El barrio del Juicio Supremo

Pudiera parecer que los comercios se hunden, que los vecinos se plantean huir de sus casas y que todo es por culpa de los catalanes. Pero no sería verdad. Desinflamemos

Foto: Detalle de la fachada del Tribunal Supremo. (EFE)
Detalle de la fachada del Tribunal Supremo. (EFE)

“Estoy harta de enseñar cinco veces al día el DNI para entrar a mi casa”. Una vecina de la calle General Castaños, próxima a la sede del Tribunal Supremo, se queja de lo desproporcionado del cordón policial que rodea al juicio del 'procés'. “Ni que juzgaran a Bin Laden”, dice la empleada de un local de manicura y pedicura en plena plaza de las Salesas. “Me parece absurdo que acordonen toda una zona cuando no hay riesgo de ningún altercado real y cuando todos somos iguales ante la ley”, explica Hilario Alfaro, presidente de Madrid Foro Empresarial.

Pudiera parecer, tras el párrafo anterior, que todo es muerte y destrucción en el barrio madrileño de Justicia. Pudiera parecer que los comercios se hunden, que los vecinos se plantean huir de sus casas y que todo es por culpa de los catalanes; procesados o no, familiares o no, independentistas o no. Los catalanes hacen cosas, que diría Rajoy, y seguro que han convertido uno de los mejores barrios de Madrid en la zona cero de la democracia española. Que el 'procés' lo devora y lo protagoniza todo y a todos.

Pero no sería verdad. Desinflamemos, que dijo Fray Luis de León.

A las 10 de la mañana, pocos comercios estaban abiertos en la zona que rodea la casa provisional del juez Marchena. Porque, como todos saben, madrugar es una ordinariez y cosa de pobres. En el bar Genium tomaba un café la alcaldesa Ada Colau junto con Miguel Urbán, de Podemos, y un nutrido grupo de catalanoparlantes y angloparlantes. La torre de Babel con olor a churros.

En la calle, un amable señor repartía publicidad de un maestro tarotista que asegura hablar inglés, tener “una alta experiencia desde niño” y arreglarte todos los problemas. Los curritos que sí han madrugado paseaban con cara de sueño, con un vaso de café en una mano y en la otra la clásica bolsa de sitio bueno en la que camuflas el 'tupper' para que no se vea que comes encima del teclado del ordenador.

En el bar Genium tomaba un café Colau junto con Urbán y un nutrido grupo de catalanoparlantes y angloparlantes. La torre de Babel con olor a churros

Un policía me ha interceptado y preguntado dónde iba. “A dar una vuelta”, contesté. “Pues cruce de acera, por favor”, replicó. Obedecí de inmediato ante el tamaño descomunal de sus espaldas y me topé con un centro de belleza. De esos veganos, sin crueldad animal y ecotodo. Pero no tenían hueco para dejarme los pies como la tez de Jennifer Lopez. Y yo que pensaba que el juicio lo estaba hundiendo todo. Primera decepción. Seguí mi camino.

En las calles Argensola, Orellana, Campoamor, Santa Teresa y Justiniano olía a humedad. Como siempre. A calles en las que baldea el Ayuntamiento de Madrid. No puede decirse lo mismo de otros barrios, Manuela. Menos magdalenas y más mangueras.

También olía a flores frescas y el personal caminaba relajado, vestido de manera informal, peinado pero sin peinar. A esas horas, alguna paseaba su Golden Retriever y las panaderías con pretensiones mostraban en sus escaparates una variedad casi infinita de bollería. El barrio es una de esas zonas maravillosas de Madrid para pasear, para escribir una novela, para comprar en tiendas con aire parisino. Hay pocas banderas en los balcones, pero hay mucho dinero en las cuentas corrientes de los vecinos.

Yo: “Vengo de la plaza de las Salesas. Vaya la que tienen liada, ¿no?”. (Mi forma de sonsacar información). Peluquera: “Ah, pero ¿pasa algo?”

En la calle Génova, enfrente de la sede del PP, acabaron mis huesos y mi cabellera. Decidí peinarme. En una de esas peluquerías en las que te ofrecen bata y un café nada más entrar, que es algo que no sucede en mi barrio. Y yo en bata sería capaz de unirme a la Cienciología, a los davidianos o al mismísimo junquerismo. Me prometieron una “onda sutil” en el pelo, me preguntaron si tengo “un evento” (pocas palabras me irritan más) y me dieron un masaje capilar, con los pies en alto, que quise que no acabara nunca.

Yo: “Vengo de la plaza de las Salesas. He tenido que dar cierto rodeo hasta llegar aquí. Vaya la que tienen liada, ¿no?”. (Mi forma de sonsacar información).

Peluquera: “Ah, pero ¿pasa algo?”.

Segunda decepción de la mañana. Menos mal que las ondas me favorecen la cara larga que la genética me ha dado.

En mi móvil, mucho 'meme' y mucha coña con el supuesto romance entre Malú y Albert Rivera. Que ya puestos, podía haberle tirado los trastos a Marta Sánchez, que fue la que se lo curró para ponerle letra al himno de España. Pero yo voy buscando relatores, pulsiones entre los dos bandos, fans de Vox, lazos amarillos… Una señal que me diga lo que está pasando. Tampoco.

Mi amiga Anabel, vecina del barrio, me recomendó que fuera a El Señor Martín. “Ponte en la barra, tómate algo y escucha. Allí se concentran las comidas de poder. Y espera”. A las 13:30, mi copa de godello y yo, con cara de que el mundo me importaba un bledo, esperábamos sentadas en un taburete con mesa alta.

Entraron Nemesio Fernández Cuesta y otros cuantos señores muy parecidos a él. Entraron matrimonios con pinta de no tener prisa por nada salvo por comerse unas ostras. Los señores del taburete de al lado empezaron a hablar de abogados. Mis sentidos se dispararon. “Estos van a ser los que me salven esta crónica”, pensé. Pero empezaron a hablar de peleas de hermanos por la propiedad de una casa. Tercera decepción.

En los alrededores del Supremo, a la hora de comer, caminaban pizpiretos unos cuantos seguidores de la Juventus, que este miércoles por la noche se enfrentaba al Atlético de Madrid en la Champions. Recordé que en la nevera tengo unas alitas de pollo a la barbacoa para celebrar la victoria colchonera. Recordé lo poco que le importa a este barrio lo que pasa en el Supremo y lo mucho que espero de Antoine Griezmann.

Y que la independencia será o no será, pero a mí me pillará peinada.

Ideas ligeras
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