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El PP se enreda en la pinza Vito-Sánchez, pero el futuro no es Aragón: es Hungría
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Juan Fernández-Miranda

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El PP se enreda en la pinza Vito-Sánchez, pero el futuro no es Aragón: es Hungría

Los populares se radicalizan y entran en una disputa estéril con Vox que agrede al periodismo y sólo beneficia a la Moncloa. Pero Europa está enviando señales sobre el futuro y nadie las escucha

Foto: Donald Trump y Viktor Orban, en noviembre de 2025. (Reuters/Jonathan Ernst)
Donald Trump y Viktor Orban, en noviembre de 2025. (Reuters/Jonathan Ernst)
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No sé qué les está pasando a las democracias liberales, pero las ultraderechas surgen como las setas en otoño. En España, al PP le ha salido un Vox y a Vox un SALF, y resulta que a SALF se le cae un Vito Quiles y el PP renuncia a sí mismo al acoger como reclamo electoral al periodista/activista que se arroga el don de saber preguntar: Jorge Azcón cerró su campaña el viernes pidiendo el voto junto al periodista que genera pasiones en la juventud de derechas al grito de “Pedro Sánchez, hijo de puta”, y Miguel Tellado lo alaba como a un ídolo. Y todo, por un puñado de setas, o de votos jóvenes (y simplistas). No es serio, y el problema no lo tiene Vito, un personaje propio de esta época que tiene muy poco que ver con el periodismo. Lo relevante aquí es si ése es el modelo de prensa que quiere este PP y qué gana y qué pierde al convertirlo en su referencia para el cuarto poder: "Desde su valentía y su arrojo, consigue dar voz a lo que otros no son capaces de hacer". Eso piensa el número dos del PP.

Así están las derechas, dándose tortas como quien no sabe pelear mientras regalan agarraderas al PSOE. Y, entre tanto, Sánchez se ha reducido a sí mismo a un monologuista cómico dedicado a burlarse de Alberto Núñez Feijóo y sus torpezas de señor de toda la vida forzado a pelear en el barro, lejos de su zona de confort. El presidente del Gobierno es un bravucón que eleva a categoría las erratas (que no es lo mismo que errores) del presidente del PP y se dedica a hacer lo que los padres les decimos a los niños que no pueden hacer: es el prototipo del matón de cole de pijos de Madrid.

Y mientras el líder socialista cree que está humillando al del PP (se llama obsesión, porque solo le interesan las generales), el mundo sigue virando raudo hacia la derecha, y en España las nuestras no se enteran: ni la de toda la vida ni la populista de nuevo cuño. Mientras el sentido común nos indica que debemos mirar a Europa, las derechas españolas se enredan en debates localistas y pellizcos de monja como si estuvieran bajo los efectos de setas alucinógenas, que también las hay en este otoño de las ultraderechas.

Resulta que en España estamos muy obsesionados con la importancia que el ciclo electoral tiene en la relación entre la derecha y la ultraderecha. Reconozco que es un tema, pero en términos de poder no es tan importante. Parece claro que, salvo errores no forzados, el PP lo tiene bastante cerca, y no debería incurrir en sobreactuaciones: ni ataques ad hominem de María Guardiola a Santiago Abascal ni abrazos como el de Azcón y Tellado al fenómeno fan de Vito. No merece la pena perder el oremus por un puñado de votos, sobre todo en el medio y largo plazo. ¿Es tan difícil de entender que en este ciclo el PP va a gobernar con Vox?

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Así están las cosas en las derechas españolas, pero abramos un poco el foco. Las elecciones verdaderamente importantes no son las autonómicas de febrero, marzo y junio. Son las de Hungría el 12 de abril. Importantes para Europa, importantes para el mundo e importantes para España. Veamos.

El presidente prorruso y antieuropeísta Viktor Orbán, que es un perro viejo de la política europea (16 años sentándose en los Consejos europeos), va segundo en las encuestas. El primero es Péter Magyar, líder de Tisza, una escisión proeuropea del partido de Orbán (Fidesz), que tantos problemas genera en la UE y tantas adhesiones genera en Vox. Ideológicas y financieras. Como será la cosa que el mismísimo Donald Trump ha entrado en campaña, vía redes sociales: “Me enorgulleció apoyar a Viktor para su reelección en 2022, y es un honor hacerlo de nuevo. Cuenta con mi apoyo total y absoluto para su reelección como primer ministro de Hungría”.

Pero eso no es todo. Vladimir Putin tiene previsto acudir en marzo a Budapest para apoyar a Orbán. Muy mal lo deben de ver, pero son dos síntomas clarísimos de la importancia que Estados Unidos y Rusia dan a desestabilizar a la Unión Europea. Hay ejemplos más contundentes, pero inocular el virus antieuropeísta en las instituciones de los Veintisiete es probablemente el más letal en términos democráticos. Y Orbán, como Erdogan en Turquía, representa a la perfección ese modelo de democracia iliberal en que, sí, hay elecciones, pero el sistema se construye sobre la preponderancia del Poder Ejecutivo. En distinta medida, algo parecido sucede con Trump y Sánchez y su aversión a los contrapoderes.

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Si Orbán pierde el poder en abril, será el segundo país europeo que emprende el camino de vuelta: de la ultraderecha a la derecha tradicional. En diciembre de 2023, Donald Tusk recuperó el Gobierno en Polonia para un partido hermano del PP tras ocho años de Gobierno del PiS, una formación antieuropea que provocó un intenso choque con la UE por el Estado de derecho, la independencia judicial y el pluralismo mediático. No obstante, esto tiene matices, como todo en la política europea: en Polonia volvió a ganar el PiS en las Presidenciales y en Hungría, aunque Magyar es eurodiputado del PPE, en asuntos como la participación europea en Ucrania o la adhesión de ésta no está muy lejos de las posiciones de Orbán.

Conclusión: lo que se juega en Hungría es, por un lado, una disputa entre derecha y ultraderecha, y, por otro, un choque entre partidarios y detractores de la Unión Europea; que se lo digan a Trump y a Putin. En esa disputa hay una apelación directa a Vox, que algún día deberá aclarar su posición sobre la UE: no es lo mismo Orbán que la primera ministra italiana, Giorgia Meloni; porque no es lo mismo ser el líder del antieuropeísmo europeo (Orbán) que “la princesa de la UE”, como la llaman en Bruselas elogiando su pragmatismo.

El problema de ser un radical es que siempre te puede salir alguien más radical que tú. El populismo es un límite que tiende a infinito

Además, mientras Orbán se abraza con los adversarios de Europa, Meloni es cada vez más institucional y más europeísta e Italia más estable. ¿Y dónde se sitúa Vox? Mucho más cerca de Orbán, sea por lo que sea, y aunque Abascal y Meloni tengan una relación de amistad, como ambos escenificaron hace un par de semanas cenando en la casa familiar del líder de Vox en Madrid.

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Pero cuidado. En Italia acaba de proliferar otra seta: el militar Vannacci, fichaje estrella de la Liga (uno de los partidos que sostienen al Gobierno italiano), ha anunciado la creación de su propio partido a la derecha del Ejecutivo, al estilo de la AfD alemana: Futuro Nacional. Discrepa de la política antiinmigración de Meloni y aboga por la expulsión masiva de todos los inmigrantes de Italia, incluidos algunos nacionales europeos. En la política italiana ha sido un aldabonazo que ha desconcertado a Meloni, que se acaba de convertir en “derechita cobarde”. El problema de ser un radical es que siempre te puede salir alguien más radical que tú. El populismo es un límite matemático que tiende a infinito. Porque, no lo olvidemos, bajo la etiqueta de “ultraderecha” se esconde una forma de populismo. Como en el eufemismo de “la izquierda a la izquierda del PSOE” se esconde otra forma de populismo, igual de ultra e igual de radical, pero políticamente más correcta porque el tablero está descompensado.

placeholder Viktor Orban y Giorgia Meloni, en una cumbre entre ambos países.
Viktor Orban y Giorgia Meloni, en una cumbre entre ambos países.

Y un último detalle: en el Parlamento Europeo, que sostiene a la Comisión Europea sobre la base del acuerdo tradicional de populares y socialistas (más Verdes y los liberales de Renew), cada vez es más habitual ver votaciones alternativas: el PPE con las tres ultraderechas, lo que en Bruselas se denomina "la mayoría Venezuela" y que esta misma semana se puede volver a ver en una relevante votación sobre asuntos vinculados a la inmigración. Atentos a eso también.

De modo que, sí, atendamos a Aragón, a Castilla y León y sobre todo a Andalucía, pero no perdamos de vista a Hungría, ni Europa, ni la democracia liberal. Lo que suceda en Budapest será mucho más importante para todos que cómo se reparten el poder Feijóo y Abascal, escaño arriba escaño abajo, consejería arriba consejería abajo, Vito arriba Vito abajo. Sobre todo si el PP deja de ser el PP por un puñado de votos y Vox no acaba de decidirse entre las estrategias de Orbán y Meloni.

España es uno de los países en los que la derecha tradicional está aguantando mejor el embate de la ultraderecha. Feijóo y compañía deben entender que eso seguirá así mientras mantengan al menos un pie en la moderación, aunque haya que renunciar a consumir setas, porque también las hay alucinógenas. La pregunta al PP es sencilla: ¿qué quieres ser de mayor? Una fuerza centrífuga que tiende hacia fuera, hacia los márgenes del sistema, como tantos partidos hermanos europeos cada vez más irrelevantes, o una fuerza centrípeta que tiende hacia dentro y escucha las señales que llegan de Europa? Hasta ahora lo tenían claro y por eso el PP español es la principal fuerza del Partido Popular Europeo en porcentaje de voto.

Feijóo deja de tener sentido cuando renuncia a ser Feijóo. Resulta enternecedor ver cómo el sanchismo y algunos de sus gurús en Génova lo arrastran fuera de su espacio de confort. Y eso deja huérfana a una gran masa de votantes posibilistas y reactivos al simplismo y al radicalismo.

Cuando ese votante decide abandonar la moderación —sea por frustración, por hartazgo o porque directamente le va mal y ya no cree en nada— y se entrega al bosque de las setas —que escribiría Umbral— solo debe asegurarse de llevar una navaja en el cinto: para ir recogiendo argumentos simplistas y sectarios como si fueran níscalos y para ir cortando vínculos con la moderación parafraseando aquella maravillosa película ochentera llamada El Chico de Oro en la que Eddie Murphy decía aquello de “Yo, yo, yo quiero el cuchillo”. Pero eso no es política con mayúsculas y tampoco periodismo.

No sé qué les está pasando a las democracias liberales, pero las ultraderechas surgen como las setas en otoño. En España, al PP le ha salido un Vox y a Vox un SALF, y resulta que a SALF se le cae un Vito Quiles y el PP renuncia a sí mismo al acoger como reclamo electoral al periodista/activista que se arroga el don de saber preguntar: Jorge Azcón cerró su campaña el viernes pidiendo el voto junto al periodista que genera pasiones en la juventud de derechas al grito de “Pedro Sánchez, hijo de puta”, y Miguel Tellado lo alaba como a un ídolo. Y todo, por un puñado de setas, o de votos jóvenes (y simplistas). No es serio, y el problema no lo tiene Vito, un personaje propio de esta época que tiene muy poco que ver con el periodismo. Lo relevante aquí es si ése es el modelo de prensa que quiere este PP y qué gana y qué pierde al convertirlo en su referencia para el cuarto poder: "Desde su valentía y su arrojo, consigue dar voz a lo que otros no son capaces de hacer". Eso piensa el número dos del PP.

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