Franco y la mala educación

La mala educación es plagiar una tesis, hacerse un máster de palo y la actitud de muchas de sus señorías. Porque el hemiciclo está urgentemente necesitado de Luis Enrique o de mi madre

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene en la sesión de control al Gobierno. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene en la sesión de control al Gobierno. (EFE)

Las salas de espera de hospital, como los bares, son España. La España que madruga, la que trasnocha y la que opina de lo que le echen encima. Este miércoles estaba en una sala de espera de hospital mientras en la sesión de control al Gobierno Albert Rivera se colocó de forma habilísima en primer plano. El catalán, que llevaba tiempo sin ejercer su papel de muerto en el entierro, novia en la boda y niño en el bautizo, le recordó a Pedro Sánchez que su tesis está camino de convertirse en la niña de la curva: una leyenda urbana. Y que a ver si se la enseña. La tesis.

Franco y la mala educación

En el hospital reinaba el matriarcado. Mujeres que cuidan mujeres esperando a que las atiendan. Media hora aquí me bastó para constatar que nosotras tenemos una esperanza de vida casi interminable y que también nosotras somos las que cuidamos. Pero en este grupo de madres e hijas (yo incluida con la mía) nadie hablaba de Sánchez y Rivera, sino que se comentaban los folletos de Lidl y Conforama. Se hablaba de falta de sueño y se opinaba de gestión hospitalaria como quien domina la receta del cocido: con enorme soltura.

En las salas de espera piden silencio a los que alzan la voz. Ya saben, los modales, el respeto. “Oiga, que esto es un hospital”. Pero la mala educación es, además de una de las peores películas de Almodóvar, tan característica de las urgencias de los hospitales como del Congreso de los Diputados, inherente como el terciopelo granate de sus cortinones. Y al Congreso me ha traído la votación del Real Decreto-ley 10/2018. Vamos, lo de Franco, el cuerpo del verano. Que estando Andrés Velencoso entre nosotros, lo que es es real delito.

La mala educación es plagiar una tesis, hacerse un máster de palo y la actitud de muchas de sus señorías. Porque el hemiciclo está urgentemente necesitado de Luis Enrique o de mi madre. Para que les quiten los móviles, para que guarden silencio. Ojalá adoptar los modales y el protocolo de la ópera y los toros, donde solo te dejan entrar cuando no vas a molestar más de lo necesario a los que están faenando.

“Es un día histórico”, dice Iglesias. Un mantra que se repetirá a lo largo de la jornada. Lo dirá Adriana Lastra, lo dirá Carmen Calvo

Entro por la carrera de San Jerónimo con mi cuaderno. Mi cuaderno y yo somos Paco Martínez Soria y su gallina, porque no sé dónde está nada y la casa de la soberanía popular me resulta tan grande como Manhattan, porque solo vine cuando era becaria a recoger el libro amarillo de los Presupuestos Generales del Estado. Eso fue hace más de 20 años. Y solo he vuelto para tomar café y tramar un rato, que de eso sí sé.

Me encuentro con Pablo Iglesias y una camisa que es igual que uno de mis manteles. Tiene ojeras y este jueves, en vez de rapear, susurra a los periodistas. Y entonces me doy cuenta de que la próxima vez que venga necesito tacones y un audífono. El flamante 'pater' dice que lo de la tesis del presidente es una cortina de humo para tapar lo de Franco. Pero que está a favor de destapar el 'cum laude' presidencial. “Es un día histórico”, dice. Un mantra que se repetirá a lo largo de la jornada. Lo dirá Adriana Lastra, lo dirá Carmen Calvo.

Subo a la tribuna de prensa y comienzo mi particular ‘Quién es quién’. Veo a Carlos Floriano con el bronceado que nunca tendré, a Pedro Duque con la delgadez que nunca tendré. Detecto un abuso de los polvos de terracota en el centro derecha. El primer disgusto de la jornada me lo da Rafa Hernando, que se ha cortado el pelo y entonces ya no parece el hermano mayor de Hugh Grant en cualquier película de Jane Austen.

Yo he venido a lo de Franco, pero quiero saber qué pasa antes, porque soy una novata de 42 años en el Congreso

Yo he venido a lo de Franco, pero quiero saber qué pasa antes, porque soy una novata de 42 años en el Congreso. Hay una diputada del PP que se llama Carolina España Reina (cualquier nombre es vulgar a su lado) y que si su discurso fuera el Euromillón de esta semana yo habría acertado todos los números: Venezuela, el chalé de Galapagar, Zapatero, los informativos de TVE y la tesis. Todos quieren que el presidente la enseñe. La tesis.

Ana Oramas habla de cunetas, de la momia (“que no lo digo yo, lo dice su nieto”). Un momento, que de eso sí que sé. Que llevo muchos '¡Hola!' a mis espaldas y Luis Alfonso de Borbón es una de las especialidades de la casa, especialmente después de aquella portada en la que bautizó a sus mellizos con unos faldones tan largos que podría haberme hecho un vestido con ellos. Acudo a su cuenta de Instagram porque el periodismo de hoy es así y veo que hace unas horas le pedía a Sánchez que enseñara la tesis. Otro.

Veo a Martínez-Maillo, a Teófila Martínez, a Celia Villalobos, a Cospedal y Báñez, ambas camino de convertirse en Marta Sánchez de seguir subiendo los tonos del tinte rubio, a Bescansa y sus chanclas de peluche, a Íñigo Errejón, que no para de mirar el móvil con o sin gafas, veo a Rafael Simancas con cientos de canas más que las que recordaba, veo a Cristóbal Montoro, y sobre todo, alabado sea el Señor, a Joserra (¿se acuerdan de él, el que se presentó a las primarias del PP?). Que no para de partirse de risa, y me pregunto qué es tan gracioso. Porque en el pleno se habla de políticas de empleo, de violencia de género y de la dictadura franquista. A no ser que Los Morancos ya hayan hecho una canción sobre las últimas dimisiones y lo estuviera viendo en su pantalla, la verdad es que no me lo explico.

Se repiten los aplausos, los abucheos, las charlas paralelas de los diputados, las miradas abducidas en las pantallas de móviles y tabletas

Carmen Calvo es infinitamente mejor de lo que esperaba. Hombre, partiendo de que mis referencias eran los motes de Jiménez Losantos cualquiera mejora, pero la vicepresidenta mantiene una templanza admirable e inalcanzable por la que escribe. Habla del real decreto como una necesidad imperiosa no tanto para cerrar heridas sino para hacer justicia. “Quien no ve la urgencia, no ve la necesidad; quien no ve la forma, no ve el fondo”, dice. No tengo ninguna historia en mi pasado vinculada a la Guerra Civil que me afecte al presente, pero he tenido la ocasión de despedir a los míos de manera digna, y me parece indecente que a estas alturas haya quienes no puedan hacerlo.

Por eso estoy de la palabra consenso hasta el consenso (por favor, señor Villegas, hasta cinco veces en una sola intervención); y de lo de que no hay que reabrir heridas hasta los pelos. Porque sí, hubo dos bandos atroces, pero uno gobernó 40 años y el otro sufrió las represalias. Jorge Fernández Díaz aclaró en los pasillos que Franco no pidió que le enterraran donde está (Lucía Méndez me dice que es verdad), y que los monjes benedictinos de la basílica hacen lo que todos los monjes benedictinos: 'ora et labora'. También dijo que le parece indignante esta vuelta al pasado, y que legisle gente que no vivió esa época. Acabáramos. Qué indecencia.

Franco y la mala educación

“Rectificar es de sabios, pero rectificar permanentemente es de ignorantes”, dijo en el estrado el exministro del Interior con Rajoy, encargado de dar la réplica. Se repiten los aplausos, los abucheos, las charlas paralelas de los diputados, las miradas abducidas en las pantallas de móviles y tabletas. Me digo entonces que estoy incapacitada para sentarme en el Congreso porque mi visceralidad o también rocíojuradismo ilustrado me impedirían no soltar un par de bofetones por distintos motivos.

Termina la votación. El real decreto sale adelante y dos diputados del PP han votado no. Alguien del partido se apresura a gritarnos a los periodistas que ha sido un error. Joserra sigue muerto de risa. La mala educación.

Ideas ligeras
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