Laura Luelmo o las ovejas blancas sobreactuadas

La sobreactuación nos lleva a hablar, a escribir y a abrazarnos con las vísceras a la causa que en ese preciso instante nos pase por delante

Foto: Concentración por la muerte de Laura Luelmo. (EFE)
Concentración por la muerte de Laura Luelmo. (EFE)

Anoche, cuando llegué a casa, busqué las llaves en el bolso y abrí la puerta del portal, no pensé en Laura Luelmo sino más bien si mis hijos estarían dormidos, para así evitarme ese pan nuestro de cada día.

Laura Luelmo o las ovejas blancas sobreactuadas

Anoche, durante una cena de Navidad con colegas, uno de ellos mencionó la siguiente pregunta: “¿No creéis que Rimbaud está sobrevalorado?”. Y tras los más que justificados abucheos, las risas y las tres botellas de vino entre seis, acabamos buscando en Google noticias sobre Exuperancia Rapú y alabando el reciclaje profesional de Nuria Bermúdez, de novia de Rodríguez Menéndez a agente de futbolistas.

Ninguno de nosotros mencionó a Laura, en una cena en la que el azar quiso que fuera paritaria. Ninguno habló del miedo, del patriarcado, de la violencia, pero sí hicimos bromas con el apellido Montoya, en un ejercicio de intelectualidad sin precedentes.

Ninguno de nosotros somos malas personas, ninguno de nosotros hemos dado hasta el momento muestras de machismo recalcitrante, o de racismo. No conscientemente, salvo si mencionamos escenas impregnadas de esa cosa tan deliciosa y salvavidas llamada humor negro. Pero hay días como hoy en los que no estoy tan segura de ser un ser despreciable y la oveja negra de mi especie.

Ninguno habló del miedo, del patriarcado, de la violencia, pero sí hicimos bromas con el apellido Montoya, en un ejercicio de intelectualidad

Anoche, mientras degustaba unos níscalos y unas flores de calabacín con gorgonzola, me llegó un mensaje, y ese mensaje contenía un tuit, y ese tuit era de un amigo mío. Él sí hablaba de Laura y lo acompañaba de una palabra maravillosamente precisa: sobreactuación. La sobreactuación que nos lleva a hablar, a escribir y a abrazarnos con las vísceras a la causa que en ese preciso instante nos pase por delante.

Veinticuatro horas antes saqué el tema en casa. Porque es injusto vivir con miedo, porque hay que joderse lo duro que es ser mujer que ni puedes salir a correr sola y que (eso se me pasó por la cabeza) a la niña, a este paso, va a haber que apuntarla a clases de defensa personal. Sin tener un espejo delante, apuesto mi cabeza a que puse la mirada de “maldito sea todo hombre sobre la faz de la tierra”.

Entonces, el señor que me soporta, el hombre más tranquilo sobre la faz de esta y otras tierras, me habló de su miedo. De su miedo a la criminalización, porque sí, por el hecho de haber nacido hombre, y solo porque un hijo de puta hubiera decidido un día de diciembre acabar con la vida de una mujer que lo tenía todo por delante.

Simplemente diagnosticaba la epidemia de estos tiempos, tan letal como la obesidad o la depresión; esa necesidad imperiosa de reaccionar ante el dolor

Entonces jugamos a ser antropólogos y nos remitimos al inicio de los tiempos, porque desde siempre el ser humano se ha servido de la violencia para obtener algo a cambio, tangible o intangible. Comida, dinero o placer. Hablamos de la suerte de vivir en un país democrático y bastante más seguro que otros, hablamos de todo lo que queda por hacer y a ambos por aprender, yo volví a mencionar la igualdad salarial como solución a muchos males y recordamos que el azar, como un vulgar asesino reincidente, también puede ser un hijo de puta.

Cuando mi amigo Manu puso el tuit, precisamente él no sobreactuaba. Simplemente diagnosticaba la epidemia de estos tiempos, tan letal como la obesidad o la depresión; esa necesidad imperiosa de reaccionar ante el dolor y la barbarie como si el mundo estuviera esperando a saber qué opinamos. Ocurre algo y las redes entran en un juego en el que cada cual se aferra a un personaje determinado.

¿Y si ni siquiera soy oveja negra porque no soy de las de blanco o negro sino más bien gris? ¿Existen las ovejas grises?

Están las damas y los caballeros dolientes, que no pueden sino mostrar a los suyos que sufren más que nadie, que están con Laura como antes estuvieron con Diana, con Gabriel y con 'Charlie Hebdo' y con los afectados por el tsunami. Las mujeres que se sienten todas una como en Fuenteovejuna, los aliados que se muestran dispuestos a acompañarnos a casa cada noche y a buscarnos las llaves en el bolso si fuera preciso. También están los y las que piden sangre, ojo por ojo, llevar la pistola al cinto, la daga en la liga, ni perdono ni olvido.

¿Y qué pasa si no estoy en un lado ni en el otro? ¿Soy menos feminista por no considerar que desde que salgo a la calle estoy en permanente peligro? ¿Acaso el peligro ya lo tengo en casa por el hecho de vivir con dos hombres? Si la prisión permanente revisable me genera dudas, ¿soy una equidistante, una floja, una mujer sin personalidad? ¿Y si ni siquiera soy oveja negra porque no soy de las de blanco o negro sino más bien gris? ¿Existen las ovejas grises?

Ideas ligeras
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