parte tiene que ir a la cárcel o ser ilegalizada.
R. Ahí no hay ninguna conspiración, es solo un pensamiento extremo. Y esto nos permite identificar que los factores que nos permiten predecir teorías conspirativas predicen también pensamientos extremistas. Nosotros tenemos que pensar en la conspiración sin el extremismo.
P. Entonces, profesor, le formulo la pregunta inicial. ¿El extremista, la persona extremista, nace o se hace?
R. Es fruto, creo yo, del aprendizaje. Se hace. No naces extremista.
Y el profesor Petty se despide, humilde, atento y tranquilo. A pesar de todo.
La pregunta es sencilla. Ahora que en la política española proliferan las opciones radicales (que viene de raíz), ¿de dónde salen sus votantes? ¿dónde estaban? ¿dónde estaban los 5.189.333 ciudadanos que alzaron a Unidas Podemos hasta los 69 escaños en el Congreso en 2015? ¿Dónde estaban los 3.656.979 que optaron por la papeleta de Vox en 2019? En total son 8.846.312 millones de personas. ¿Son todos personas extremistas? Evidentemente, no, pero algo ha pasado en el sistema para que a ambos espectros del sistema hayan proliferado formaciones con tanta fuerza. Hubo un tiempo en el que el votante desencantado se iba a la abstención o, incluso, al partido de enfrente, en un movimiento centrípeto que garantizaba alternancia y estabilidad; ahora, sin embargo, es más habitual la reacción centrífuga que manda a ese votante a opciones radicales en su mismo espacio ideológico.