La repelente niña Soraya

Soraya vino, flequillo domado mediante, con ganas de tocar las narices y de cantar enterita la lección que traía aprendida de casa

Foto: Imagen de la señal institucional del Tribunal Supremo de la exvicepresidenta del Gobierno Soraya Sáenz de Santamaría. (EFE)
Imagen de la señal institucional del Tribunal Supremo de la exvicepresidenta del Gobierno Soraya Sáenz de Santamaría. (EFE)

Si estaba respondiendo a un interrogatorio o cantando el temario de una oposición. Qué más da. Soraya Sáenz de Santamaría sabe de todo, lo sabe todo de todos. Por eso recordó cada reunión, cada decisión y cada detalle con precisión de pintor puntillista. Por eso toreó lo incómodo sin elevar el tono de voz y haciendo largas cambiadas. Por eso irritó tanto a las defensas de los procesados. Por eso le gustó tanto a Javier Ortega Smith.

La repelente niña Soraya

A estas alturas del juicio y de lo vivido por la exvicepresidenta del Gobierno, Sáenz de Santamaría consiguió dos cosas con sus respuestas: recordar machaconamente que España es una democracia sana y consolidada y sacar de quicio a Xavier Melero, abogado defensor de Joaquim Forn.

Santamaría logró dos cosas con sus respuestas: recordar que España es una democracia sana y consolidada y sacar de quicio al abogado de Forn

Soraya vino, flequillo domado mediante, con ganas de tocar las narices y de cantar enterita la lección que traía aprendida de casa. Porque había que cumplir con la ley, porque ella nunca supo hacer otra cosa; porque se trataba de mantener la soberanía española, de obedecer las decisiones judiciales y no dejar que le colaran ninguna tontería. Porque eso era “parlar en balde”. Yo recordé cuando Jiménez Losantos decía que “se licuaba” en sus reuniones con Oriol Junqueras. Qué cosas.

  • Melero: “O usted o yo estamos equivocados”.

  • Sáenz de Santamaría: “O los dos”.

Y todos removiéndose en los asientos. Las defensas, los procesados, el público. Y ella bebiendo agua, sin alterarse. A veces parecía que medía por lo menos 175 centímetros. “Pero la han pillado dos veces”, me advirtió mi colega Beatriz Parera ante mi entusiasmo desmedido. “No lo sé”, fue la última de las respuestas de la vicetodo. Como dirían los taurinos, para tan buena faena falló con el estoque.

La repelente niña Soraya

Porque el arranque de la sesión fue lo de siempre, pero esta vez le tocó a Joan Tardà ser el relator del anuncio de Damn que pareció ser el 'procés'. Para convencernos de que una buena mañana, mientras iban con sus bicicletas y su estilismo 'cool', democrático y europeísta, millones de personas decidieron votar. La independencia como una coreografía coordinadísima y pacífica, un 'flashmob' multitudinario con el que la Dinamarca del Sur se iba a desenchufar del Marruecos del Norte.

Se trataba, dijo, de no caer en provocaciones ni en violencias. De no descarrilar. “Pero todo a la catalana”, dijo. No sabemos qué opina la murciana madre de Jordi Cuixart al respecto.

La repelente niña Soraya

Tardà guiñó el ojo al salir. Otro que se sabe bien la historia que venía a contarnos.

Y Artur Mas. Que hizo una entrada en la sala con el abrigo en la mano y aspecto de 'crooner' de casino en horas bajas. Un 'gentleman' que, como Soraya, también debe tener buen expediente académico. Porque solo un empollón puede hablar de “frontispicio pragmático”. También dijo “in pectore” e insistió con el marco legal y con la idea de que por su parte estaba 24-7 dispuesto al diálogo, pero la otra parte comunicaba.

Ah, y citó a Alfredo Pérez Rubalcaba, al que la que escribe echa mucho de menos. ¿Se acuerdan cuando había diputados con buena oratoria en el Congreso? ¿Cuando no se decía implementar, hoja de ruta, empoderar y poner en valor? Este miércoles hemos cantado bingo. Pero hemos vuelto a escuchar a Soraya.

Ideas ligeras
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