Mi "Anatomía de un instante" y el chocolate de don Torcuato
La democracia es como montar en bicicleta: si dejas de dar pedales te caes, hacia la derecha o hacia la izquierda. Urge explicar a los jóvenes lo que fue la Transición y apelar a su compromiso democrático
Antonio Tejero, en el Congreso el 23F. Ese es el instante. (EFE/Archivo)
A lo largo de toda su vida, a Torcuato Fernández-Miranda le gustaba acompañar las comidas y las cenas de un poco de arroz blanco. No es que le apasionara, sino que se trataba de un hábito adquirido por él y sus hermanos en los años del hambre entre la guerra y la posguerra, cuando ese plato era el más común en la mesa. Esta pequeña anécdota familiar la desvelé en la biografía que escribí sobre él en 2015, el centenario de su nacimiento, un libro que prologó Juan Carlos I en un generoso gesto de agradecimiento a quien había sido su profesor de Derecho.
Cuento esto porque aquella biografía fue la base de una película titulada De la ley a la ley (RTVE y Visiona TV), dirigida por Silvia Quer, en la que colaboré como asesor y que Televisión Española emitió de nuevo el pasado sábado 15 de noviembre con motivo de la programación especial por los 50 años de la Transición. Casualmente, ese día don Torcuato habría cumplido 110 años.
Cuando la guionista, Helena Medina, se puso a trabajar, se percató del detalle del arroz blanco, pero en aras de la continuidad del relato cinematográfico propuso transformarlo en pasión por el chocolate. Reconozco que cuando leí la idea por primera vez no me gustó. Sin embargo, Helena me explicó que era importante realizar concesiones menores en beneficio del relato. Tenía razón, porque el elemento de continuidad del chocolate funciona bien en un guion que recoge con rigor histórico el papel de Fernández-Miranda en la Transición, sobre todo en los diecinueve meses que transcurren desde la muerte de Francisco Franco hasta las primeras elecciones. ¿Qué importaba, por tanto, el detalle menor y biográfico del chocolate, aunque no fuera cierto?
Hete aquí que esta semana he visto con atención la serie de moda, Anatomía de un instante, dirigida por Alberto Rodríguez y basada en la magnífica novela del mismo título que Javier Cercas escribió en 2009 sobre el 23F. Casi me caigo del sofá cuando, en el primer capítulo, el personaje de Torcuato ya no solo come chocolate, sino que desayuna churros en presencia del Rey y lo hace con tal ansiedad que hasta se mancha la corbata. Inverosímil tratándose de un señor como era el presidente de las Cortes, pero en la serie funciona. "¿Qué he hecho?", pensé, "¡el chocolate se nos ha ido de las manos!".
Aquel detalle del arroz blanco que incluí en su biografía hablaba tanto de él como de la España de posguerra. Un símbolo de la escasez en la vida real de don Torcuato, se había convertido en un signo de glotonería en la memoria colectiva de los españoles del siglo XXI. Horror. Pero de nuevo era yo el que estaba equivocado, y además la serie no me dejó tiempo para quedarme pensando y absorbió toda mi atención: es un excelente thriller político pleno de ritmo, con un guion preciso y sin florituras y con fabulosos intérpretes, especialmente Álvaro Morte (Adolfo Suárez) y Eduard Fernández (Santiago Carrillo).
La Transición fue un viaje en tren: el Rey señaló la estación de destino (la democracia)
Creo firmemente en el inmenso poder de la narrativa como instrumento para la divulgación histórica, para ese primer contacto con una realidad desconocida. Qué mejor manera de contar lo que fue el 23F que a través del libro de Cercas o de la serie de Rodríguez; qué mejor forma de entrar en lo que significó la banda terrorista ETA que leyendo Patria, otro librazo deFernando Aramburu también trasladado al cine para Movistar porAitor Gabilondo, Félix Viscarret yÓscar Pedraza; qué mejor que ver 249, la noche en que una becaria encontró a Emiliano Revilla para conocer aquel terrible secuestro de la mano del cineasta Luis María Ferrández.
No obstante, la serie del libro de Cercas incurre en algunos errores históricos. Por ejemplo, Suárez nunca le entregó al Rey antes de la muerte de Franco un papel con sus ideas para la Transición. Eso, sencillamente, no sucedió, ni con ambos jugando al billar como en esta serie ni con ambos comiendo un cochinillo en Cándido como en alguna producción anterior. Y no sucedió porque Suárez se incorporó al elenco de actores que el Rey eligió para la Transición en 1976, y no antes, y lo hizo para interpretar magistralmente un guion que ya estaba diseñado.
Hay una frase que hizo fortuna para explicar con sencillez la Transición: "Si fuera una obra de teatro, el Rey sería el empresario/promotor, Fernández-Miranda el autor/guionista y Suárez el actor". Hay una segunda metáfora que me gusta más: si la Transición fuera un viaje en tren, el Rey se encargó de señalar la estación de destino, la democracia; Fernández-Miranda fue el ingeniero que diseñó las vías; y Suárez fue el maquinista que pilotó la locomotora. A esos vagones se fueron subiendo más y más personas hasta el conjunto del pueblo español, que avaló por dos veces el proceso: en el referéndum de la Ley para la Reforma Política (97,36 % de síes) y el de la Constitución (91,81% de votos afirmativos).
Lo único peligroso de equivocar la atribución de méritos políticos en aras de construir un personaje como el de Suárez es que se corre el riesgo de ser injusto, y como hemos explicado en este artículo fue el Rey quien primero movió ficha para controlar al Ejército y al búnker, para seducir a la izquierda en prisión y a la del exilio, para atraer a los líderes democráticos del mundo y para mantener el apoyo aperturista de la Iglesia. Fue el Rey quien heredó el poder de Franco y lo entregó al pueblo en sólo 19 meses. Fue el Rey quien demostró inteligencia al rodearse de personas mejores que él para cometidos concretos: Torcuato y Adolfo, pero también Fraga, Carrillo, González o Sabino y así hasta el conjunto del pueblo español. Y todos ellos estuvieron a la altura, he ahí el hecho diferencial de aquel proceso.
Todo empezó en el Rey, y empezó cuando era Príncipe, y así debe ser reconocido. Ni todo lo hizo Adolfo, ni todo lo hizo Torcuato, ni todo lo hizo el pueblo, como trata de reescribir la izquierda de hoy en ese afán revisionista según el cual a Juan Carlos "no le quedó más remedio" que ir a la democracia. Es un argumento mendaz, porque la Transición se hizo en dos fases. La primera fue de arriba a abajo, desde la muerte de Franco hasta las primeras elecciones: del Rey al pueblo. Y la segunda fue de abajo a arriba: la ciudadanía eligió votando a unos representantes que elaboraron una Constitución. Y claro que fue esencial al aliento del pueblo español, y la presión en las universidades y en las fábricas, pero que nadie olvide que las leyes de reunión, manifestación y asociación las aprobó Manuel Fraga siendo vicepresidente del primer Gobierno del Rey, el del inmovilista Carlos Arias Navarro.
Juan Fernández-MirandaDiseño: Emma EsserDiseño: Blanca CasanovaDatos: Marta LeyDesarrollo: María Mateo
En definitiva, recomiendo vivamente ver Anatomía de un instante, y lo hago por tres motivos. Primero, porque es un estupendo producto audiovisual que te regala cuatro buenos ratos en el sofá. Segundo, porque las líneas maestras de lo que fue el proceso de Transición están recogidas: es muy difícil ver la serie y no concluir que la Transición fue un proceso político lleno de riesgos que un grupo de hombres supo impulsar con grandes dosis de generosidad (izquierdas y derechas) y sabiendo leer e interpretar el momento histórico.
Y, tercero, y más importante: porque hay dos generaciones de españoles que no conocen la Transición. Es más, sólo han oído hablar mal del Rey y de aquel proceso político que no fue perfecto, pero casi. De los cuatro problemas históricos que impidieron a España consolidar un régimen democrático en los siglos XIX y XX, entre 1975 y 1982 se resolvieron tres: el problema de desigualdad social ha quedado minimizado, con la consolidación de la clase media; el problema religioso, con una Iglesia demasiado poderosa y un anticlericalismo violento, está superado; y el problema militar, con decenas de golpes de Estado fallidos y exitosos, es hoy imposible en un Ejército moderno, profesional y democrático. Aunque el cuarto problema, el territorial, pareció resuelto en aquel momento por un pacto de caballeros, el tiempo ha demostrado que aún está latente.
A esas generaciones de españoles hay que contarles lo que fue la Transición, y doy fe de que en las universidades y en los colegios escuchan con interés cuando se les habla de política en positivo y de España con admiración. Dado que no se puede querer lo que no se conoce, urge divulgar aquel proceso, y eso es exactamente lo que hace Anatomía de un instante. Si alguien quiere profundizar, siempre tendrá los libros, pero no olvidemos que la democracia es como montar en bicicleta: si dejas de dar pedales te caes, hacia la derecha o hacia la izquierda. Urge comprometer a los jóvenes a través de la verdad histórica, sea con arroz o con chocolate.
A lo largo de toda su vida, a Torcuato Fernández-Miranda le gustaba acompañar las comidas y las cenas de un poco de arroz blanco. No es que le apasionara, sino que se trataba de un hábito adquirido por él y sus hermanos en los años del hambre entre la guerra y la posguerra, cuando ese plato era el más común en la mesa. Esta pequeña anécdota familiar la desvelé en la biografía que escribí sobre él en 2015, el centenario de su nacimiento, un libro que prologó Juan Carlos I en un generoso gesto de agradecimiento a quien había sido su profesor de Derecho.