La revolución no es para pobres

La docena de acusados miraba de vez en cuando al público buscando complicidad, una cara amiga

Foto: Manifestación a la puerta del Supremo. (Reuters)
Manifestación a la puerta del Supremo. (Reuters)

La revolución requiere, ante todo, una cuenta corriente saneada. Porque solo cayendo en blandito uno puede permitirse vivir en permanente estado de lucha. También requiere su simbología: unas banderas, unos buenos pines, la ropa color mostaza y las pulseras rojigualdas, las chapas pidiendo la libertad de los presos…

Este martes por la mañana, toda esa simbología y actitud de protesta de gente que no ha tenido que pedir el día libre en el trabajo se dieron cita en el Tribunal Supremo. Era un día histórico de los de verdad, no de los que abusamos los periodistas en los titulares y en los tuits.

Bien temprano, los ánimos estaban caldeados. En la calle Génova (justo enfrente de la sede pagada en B más famosa del planeta), una pareja de ancianos caminaba con sus lazos amarillos en la solapa. Alguien les gritó “nazis”.

Unos metros más abajo, un amable ciudadano con enorme talante democrático ofrecía a los viandantes la posibilidad de pisar un cartel con la cara de los procesados. Y mientras, los cachorros 'indepes' aspirantes a matones la estaban liando en el paseo de Recoletos. Muy cerca del mismo sitio donde 48 horas antes se manifestaban los que no paran de luchar por España. Deliciosa paradoja.

La revolución no es para pobres

Dos señoras aguardaban amables en la cola para entrar en el Tribunal Supremo hasta que llegó Quim Torra, que se dejó el club de fans en casa. Una de ellas, de apenas 150 centímetros de altura, le gritó "golpista". Y la subida de pulsaciones le hizo hablar: “Venimos de Gerona conduciendo toda la noche y el jueves estuve en Pamplona viendo a Santi [Abascal]. […] Anda que en Andalucía no cantábamos 'Susanita adiós”.

En el bolso lleva un pin con la bandera de España y otro de Vox. En el móvil, una pegatina del partido de Ortega Smith, que sí se trajo consigo al club de fans para su llegada. La señora no paraba: “Me encanta que en Cataluña me llamen facha e hija de puta”. Yo prefiero que me llamen guapa.

En la sala de vistas, el protocolo insistía en no llevar móvil ni ordenador, pero esa consigna no va con algunos colegas de oficio, de esos que han vivido la Transición y ya nadie les tose ni les peina. Tras los periodistas entraron los familiares, amigos y enemigos de los procesados. Dos señoras de unos 40 años se sentaron detrás de mí. Lucían ropa color mostaza, por si alguien dudaba de parte de quién venían a esta boda. La señora bajita de Gerona, al verlas en la sala, vociferó “¡qué asco!”. Ellas le respondieron “guapa” y le tiraron un beso 'volao'. Minipunto para las señoras procesistas.

Mi cercanía a Quim Torra en la sala me permite afirmar que tiene el pelo casi tan fosco como la que escribe. También que el 'molt honorable' tiene pelos en las orejas, que puede parecer detalle menor pero revela una herencia mucho más española que francesa, por más que se empeñen.

La docena de acusados miraba de vez en cuando al público buscando complicidad, una cara amiga. Hasta aquí, es perfectamente comprensible. No tanto la actitud de Jordi Cuixart, que no paró de mirar, saludar, comentar, sonreír y mirar al techo como el niño de Primaria que vive en mi casa. Como si la cosa y la gravedad no fueran con él. Serán los nervios.

¿Y las defensas? Bien, gracias. El abogado de Junqueras y Romeva se empolló todas las sentencias y citas célebres que pudo y ya de paso nos habló del código samurái, el lado oscuro y de Clara Campoamor. “Lo que hacen los catalanes es protestar”, dijo. No, si ya lo decía Rajoy, que hacen cosas. Se refirió a las caceroladas, al uso de aviones de papel, a los cánticos… Mientras, Javier Ortega Smith mascaba chicle y consultaba su iPad.

La intervención se hizo más larga que un discurso de Nicolás Maduro, así que los periodistas conectados de la sala empezaron a hacer lo mismo que yo si hubiera tenido el mío: mandar wasaps y consultar el correo.

Tocó el turno de Javier Melero, defensa de Joaquim Forn. Comenzó con citas a Jefferson y pidió que declararan Josep Lluís Trapero y Juan Ignacio Zoido. Jordi Pina, defensor de Josep Rull, acusó de falta de imparcialidad a cuatro de los magistrados y aprovechó para protestar por un bloqueo en Twitter de la Asociación Profesional de la Magistratura que le impide ver lo que se dice de sus clientes (¿?). También pidió la comparecencia del Rey, para carcajada de algunos periodistas presentes.

Una vez convocado el receso, el público acudió a besar y a abrazar a los procesados. Las fans de Ortega Smith también. Todos con el puño en alto augurando la victoria. Algunos tenían prisa por seguir trabajando y no les dio tiempo a besar ni a protestar. Mientras, la señora de Gerona enseñaba a su amiga las instalaciones del Supremo. “Mira, y aquí están los de prensa”. Y yo me pregunto: ¿toda esta gente puede faltar tantas semanas al trabajo?

Qué maravilla vivir sin prisas. La revolución, ya saben, no es para los pobres.

Ideas ligeras
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