San Martín llora: un paseo por el Madrid de los Libertadores

Boca y River en el Bernabéu en la final de la Libertadores: un trofeo organizado por una institución con nombre de Pokémon, la Conmebol, no puede ser muy serio

Foto: Un aficionado de Boca Juniors sigue el partido con preocupación. (Reuters)
Un aficionado de Boca Juniors sigue el partido con preocupación. (Reuters)

“Este señor y yo nos criamos juntos en Mendoza. Él es de River y yo de Boca. Él vive en Granada y yo en Nueva York, y gracias a este partido nos hemos encontrado en Madrid; llevábamos 18 años sin vernos”. Mariano lleva un mini de cerveza en la mano y tiene la locuacidad que se le presupone a un argentino.

En 20 minutos cuenta que su mujer es norteamericana, que la luz de Granada es maravillosa, que le da vergüenza el motivo por el que la Copa Libertadores se juega en España y que en Nueva York nadie saluda. “Aquí se dan los buenos días”, dice con enorme expresividad. También sugiere un título para el artículo: “San Martín llora”. “Mandame la nota, te dejo mi correo”, explica mientras nos fundimos en un abrazo porque a empatía me ganan pocos. También porque tengo un historial larguísimo como espectadora de programas de reencuentros.

Boca y River se reencuentran también, en el Bernabéu, para jugar la final de la Copa Libertadores. Ya saben cómo han llegado hasta aquí: un trofeo organizado por una institución con nombre de Pokémon, la Conmebol, no puede ser muy serio.

Hay policías por todas partes, y más que cohibir algunos tranquilizan a veinteañeras en busca de la puerta 45. Una de ellas lleva un bebé de meses en brazos, una forma muy particular de entender la conciliación. Menos mal que es un partido de alto riesgo.

“Pocos días puedes estar así en medio de la Castellana”, dice un grupo de adolescentes mientras se hacen sus correspondientes selfis. También los coches de policía son motivo de fotografías. La arteria principal de Madrid —vacía de coches, con gente paseando, perros y niños a eso de las ocho de la tarde— tiene algo de mágico. Como le enseñen un dosier de fotos a la alcaldesa, se anima a incluirlo en Madrid Central.

La afición de River Plate celebra la victoria en la Puerta del Sol. (EFE)
La afición de River Plate celebra la victoria en la Puerta del Sol. (EFE)

Media hora antes, el vigilante de El Corte Inglés de Castellana reconocía que la tarde había estado de lo más animada. “Mucho acento argentino, señora”, bromea. Pero son las asiáticas las que salían cargadas de bolsas de marcas de lujo de los grandes almacenes. Paula Villegas trabaja en un puesto de libros junto a la estación de Nuevos Ministerios. “No han comprado mucho, lo que sí han hecho es ir al baño”, explica.

En la plaza de Colón, más vallas que de costumbre y las colas de siempre para subirse al autobús navideño del Ayuntamiento de Madrid. En la plaza de la Independencia, pantallas gigantes para los clientes de las terrazas, a las que parece darles igual un partido que una recopilación de las mejores películas de 'Cine de Barrio'. En el pub irlandés de la calle de Alcalá, situado muy cerca de Cibeles, piden 10 euros por entrar a ver el partido. “Y te dan una consumición”, aclara el segurata. Después de las risas enlatadas, mis huesos y mi cuaderno acabarán en un restaurante argentino.

Una señora rubísima y blanquísima, fan de River, está a punto de pedir un desfibrilador y se abraza a su copa de vino

El público tiene pinta de madridista, que es una conclusión que saco después de muchos años de observación. Si son madridistas, son de River, que es otra conclusión que también saco después de muchos años de observación. Mis sospechas se confirman cuando compruebo que solo dos camareros y yo celebramos el gol de Boca. Gol que marca un señor con una calavera tatuada en el cuello, detalle poco tranquilizador. Una señora rubísima y blanquísima, fan de River, está a punto de pedir un desfibrilador y se abraza a su copa de vino. Es hora de cambiar de sitio.

El pub irlandés de la calle Príncipe recibe con alegría a los parroquianos y en una pantalla gigante vuelvo a ver a Fernando Gago, una reliquia de cuando en el Real Madrid había jugadores guapos. Veo los goles de River. Los taburetes del local tiemblan, la afición enloquece y me siento desubicada con una botella de agua mientras el público jalea con su pinta de cerveza en la mano.

Lo siento por Mariano. Al menos, cuando vuelva a Nueva York, los vecinos que no le saludan tampoco tendrán ganas de hurgar en la herida de la derrota. San Martín llora, y Mariano también.

Ideas ligeras
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